Edición anotada · láminas 001–048 (caps. 01–08) · obra en curso
Marcos Cabobianco · Aparato: ATEM · 2026
Edición anotada EN CURSO del segundo cómic del Archivo: 48 de 159 láminas. Los másters no llevan globos: los rótulos y diálogos previstos van como epígrafe bajo cada lámina, separados por «·». Las notas se anclan a la viñeta (v1, v2…) en orden de lectura; la marca «·» señala nota general de la lámina. El relato del cronista — «El vaso siempre lleno» — acompaña cada lámina desde arriba; las notas del costado son la capa diegética del aparato (Glosario, ecos e intertextos); la capa de taller queda en la edición del anotador.
La noche en que se contó por primera vez
Escribo esto muchos años después de la noche en que lo contamos por primera vez. Entonces yo tenía la mitad de los años que aparento y el doble de los que había vivido, y si esa cuenta no les cierra, paciencia: es la historia de cómo dejó de cerrarnos a nosotros.
La noche era la del rescate. París entera hervía arriba, con sus patrullas y sus campanas y su miedo, y nosotros estábamos abajo, en las alcantarillas, donde los arcos de piedra corren sobre el agua y el agua corre sobre secretos más viejos que los arcos. Nos había recibido una cofradía de ladrones: hombres con máscaras de gato, hombres con caras de rata que quizá no eran máscaras, una señora pequeñita cargada de collares —algunos falsos, me consta, porque los pesé— que casi nunca mostraba el rostro. Gente seria. Gente que esa noche nos había salvado, y que quería saber a quién.
En la taberna donde empezó todo regía una ley: mientras uno bebiera, se quedaba. Esa noche, bajo París, regía la misma ley dada vuelta: mientras uno contara, se quedaba. Así que contamos.
Éramos tres para contar. Magda, con su cuervo dormido en el peinado, que corrige como quien borda: sin apuro y sin perdón. Casemiro, que no cuenta: confirma — y a veces ni eso. Y yo, que cuento de más, según Magda, y que además cuento con un problema que conviene declarar de entrada: mi memoria tiene agujeros. No agujeros de viejo. Agujeros con forma. Ya van a ver.
Faltaba el cuarto — el mejor de nosotros con una espada y con una frase, que esa noche cenaba con un embajador y no pudo corregirme ni una estocada. Lo van a extrañar cuando lleguemos al duelo. Yo lo extrañé.
Y había un oyente nuevo. Un petiso pelado con todo el brazo tatuado y una brizna de paja en la boca, que olía a establo y esperaba no sabíamos qué, con un diario doblado en la mano. Arriba, en los corrales de los gitanos, frente a la fortaleza más temida de Francia, pastaba tranquilo un bisonte de pelaje claro. Suyo. Eso también es parte de esta historia, pero al final, porque así funciona la ley del vaso: el que escucha, después paga con la suya.
Empecé como se debe empezar. Por la lluvia.
Del relato: I. Praga, o la liebre y los galgos
Llovía sobre Praga la noche en que empezó todo. Octubre de 1715 — o 1710, o 1730: depende de a cuál de nosotros le pregunten y de cuánto duende verde haya tomado el que responde; yo digo 1715 y sostengo. Las calles empedradas devolvían, brillando, las luces del castillo allá arriba, sede del poder, y el agua bajaba a borbotones por las canaletas de los techos a dos aguas. Dijeron que era la tercera noche de Walpurgis. Walpurgis cae en primavera, señores; pero así se dijo, y un cronista honesto anota también los disparates, sobre todo los propios.
A las siete de la tarde ya era noche cerrada. En una esquina del barrio viejo, una taberna de ventanas ámbar aguantaba la lluvia como una vaca aguanta el granizo: la Tiger.
La ciudad de entrada de la campaña: la fusión Praga+Bratislava del Narrador, con su rey David y su reina encerrada en la torre. La ficha registra el bar Tiger, el barrio judío y la calle del Alquimista.
La última lámina del cómic (159, Alejandría 1891) es el espejo declarado de esta plancha: otra ciudad-splash, otra llegada bajo otro cielo. El cómic abre y cierra con una ciudad mirada de frente.
La Tiger era un lugar de techos bajos, vigas, humo y roble claro, con los nombres de los muertos ilustres grabados a cuchillo en las mesas y la cuenta llevada en rayitas junto al codo. La casa tenía una sola regla, que ya les dije. Los taberneros, tipos rudos, se encargaban de que ningún vaso quedara vacío.
Allí fuimos llegando, con minutos de diferencia, cuatro forasteros convocados cada uno por su cuenta y sin saber de los otros.
Uno leía con las botas cruzadas sobre la mesa y la cara medio tapada por el ala del tricornio: un espadachín francés flaco como su propia rapier, de bigote finísimo, al que llamaban La Plume — la pluma del sombrero era entonces una pluma cualquiera; tengan paciencia, que esta historia es entre otras cosas la historia de cómo esa pluma dejó de ser cualquiera.
Otro entró empapado y no pareció notarlo: un hombre del bosque, oscuro y huesudo como raíz de roble, con un escudo largo de madera y un bastón con un agujero en el medio que, cuando corría el aire, sonaba con una pequeña armonía. Casemiro. Afuera, sobre los techos, un pájaro daba vueltas que no eran de pájaro.
Después una mujer con más bolsitos que abrigo, mapas y papeles y varitas asomando por todas partes, ojos de niña en cara curtida, que entró cómoda, como quien conoce el lugar. Magda. El cuervo que la seguía se llamaba Edgar y no era un pájaro cualquiera tampoco; en esta historia casi nada es un lo-que-sea cualquiera.
Y último llegué yo: no muy alto, rulos cortos con un mechón rojo, cara bonita —dejen, es mi crónica—, una guitarrita barroca a la espalda, un martillo de guerra al cinto y ninguna memoria. Me habían sacado del mar Báltico flotando, respirando agua, sin nombre. Me puse Oratiol porque me sonaba de algo. Tardé años en averiguar de qué, y esa también es otra historia, y también cae al final.
«El espadachín del siglo»: marinero-poeta francés, rapier finísima, látigo de cinco metros y la pluma blanca que todavía no tiene. Botas sobre la mesa y cara medio tapada por el tricornio: entra leyendo.
Hombre del bosque, escudo largo de madera y bastón horadado que suena con el viento. Druida — y tiefling, aunque eso no lo confesará hasta el cap. 05. El Glosario lo empareja con la profecía del hierofante del mundo nuevo.
Bruja polaca de los bolsitos y el cuervo Edgar; hexes silenciosos (sueño, desgracia, fortuna). Entra cómoda, como quien conoce el lugar.
El hombre del norte: aparecido flotando en el Báltico frente a Gotland, respirando agua, sin memoria. Martillo, guitarrita barroca y un mechón rojo. Horatio, al fin y al cabo, es un anagrama de Lotario.
El que nos había convocado entró empolvado, con peluca, rapier de adorno y modales de corte: "No es necesario revelar nombres, más allá del mío, que tal vez conocen: Monsieur Marot." Hizo cerrar el reservado, convidó un chocolate caliente traído del otro lado del océano —con especias, con licor: sé de precios, y ese chocolate valía más que mi caballo— y puso sobre la mesa el encargo más simple del mundo, que es como empiezan todos los desastres.
Una caja, en la calle del Alquimista, en el barrio judío. Un lacre rojo con una firma que no podía romperse. Llevarla a un castillo río arriba, sin llamar la atención. Trescientas monedas de oro por cabeza — doscientas cincuenta, dijo él primero; trescientas, dijo La Plume después, con esa lengua plateada que hacía que regatear con él fuera un espectáculo con entrada; y cien de adelanto, y una cláusula del diez por ciento sobre cualquier arreglo futuro, porque también hay formas en esto que ustedes llaman el bajo mundo, y son tan honorables como el chocolate.
A La Plume le entregaron además una pluma blanca, metálica, casi caligráfica, para pasar sobre el sello y verificarlo. Después podía quedársela. Guarden ese detalle: es el detalle de toda la primera parte.
Yo quise apurar una pregunta de más y Marot murmuró un conjurito en francés atravesado — tú estás borracho — y se me trabó la lengua como a un niño. Se retiró sonriendo, con la cuenta pagada. Primera lección de esta crónica: en Praga, hasta la cortesía hace magia.
Semielfo cortesano del príncipe filo-élfico, de la corte que quedó en el exilio: el contratante del encargo fundacional. Su facción «conservará el templo de Vladi para que vuelvan los verdaderos soberanos».
Pluma blanca metálica, prenda de verificación del lacre — y origen del emblema de La Plume. «Las plumas escriben con sangre», se dirá tres láminas después.
La pluma blanca encontrará su contraria en la pluma NEGRA del Capitán Alatino (lámina 016) y en la pluma larguísima del mago moro (028). El primer tercio del cómic es un duelo de plumas.
Salimos encapuchados y a caballo, ensayando el aire de una pandilla de borrachos que vuelve a casa. El puente de Carlos, con sus santos de piedra a los costados, sus faroles velados y su crucifijo al medio, tenía seis guardias y una garita; nos dejaron pasar sin mirarnos. La noche no.
Antes de cruzar, el cuervo nos había contado lo que se veía desde el aire: por la ribera opuesta avanzaban cinco jinetes con pendones, sombras en la noche. Uno llevaba un escudo con un escorpión. Magda, que sabía leer heráldica y ciudades, se inquietó: eran un cuerpo de la guardia real, de los que la gente llamaba los verdugos del Rey. Venían del barrio judío — de donde íbamos. Se alejaban hacia el sur — hacia donde teníamos que ir. En el barro quedaban huellas del doble de profundidad de lo normal, caballos pesados, con barda; y unas deyecciones amarillentas, humeando, con olor a huevo podrido. Anoten eso también. El mal, antes de mostrarse, deja el rastro por donde pasó su caballo.
Acá tengo el primer agujero. Sé que cruzamos; sé qué hablamos después; el medio no está. Es un agujero chico, de unos minutos, como si a la memoria le hubieran repetido una misma palabra encima hasta gastarla. Sigo.
Cuerpo de la guardia real — «los verdugos del Rey» — y primer avistamiento del símbolo de la futura Arkane Society, la sociedad arcana del escorpión que se retrotrae al rey Escorpión y a Selket.
El signo reaparecerá tatuado de hombro a cintura en la espalda de Steve Reyes (lámina 046) y como constelación de la Orden del Músculo Dorado (051–052). El blasón de esta viñeta es la primera pieza de esa cadena.
La calle del Alquimista era un laberinto de callejones de tres metros los anchos, angostos como Venecia los otros. La casa grande tenía ventanas acanaladas rematadas en punta, todas selladas por dentro, una campanita con escalerita para llamar, y una puerta roja. Junto a la puerta, un detalle que ninguno de nosotros pasó por alto y que ninguno de nosotros entendió: un montoncito de piedras rotas, y detrás una grieta mínima, a ras del suelo, por donde apenas pasaría un ratón. Los escombros habían caído hacia afuera. Lo que fuera que abrió ese agujero, lo abrió desde adentro. Y estaba recién hecho.
Nos abrió el propio comerciante, Jacob, túnica y birrete rojo, y adentro estaba su vida entera en un solo gran ambiente: cofres, sedas, racks con varas extrañas, una biblioteca de rollos, y su familia — Rebeca, que miraba de costado; Sara, once años y una caña de pescar; el pequeño José. En el cuarto interior, sobre un mostrador, la caja: negra, sin adorno alguno, lacrada en rojo con una firma que empezaba con S. En la pared, dos escudos tapados con telas. Y un horno de alquimista con un trípode encima, porque en esa calle hasta los comerciantes honrados tienen un horno que no explican.
La charla se volvió interrogatorio y el interrogatorio se volvió lástima. Jacob juraba que era sólo un intermediario, y era cierto; juraba que no nos había traicionado, y también era cierto; no decía todo, y eso era lo más cierto de los tres. "Si alguien se entera de esto, a mí y a mi familia nos queman." En esa ciudad circulaban acusaciones de pozos envenenados; algo crecía alrededor del cementerio viejo. Ustedes saben cómo son esas cosas. Tristemente, todos sabemos cómo son esas cosas.
Cuando preguntó demasiado nervioso, Magda le sonrió: "Te estás poniendo nervioso, hombre. Te empezás a cansar…" — y Jacob se durmió de pie, dulcemente, sostenido por los brazos de todos, soñando con el amor suyo. Al caer se le corrió el birrete y le vimos las orejas: puntiagudas. No me pregunten. Yo cuento lo que vi.
Comerciante próspero de la calle del Alquimista, intermediario que jura no haber traicionado — y es verdad, aunque no diga todo. «La escalera de Jacob» funciona como código de su tienda de una sola planta.
La familia de Jacob: Rebeca que mira de costado, Sara de once años con su caña de pescar, el pequeño José. Los nombres son los del Génesis, en orden doméstico.
Pozos envenenados, el cementerio viejo, «a mí y a mi familia nos queman»: el clima de libelo antijudío del Antiguo Régimen, que la campaña voltea — en el tríptico de Buccella los malditos eran los que colgaban, y los ángeles bajaban a salvar a las brujas.
Con el dueño dormido actuamos rápido, que es la manera elegante de decir que metimos la pata rápido. Casemiro tomó la caja del mostrador y fue como si algo vivo se sacudiera adentro: golpeó contra el horno, partió el trípode, y una cosa pequeña y blanquecina quedó clavada sobre la parrilla mientras las maderas de abajo prendían en un fuego verdoso.
Era una hostia. Una oblea de misa, de las que caben mil en un cajón y no valen nada.
Y entonces la hostia empezó a sangrar.
No se consumía en el fuego. Manaba un hilo rojo, espeso, que bajaba, cruzaba el piso como una serpiente y buscaba —esto es lo que heló la sangre de todos— la grieta de la pared. Casemiro la levantó de las llamas con la mano desnuda; no se quemó; nunca supimos si fue la fe o la piel dura del bosque, y él no aclara, porque confirmar es lo máximo que hace y esa vez no confirmó.
La Plume hizo entonces algo que ninguno esperaba. "Me han dicho hoy que las plumas escriben con sangre", dijo, y mojó la pluma blanca de Marot en el hilo rojo y garabateó en su cuaderno. Los garabatos se ordenaron solos en runas. Había dos conjuros encadenados sobre esa oblea: uno marcaba con un fulgor de culpa a quien la moviera — un brillo que yo, sin saberlo, ya llevaba encima como un fuego de hadas —; el otro era una alarma, que avisaba a alguien, en alguna parte, que el objeto se movía. Y la sangre era el hilo de Ariadna que les marcaba a nuestros perseguidores el camino.
Esto no era una entrega, entendimos. Era una liebre soltada delante de los galgos. Y los galgos éramos… no: la liebre éramos nosotros. Los galgos ya venían.
Afuera graznó el cuervo.
El artefacto-pharmakon de la campaña: sangre de Dios solidificada (se sabrá en el cap. 04), cargada con dos conjuros encadenados — Beacon of Guilt, que marca al portador, y Escape Alarm, que delata la fuga. La sangre es el hilo rastreador.
La hostia que sangra invierte los exempla medievales de la hostia profanada (París 1290, Bruselas 1370): allí el prodigio acusaba al judío; acá el milagro es una trampa de los perseguidores y la víctima es la casa de Jacob.
Este hilo carmesí es el mismo color que volverá ennegrecido y sucio en la boca del dominado (lámina 029): la hostia se degrada a lo largo del arco, y su rojo con ella.
Jacob despertó de golpe — o dejó de fingir, todavía lo discutimos — y cruzó la casa a una velocidad impensada: "¡Hay que cerrar! ¡Se nos vienen encima!" Por el callejón venía media docena de hombres con lanzas y antorchas, y un jefe con una maza tremenda.
Lo que siguió fue una de las mejores cosas que vi en mi vida, y he visto dragones. Jacob sacó un pergamino, dijo la llave, y una escalera de cuerda se desplegó hacia arriba, hacia un refugio invisible en el aire — el viejo truco de la cuerda, que yo creía cuento de faquires. "¡Primero los niños!" Subió José, subió Sara, subió Rebeca. Jacob repartió pociones en los bolsillos de todos como una abuela reparte pan, dejó dos fuegos de alquimista en el suelo — "si llegan a entrar, prendan fuego al lugar; que no encuentren nada" — y subió último, con una frase que me acompaña desde entonces: "Cuídense de mi familia y no me delaten."
La Plume tiró por la grieta un papelito plegado, herencia de familia, de un solo uso. Del otro lado se desplegó en un enjambre: tres metros por tres de papeles cortantes girando en la noche, metiéndose por dentro de las armaduras. La puerta cedió al fin bajo la maza del capitán, pero el umbral era un matadero: el golpe de agua a presión de Casemiro, el látigo de cinco metros de La Plume arrancando botas con pie y todo, el lobo — porque el compañero de Casemiro ya había aparecido, y era un lobo — cazando piernas, y un golpe de cadena que voló un casco y se llevó parte de una oreja, como el apóstol en el huerto. "Es el honor judío lo que estamos defendiendo", gritó alguien entre el humo verde. No sé quién. Me gusta pensar que fuimos todos.
Y acá, señores, está el agujero grande. El primero de los importantes. La pelea contra el capitán de la maza, el final de la redada, la huida del barrio judío: no están. En mi memoria el capitán sigue eternamente de pie en esa puerta rota, a contraluz, y después hay ruido, y después estamos en otra parte. Magda dice que ganamos, porque estamos vivos. Casemiro confirma. Con eso alcanza para la contabilidad, no para la crónica. El que cuenta con agujeros, que al menos los declare: éste es mío, y no fue el último.
El golpe de cadena que arranca parte de una oreja: «como el apóstol que defendió a su maestro en el huerto» — Malco y la espada de Pedro (Juan 18:10), citado así por el propio Narrador.
La escalera que se despliega hacia un refugio invisible es el Indian rope trick de los faquires — y en la casa de Jacob, además, la escalera de Jacob (Génesis 28): el código de la tienda cumplido a la letra.
Herencia familiar de La Plume, de un solo uso: tres metros por tres de papeles cortantes. Lo gastó defendiendo la casa de otra familia.
Del relato: II. El camino del Este, o la piedra dentro de la piedra
Tres días después la huida hacia el este terminó en sangre, sobre una colina pelada junto a un vado. Íbamos en una caleza alquilada rumbo a las estepas, donde un duque ruso — Golitsyn; recuerden el nombre, que vuelve al final de esta misma noche — nos ofrecía asilo por carta. No llegamos al vado. Un caballero de armadura erizada de púas nos cayó encima con arqueros, en plena tormenta.
De la pelea no les cuento nada porque no hay nada que contar: cuando amainó la lluvia ya había terminado. Quedaban las flechas clavadas en el pasto ensangrentado, la caleza desbocada camino abajo con la mitad de nuestras armas, y Blunderbuss — un escopetero que habíamos contratado, que apenas tuvo su momento de gloria — muerto de un mazazo. Lo enterramos ahí, con las manos cruzadas sobre su escopeta. Murió luchando. Murió con honor. Todavía, cuando paso cerca de una tumba sin nombre, le dejo una rayita en la cuenta.
Al caballero vencido lo desvalijamos, y entre el botín había algo peor que un arma: una brújula que no señalaba el norte. Nos señalaba a nosotros. Krisina — no, esperen, Krisina todavía no está en esta historia; ya llega; el orden de esta parte es confuso porque el orden MISMO fue confuso — alguien, digo, examinó el fulgor rojo que la hostia me había dejado encima y le puso nombre: una marca de culpa, rastreable, casi imposible de limpiar. Quien quisiera encontrarnos, nos encontraría.
El escopetero contratado que apenas tuvo su momento de gloria: muerto de un mazazo, enterrado con las manos cruzadas sobre su propia escopeta. Las sesiones posteriores lo recuerdan con tumba de honor.
No señala el norte: señala a los portadores de la marca. The Call of Guilt — duradera, rastreable, casi imposible de disipar. Krisina la reconoce sobre el resplandor rojo de Oratiol.
El fulgor rojo sobre Oratiol abre el ciclo de persecución del arco entero; el mismo brillo de culpa reaparecerá sobre el condenado rescatado en Place Royale (lámina 043).
No hizo falta esperar la prueba. Bajo los últimos rayos, cuatro figuras encapuchadas de andar desgarbado treparon la colina, rodeándola con jabalinas y arcos, sin atacar. Piel verdosa bajo túnicas vastas de gente de estepa; ojos de borde amarillento. Horcos, señores: torcos. Turco y orco en la misma palabra y en el mismo cuerpo, tribu nómade de los territorios del Gran Can, que llega saqueando hasta las puertas de Viena, y de la que en las ciudades se cuentan cosas que no voy a repetir porque algunas son ciertas.
No nos masacraron: nos escoltaron. En su campamento — carpas, cofres adornados con cabezas reducidas, gorros de cosaco, un arcabuz viejo con mecha — nos recibió junto al fuego un semiorco de gala tribal con una bola de cristal pesada y densa como una piedra de otro mundo: Juan Sears, chamán y vidente. El vidente conocía a Salomon de Praga. Y sabía de la hostia. En esta historia, háganse a la idea: todo el mundo sabía de la hostia menos nosotros, que la teníamos.
Turco+orco: tribu nómade caníbal de los territorios del Gran Can, que llega hasta las puertas de Viena. La ficha los registra un siglo después al servicio del Gigante del Oasis (París Ucrónica): esta es su fase temprana.
Semiorco chamán y vidente de los torcos, el «orco de campo»: conoce a Salomon de Praga y sabe de la hostia. Medio hermano — y enemigo — del Escriba Corrupto. Ficha pendiente (candidata prioritaria).
La bola de cristal «densa como un palantír» (la imagen es de la fuente) volverá en la reunión de familia (024) y en la visión de Krisina (025): Medea te llama.
Lo que sigue va en gris, y les explico por qué va en gris. De aquellas noches no me quedó registro directo: ni a mí ni a nadie. Lo que sé, lo sé porque nos lo contamos después, muchas veces, hasta que las versiones se pusieron de acuerdo — y una memoria hecha de versiones puestas de acuerdo es una acuarela lavada, no un cuadro. El cronista honrado la pinta como es: en sepia.
Sé que el vidente nos reveló quién nos cazaba con la brújula: su propio medio hermano. Un semiorco "de ciudad" — pelado, con lentes, encorvado, envejecido antes de tiempo, porque los de esa sangre envejecen rápido; ya van a ver que en esta historia envejecer rápido es casi un tema —, agente de la sociedad que codiciaba la hostia, apostado en una atalaya junto al vado. El Escriba, le decíamos. Sé que el asalto a la atalaya fue un golpe comando antes del alba: susurros, escaleras, gases por debajo de las puertas. Sé que acorralamos al Escriba y que ofreció sacarnos de allí "a un lugar seguro", con una magia de tomarse de las manos en círculo, como los apóstoles del teletransporte. Y sé la aritmética maldita de ese círculo: el conjuro llevaba a tres, más el mago.
Éramos cuatro.
Casemiro quedó afuera, atrapado en una esfera azul que se cerraba, con su escudo y su bastón y su calma de árbol. Y — esto no lo supimos hasta mucho después, y cuando lo supimos nos quisimos morir — con la hostia verdadera encima. La luz brilló, el círculo se integró y se desintegró, y el mundo se volvió piedra.
Semiorco «ratón de ciudad»: pelado, con lentes, envejecido — los semiorcos de esa sangre envejecen rápido. Agente de la sociedad que codicia la hostia; teletransportador («magia como la de Felipe el apóstol»). Ficha pendiente (prioritaria del COTEJO).
El conjuro llevaba a tres más el mago: Casemiro queda fuera del círculo — y con él, sin que nadie lo sepa aún, la hostia verdadera. El dato que torcerá todo el arco se decide en esta viñeta.
Piedra dentro de piedra: así se siente aparecer en el fondo de una montaña. Un frío de sitio al que no llega nunca el sol, un olor dulzón a podredumbre estancada, y una oscuridad tan completa que mis ojos — que ven en las nieblas y en las noches, herencia de un pasado que no recuerdo — eran dos puntos rojos y nada más. El Escriba nos había traído al circuito de celdas más profundo, con toda la intención de dejarnos ahí. La Plume fue más rápido: rapier primero, cuchillo después, y el semiorco de rodillas.
Magda encendió un trozo de tela, y la luz mostró dónde estábamos. Un panóptico tallado en la roca: celdas en herradura alrededor de una roca central con grilletes, escombros de un derrumbe viejo, y voces. Lloriqueos. Golpes contra rejas. Un enano gritando una y otra vez que ya había pasado un año y un día, que él había cumplido. Una anciana de aire distinguido que llevaba veinte años presa y conocía la casa por dentro — "no por nada me llaman Lady Chastity". Una joven devota, pequeña, que sabía sonreír en la oscuridad, cosa más inquietante que cualquier grito. Un grandote de dos metros, barba de años y manos de trabajador, con marcas en el cuerpo que no eran de trabajar: Delcan. "Sáquennos. Denme un arma y les muestro la salida."
Y en la celda 7, llorando en un rincón, una muchacha pelirroja de unos dieciocho años, pálida, de ojos verdes, con un vestido blanco sucio de sangre.
— ¿Cuál es tu nombre?
— Mi nombre es Krisina.
Cómo llegó a esa celda una mujer que yo juraría haber visto en Praga, del lado libre de las rejas, es una pregunta que le hicimos muchas veces y que ella contestó siempre con otra cosa. Con los años aprendí que las respuestas de Krisina son como las joyas de la señora de los collares: algunas auténticas, y la gracia está en no saber cuáles. Ténganla presente. De todos nosotros, era la que jugaba el juego más largo.
El Escriba aprovechó el primer descuido: se tiró de espaldas contra los escombros del derrumbe y los atravesó como si no existieran — eran una ilusión, anclada con tachas de hierro, tapando un pasadizo. Desde el túnel, invisible, nos gritó su última oferta y su primera verdad: que le lleváramos el paquete. Y nosotros le devolvimos la verdad con crueldad: el paquete lo tenía justamente el que él no había podido traer. Se hizo un silencio de túnel. "Gracias por el dato", dijo la voz. "Iré a buscarlo. El limpiador se encargará de ustedes."
La celda 7: pelirroja, pálida, vestido blanco sucio de sangre. La ficha la registra como bruja del control mental; los transcripts le dan el arco entero — ex reina de la Atlántida, doble agente, marquesa de Ebenor.
Bárbaro de los Sudetes, esclavo-cobayo de la mina de Mr. Jacobeco: furia con regeneración y un tumor-familiar con ojos que nadie pudo extraer. «Sáquennos. Denme un arma y les muestro la salida.»
La anciana distinguida lleva veinte años presa y conoce la prisión porque trabajó en ella («no por nada me llaman Lady Chastity»). La joven devota nunca da su nombre: «sácame de esta celda y te ganarás mucho más que mi nombre».
Celdas en herradura vigiladas desde una roca central: Bentham no publicará el Panopticon hasta 1791. Anacronismo deliberado del Narrador, como el reflector «estilo Alcatraz» que espera tres láminas más adelante.
Algo accionó un mecanismo con ruido de agua, y tres celdas del fondo se abrieron solas. De ellas salieron, muy lento, tres muertos.
Eran nobles, o lo habían sido: se les notaba en las capas podridas y en los movimientos — espásticos, sí, pero con algo de músico de corte, como si el cuerpo recordara un minué que la carne ya no podía pagar. Peleamos contra ellos a rejas cerradas, que es la manera más rara de pelear que conozco: Delcan, todavía enjaulado, los agarraba a través de los barrotes y los destripaba con una daga prestada; la joven devota canalizaba desde su celda un hálito fresco, como de rosas, que curaba a los vivos y pudría a los muertos; La Plume bailaba entre ellos con látigo y kukri. Cuando el último quedó quieto en el piso, alguien dijo el epitafio: "Nunca más escucharemos su música." Nos reímos. En ese pozo, se reían hasta los muertos.
Carne apelmazada, media mejilla de menos, movimientos espásticos «de músico de corte al que algo horrendo le hubieran injertado»; por las capas y las ropas, nobles adinerados. El epitafio — «nunca más escucharemos su música» — es de la mesa.
La Plume «bailaba entre ellos con látigo y kukri»: la primera coreografía del espadachín que se consagrará en el puente, cuatro láminas después.
Buscando la manivela de las celdas nos metimos por el túnel del Escriba, guiados a los gritos por Lady Chastity — adelante, la galería a la derecha, cuidado con el centro del pasillo — y a mitad de camino la sombra que venía reptando resultó ser el limpiador. Cómo describirles al limpiador. Una bola del tamaño del pasillo entero que es casi toda boca, y la boca es una triple hilera de dientes; tres patas de elefante; tentáculos, uno de ellos rematado en un racimo de ojos, por si los doce ojos sueltos del cuerpo no alcanzaban. El servicio de limpieza de la prisión, soltado contra la basura, que éramos nosotros. Lo matamos entre todos, a fuerza de acero, maldiciones y un escarabajo de fuego conjurado que iluminó de verde la peor cena del mundo. Entre sus dientes muertos brillaba una gema esmeralda. La guardamos. En esta compañía se saquea con respeto, pero se saquea.
Unos pasos más allá el suelo se abrió bajo mis pies: un pozo de treinta pies, el basural de la prisión — donde descubrí, entre mondas y huesos, que los carceleros tiraban también las mochilas confiscadas de los presos. El equipaje de la esperanza, al pozo. La Plume tomó carrera desde el borde, se sostuvo el sombrero y voló por encima con un salto que nadie vio y todos celebramos; así era él: sus mejores hazañas tenían un solo testigo, y el testigo era la leyenda. Del otro lado estaban las palancas. Las bajamos una por una, y una por una se abrieron las celdas.
— ¡Señores, están libres!
Me acuerdo de haberlo gritado y me acuerdo del eco. Ninguno de nosotros sabía todavía que esa frase iba a ser el oficio, la condena y el nombre de la compañía. Uno nunca sabe cuándo está gritando su destino por primera vez.
El devorador de basura de la prisión, soltado contra ellos: bola de boca central de triple hilera, tres patas de elefante, un tentáculo rematado en ojos. El consolidado sugiere «un eco lejano, quizá, de la cultura de Moabla».
La esmeralda resonante hallada entre sus dientes muertos: poderes para manos caóticas. Oratiol la regalará a la joven devota — y una gemita verde de caos reaparecerá en manos de Krisina en Place Royale (043); si es la misma, la fuente no lo dice.
«¡Señores, están libres!»: el gesto que dará nombre al grupo. Se repetirá en las minas (020), en Place Royale (043) — y en la ironía final del arco, donde liberar será encerrar.
La salida de la prisión no era una puerta. Era un lago subterráneo, negro y quieto, cruzado a setenta pies de altura por un puente de piedra del que colgaba un bote atado a una polea. Pisamos la playita de roca — cinco pies de orilla — y un reflector se encendió en el puente y nos barrió como a fugados. No me miren así: sé que las palabras se me adelantan a los tiempos; pero quien haya estado bajo esa luz sabe que no hay otra manera de decirlo, y el que no, que espere a que existan las películas de fugas y me dé la razón.
Detrás de la luz habló una voz de mujer, grande y desquiciada: que dejáramos el paquete y ella nos mandaba el bote. "¿Qué parte no entendés? ¡No lo tenemos!" — se lo gritamos veinte veces, y era verdad, y la verdad nunca sirvió de menos. Le reventamos el lente a flechazos.
Y entonces el agua se abrió.
Del lago salió un dragón. Blanco, no enorme — del tamaño de una pantera grande con alas, que ya me parece tamaño suficiente para el género —, hecho de escarcha viva, y su aliento heló la orilla entera. Delcan, recién liberado, con el hacha recién recuperada y meses de celda en los brazos, entró en furia y cargó como cargan las leyendas. Entre su hacha, el látigo, las flechas y las maldiciones lo acribillamos; el dragón quiso retirarse caminando sobre el agua, manchó de sangre sus propias placas de hielo, y se hundió. Delcan lo arrastró a la orilla. Alguien — no diré quién — ya calculaba cuánta armadura salía de ese cuero.
El reflector que barre la orilla «como a fugados de Alcatraz»: el anacronismo cinematográfico es de la propia fuente. La prisión-mina se narra con gramática de película de fugas.
Dragón JOVEN, del tamaño de una pantera grande con alas, escarcha viva; muerto por Delcan recién liberado y en plena furia. Alguien ya calculaba cuánta armadura podía salir de ese cuero.
El gran consejero revelará después que una ninfa de la cima — la rusalka Cauchila — hechizó a este dragón pequeño y a uno grande que duerme más abajo sin poder levantarse. El lago tenía dueña.
Quedaba el puente, y al puente fui yo. Nadé el agua negra, trepé el farallón húmedo, me caí una vez con un chapotazo que me delató, volví a trepar. Arriba me esperaba la dueña de la voz y del reflector: Mamica Cárcel, la carcelera. Rubia, esculpida como una estatua a la que el escultor le hubiera tomado odio, llena de cicatrices, con un lucero del alba en la mano y la cara de quien perdió algo hace mucho y decidió cobrárselo al mundo de a un preso por vez.
Me molió. Lo cuento sin vergüenza porque lo conté siempre así: me molió a golpes, y cuando el resto negociaba a la distancia, me clavó el cuchillo en la espalda y me tiró del puente al lago negro. Sobreviví de puro milagro y terquedad — son mis dos virtudes; la cara bonita es la tercera. La Plume se bebió una poción que le hizo una burbuja de aire en la cabeza, se hundió en ese pozo de tinta y me sacó a flote, medio muerto.
Lo demás fue ingenio, que es como en esta compañía llamamos a Magda: tres águilas conjuradas robaron el cable de la polea y el bote cayó al agua como fruta madura. Cruzamos todos. Tomamos el puente. Y el enano del año y un día, brillando de gratitud, nos dibujó el mapa del complejo entero: el laboratorio que había que volar, el desnivel donde dormían los esclavos encadenados, las minas, el mitril, las salidas. Abajo, los picos habían dejado de sonar. La mina entera se estaba poniendo a la defensiva.
La carcelera del complejo: rubia esculpida, llena de cicatrices, lucero del alba en mano. Quiere el paquete — y otra cosa: «limpiar el nombre de su hijo». La ficha existente es breve; el arco completo vive en estas láminas.
La puñalada que tira a Oratiol al vacío es la deuda que el Escriba cobrará al revés: «¡Sentí tu sangre! ¡Mi hijo sintió tu sangre!» (017). Y la familia entera terminará junta en un charco (026).
No nos dejaron ni acampar. Desde el lado de las minas avanzó una luz montada en un carro minero, y con la luz una silueta negra de espada desenvainada y pluma negra en el sombrero.
— Io sono il Capitano Alatino.
Venía con su banda — un ballestero, un monje, un gordo fortachón, un gnomito saltarín — y con Mamica Cárcel otra vez en pie, porque en esa mina nadie se quedaba caído el tiempo decente. El Capitán venía a recuperar lo robado, que no teníamos; nosotros queríamos la salida, que no daba. Y entonces La Plume, el del sombrero de la pluma blanca, hizo la única diplomacia que ese hombre entendía:
— Te reto a duelo.
Antes del acero hubo una respuesta sin palabras que me sigue pareciendo la frase más elegante que le vi decir: sacó de su bolsa la estrella de David que cargaba desde la noche de Praga y se la tiró a los pies. No sabés con quién te has metido, decía el gesto. El Capitán la levantó con la punta de la bota y contestó con la amenaza más rara que oí en un duelo: "Cuando esta espada te atraviese, me meteré en ti; y luego, en todos ellos." Nunca supimos si era retórica o receta. Con esa gente, conviene no averiguarlo.
El duelo fue la consagración de mi amigo, y me da una bronca enorme que esta noche no esté acá para corregirme los detalles, así que los voy a decir perfectos de puro despecho: siete asaltos. Paradas y respuestas de puro estilo, cosechando estocadas como quien colecciona reverencias. El Capitán peleaba sucio — fintas dobles, golpes fuera de cadencia — y llegó a desarmarlo: La Plume siguió con una daga doblada, todas las de perder, y aun así lo fue cortando pedazo a pedazo hasta hacerle escupir sangre. "Ríndete: no hay deshonra." El otro pidió parlamento, y usó el parlamento para escabullirse hacia los suyos.
Roto el duelo, rota la cortesía. Krisina miró a los esclavistas y su vestido empezó a insinuar transparencias, y tres hombres se quedaron mirando el aire como bueyes benditos; la joven devota estalló en una energía que aturdió hasta al Capitán; Magda durmió a Mamica con una palabra — "es hora de que descanses" —; y Delcan, que había jurado cobrarse cada tortura, le dio a Alatino un hachazo a dos manos que casi lo parte al medio. El sombrero de la pluma negra rodó por el puente. La pluma, de cerca, resultó falsa. Siempre lo son, las de los que anuncian de qué están hechas.
Sobre Mamica dormida y atada hubo tribunal improvisado — unos querían ejecutarla, otros no supimos querer eso — y prevaleció el cálculo: viva era un rehén, y un rehén era la manera de pasar la noche. Levantamos una barricada con botín de maestría: una espada que se volvía cadena, botas para caminar el hielo, un candelabro de siete brazos que algún día pensábamos devolver. Y antes de dormir dijimos en voz alta lo que quedaba: rescatar a los presos que faltaban. Volar el laboratorio. Bajar a las minas a liberar a los esclavos.
Generar, ahí abajo, una revolución. Así lo dijimos, con esas palabras. Ninguno le tenía todavía el precio tomado a esa palabra. Se lo íbamos a tomar.
Espadachín esclavista de la pluma negra, líder de la guardia de la mina; peleaba sucio — fintas dobles, golpes fuera de cadencia. Su pluma, al final, resultó falsa.
La prenda cargada desde la redada de Praga (007), arrojada a los pies del Capitán como declaración: «no sabes con quién te has metido». El honor judío de la primera noche responde un arco después.
Siete asaltos de paradas y respuestas, desarmado y siguiendo con una daga doblada: el duelo es un Cyrano — y la pluma blanca en el sombrero es, literalmente, el panache.
«El duelo de las dos plumas» quedó en la memoria del grupo como la consagración del espadachín: el evento tiene entrada propia en las semillas y sostiene el mote de la ficha — «el espadachín del siglo».
Del relato: III. Las minas, o el precio de la palabra
Al día siguiente subimos el farallón de diez metros que nos separaba de la zona del puente: Magda levitando con la calma de una pluma, yo trepando como una araña con guitarra. Al coronar vimos a Delcan más adelante, encerrado en una esfera de fuerza azul — la misma prisión translúcida en que habíamos visto desaparecer a Casemiro — que justo se disipaba. Gesticulaba con urgencia hacia el puente. No llegamos a entender qué.
La ola nos lo explicó. Un torrente gigantesco, como cinco mangueras de bombero atadas juntas — díganme anacrónico otra vez y sigo: no hay imagen mejor —, barrió el farallón entero. Yo volé por el aire y caí treinta pies sobre escombros; Magda, suspendida, casi se estrella contra la roca. Y desde algún lugar invisible llegó una voz de mujer que conocíamos demasiado bien, la que había probado su hierro en mis costillas:
— ¡Sentí tu sangre! ¡Mi hijo sintió tu sangre! ¡La biografía de la sangre, sobre ti!
Hay conjuros que leen la sangre derramada, y yo había dejado la mía en ese puente. En esta historia la sangre siempre delata: la de la hostia, la de la marca, la mía. Cuando el agua terminó de escurrirse, Delcan estaba con nosotros y Mamica Cárcel no estaba más: el hijo pródigo había vuelto a buscar a la madre. Fíjense qué manera de dar vuelta una parábola: acá el pródigo no volvió a pedir perdón. Volvió a rescatar. Y la fiesta del reencuentro — ya llegaremos — fue un charco de sangre.
Sin fuerzas para forzar esa puerta, bajamos a lo pendiente: los esclavos.
Conjuros que leen la sangre derramada: Oratiol dejó la suya en el puente (015). En este arco la sangre siempre delata — el hilo de la hostia (006), la marca de la culpa (008), y ahora el rastreo del Escriba.
«El hijo pródigo había vuelto a buscar a la madre»: la fuente misma glosa la escena con la parábola (Lucas 15) — invertida: acá el pródigo no vuelve a pedir perdón sino a rescatar, y la fiesta será un charco de sangre (026).
El torrente hidráulico — «cinco mangueras de bombero juntas» — es el gran conjuro del Escriba: volverá a barrer el laboratorio entero en la 023.
Bajamos en fila india por un pasillo estrecho: Edgar veinte pies adelante, después yo, Magda y Krisina, La Plume cerrando. Se oía agua correr en la oscuridad. Al torcer un recodo mi sombra se proyectó como un gigante sobre la caverna — buen augurio, pensé yo, que tiendo a pensar bien de mis sombras; ya aprendería —, y una voz aguda estalló desde las tinieblas:
— ¡Un paso más y vuelo todo! ¡Si avanzan, los exploto!
Parlamentamos a ciegas con una voz que defendía su trabajo. "¡Esto es ilegal!", le gritábamos. "¡Es nuestro trabajo!", contestaba, con esa lógica de empleado que es la más blindada de las lógicas. Ofrecimos lo contrario del acero: dinero, una ruta de escape, un lugar en la revolución. Moneda mediante y promesa tras promesa, la voz fue soltando gente: cinco figuras encorvadas que salieron parpadeando de un reducto. Una antigua mesera caída en malas manos. Un mendigo. Un minero enano. Un muchacho de granja. Gente común, lastimada, con marcas de látigo en las espaldas. "Queremos ver la luz del sol otra vez. No la vemos hace años." "Yo sólo quiero volver a atender mesas."
Los liberados corrieron hacia el río buscando la salida, y descubrieron la trampa del lugar: los puentes habían sido retirados. El mendigo gritó que aquello era el llamado de la libertad y se arrojó al agua.
Nadó unos metros. El agua hirvió de pirañas.
Les pido que guarden esa imagen, porque es la moraleja anticipada de toda esta crónica: el llamado de la libertad, y el agua llena de dientes. Los demás retrocedieron despavoridos. Y la voz de la oscuridad, perdida la paciencia, empezó a contar hasta cinco. En la sombra, juro que la vi: una manito contando con los dedos.
Gente común, lastimada, con marcas de látigo: la antigua mesera («yo solo quiero volver a atender mesas»), el mendigo, el minero enano, el muchacho de granja. El parlamento los compró con dinero, rutas y promesas de revolución.
El único muerto de la liberación: «gritó que aquello era el llamado de la libertad y se arrojó al agua». Nadó apenas unos metros.
La primera ironía del lema libertador: el llamado de la libertad como salto al agua con pirañas. La campaña la repetirá a escala mayor — su doctrina final será «ser un guardián es ser también un prisionero».
La manito contando dedos en la sombra es la cuenta regresiva de la ñomita: el fuego del infierno espera detrás (019).
Lo que siguió fue un combate a tientas contra enemigos que casi nunca se dejaban ver. La voz era de una gnoma hechicera, ilusionista, que amenazaba con el fuego del infierno — esa explosión que mata a muchos de un solo golpe — teniendo a treinta esclavos encerrados a su espalda. Sus ecos rebotaban en el agua y engañaban el oído. La protegían un enano al que llamaban el Germano, sanador y sádico — las dos cosas, en ese orden de prolijidad —, plantado con escudo y martillo en un pasillo de cinco pies, y un gnomito que asomaba por atrás con un pergamino.
Magda olió el azufre en el aire y gritó la advertencia: alguien estaba por conjurar el fuego. Salté el pozo de los prisioneros con un salto olímpico — me consta que fue olímpico porque lo conté yo — y le corté el conjuro en la garganta con un pulso de energía. Una y otra vez la gnoma intentó rearmar su bola de fuego; una y otra vez la dejamos pasmada, tartamudeando. Del otro bando llovían órdenes brujas: "¡Mata a tu compañero!" — La Plume la resistió; "¡Retrocede!" — casi me manda al pozo. La luz de Magda arrancó de la sombra un reflejo de escudo y unos zapatos: ahí estaba el Germano. La Plume lo fue clavando a rapier y kukri, sangre en la boca del enano que no cedía un palmo.
Y entonces hice lo impensable, que es mi especialidad cuando la furia me sube del mar que no recuerdo: embestí al Germano como un ariete, lo levanté con escudo y todo, y lo usé de locomotora para estampar a enano y hechicera contra la roca. Él quedó con la nuca rota contra la piedra. Ella, aplastada bajo su propio guardián, apenas viva, con el pergamino pegado a la cara sin poder leerlo — que es la imagen más triste que existe de un mago vencido. Magda la durmió, y le calzamos una mordaza de las que los propios esclavistas guardaban para los conjuradores. Todo lo que esa casa tenía, lo tenía para esto.
Enano escudero y sanador sádico de los esclavistas, plantado con escudo y martillo en un pasillo de cinco pies: la luz de Magda solo arranca de la sombra «el reflejo de un escudo y unos zapatos».
Con las llaves de los vencidos abrimos las tres prisiones del fondo. Treinta almas más, que sumadas a las cinco del parlamento hacían treinta y cinco de treinta y seis: sólo el mendigo de las pirañas no vio la libertad. Mineros, meseras, pescadores, un rufián, un viejo que había sobrevivido a todo. Flacos hasta el hueso — y acá viene lo que un ojo entendido leyó en las paredes, y que yo cuento despacio porque merece asco despacio: había conjuros escritos sobre la piedra, y uno servía para resistir la inanición. Los alimentaban apenas, y les echaban magia encima para que siguieran trabajando sin caerse. Había un hierro de marcar con una letra griega, que rastreaba al marcado. Había cadenas pensadas para entorpecer justo lo suficiente. Había hasta un ungüento para esconder los moretones de las palizas y vender mejor la mercadería. La esclavitud, señores, es también una ingeniería. Alguien diseñó cada una de esas cosas, y cobró por el diseño.
Yo hice entonces algo de lo que no me retracto pero que Magda me obliga a contar completo. Hice brotar agua limpia en los cacharros de la mina, con el pelo encendido por la magia, y dije: "Mi nombre es Horación. Adórenme como a quien les devuelve el camino libre por el mundo." Algunos se arrodillaron. Sí: me dejé adorar. Descuenten de mi vanidad lo que quieran, pero sepan que en el fondo de una montaña, ante gente que no veía el sol hacía años, un dios de bolsillo con agua fresca es mejor que ningún dios. Después la vida me cobró esa frase con intereses. La vida cobra todas las frases; por eso hay que elegirlas.
Otros no estaban para adorar a nadie: un esclavo tomó un pico de minero y lo hundió en la cabeza del Germano inconsciente. Ésa fue la primera forma que tomó nuestra revolución, y no era la que soñábamos. Cuando la turba quiso seguir con la gnoma, nos interpusimos y la salvamos: prisionera, dormida y amordazada, pero viva. Liberar, aprendimos esa noche, incluye decidir a quién no se lincha.
Acampamos entre los salones de los mineros, sabiéndonos cubiertos — que era otra manera de decir encerrados.
Conjuros horrendos escritos en las paredes — Resist Starvation, para explotar hambreados sin que colapsen —, hierro de marcar con la beta griega que rastrea al marcado, cadenas-ancla, y un ungüento para esconder moretones y «vender mejor la mercadería».
El agua limpia brotada en los cacharros «como el Cristo» (la comparación es de la fuente), y el nombre-altar: «Adórenme». Primer ensayo público del dios-que-no-es-dios — el anagrama de Lotario asomando bajo Oratiol.
El pico de minero en la cabeza del Germano: la revolución declarada al cierre del cap. 02 («generar, ahí abajo, una revolución») cobra su primera forma — y no es la que el grupo soñaba. Tuvieron que salvar a la ñomita de la turba.
Del relato: IV. Negociaciones agresivas, o la reunión de familia
Lo que sigue no lo vivimos nosotros: nos lo contó él — el petiso no, el otro grandote; ya lo presento — y yo lo repito como me lo dijo, que es lo más honesto que puede hacer un cronista con lo que no vio.
A la atalaya del vado, la que habíamos tomado por asalto, llegó días después un sargento de la tribu de los torcos: un brigante morrudo de un metro ochenta, cara ancha, armadura de pieles, mirada franca. Un hombre de caminar la tierra. Se llamaba Pacuti — o así lo entendimos; su nombre lo dijo una sola vez y el mundo hace ruido. Encontró la torre inundada de agua y sangre, flechas en la puerta, cimitarras quebradas. Y encontró lo que la banda de orcos hizo después con los vencidos, que no voy a adornar: quemaron todo, empalaron a los heridos a la moda que los turcos aprendieron del emperador — esto, tristemente, es histórico —, y dejaron a uno solo libre, para que corriera a contarlo. Toda atrocidad guarda un mensajero. Es su firma.
Al brigante lo llevaron ante Juan Sears, y ahí se jugó la primera partida seria de la hostia. Si la tenía, vivía. La entregó. El vidente la escrutó con ese ojo que ve a través de las cosas: no era mágica. ¿En qué momento se la habían cambiado? — y ésa, señores, es LA pregunta de esta historia, la que a partir de aquí se hace todo el mundo, siempre tarde: las copias ya circulaban por todas las manos, y nadie iba a volver a estar seguro de cuál era la verdadera. Juan Sears masticó la hostia falsa y se la tragó, que es una manera de opinar. Después dijo: esto excede lo que puedo ver. Vamos a ver a los gitanos.
Sargento semiorco de la tribu: morrudo, cara ancha, mirada franca, «un hombre de caminar la tierra». Es el PJ nuevo del arco — y su nombre aparece UNA sola vez en el audio, con grafía dudosa.
«A la moda que los turcos aprendieron del emperador — esto, tristemente, es histórico»: el Narrador invoca a Vlad Țepeș invirtiendo la dirección del préstamo. La dureza de la viñeta va en silueta y contraluz, como pide el guion.
Juan Sears mastica la hostia falsa y se la traga: desde acá, nadie volverá a estar seguro de cuál hostia es la verdadera — ni el Escriba (025), ni la mesa, ni el lector.
Dieron con un carnaval ambulante en las afueras de Viena: tragafuegos, la mujer forzuda con barba, acróbatas, toldos a rayas. La dueña del circo era una joven con galera, vestida "de futuro" — así lo dijo Pacuti y así lo dejo, porque no hay mejor manera —, que lo señaló derecho como esos carteles de recluta que todavía no existían y mandó un recado que me eriza la piel a la distancia: "Denle saludos de mi parte a aquel que se llama Oratiol." Yo no la conocía. Ella a mí sí. Con los años me fui acostumbrando a esa asimetría; acostumbrarse no es entender.
El adivino del carnaval — un sultán de cartas — le leyó al brigante la suerte: el mago y el emperador cruzados, una torre que explota y cae. Y una letanía que en el momento nadie entendió y que yo les pido que reciten conmigo cuando lleguemos abajo, porque es el mapa de todo lo que falta:
Veo cavernas sin fin. Un torbellino. Me interno en el corazón del metal. Más allá del metal, el mitril. Más allá del mitril… ¡el Mital!
El plan de los torcos fue simple y cruel: el brigante sería el cebo. Le pintaron la cara de guerra — la marca por la que el vidente podría rastrearlo y ver a través de sus ojos — y esa noche lo dejaron aparte, fingiendo dormir. Entre vapores aparecieron el Escriba y Mamica Cárcel. "Antes no te pude llevar, muchacho. Pero vos tenés lo que yo necesito." Lo tocaron, y un flash de luz se lo llevó.
Joven de GALERA, vestida «de futuro» como nadie se viste allí; señala reclutas y manda saludos a Oratiol. El COTEJO la enlaza con Future/Philipper, señor/a de los gitanillos del póker — ¿una, dos o tres figuras? Pregunta abierta a Marcos.
El gesto es el del cartel de recluta «I Want You» (Flagg, 1917), puesto en 1715: la dueña del circo recluta desde el futuro, como el chimpancé pintará la torre (032).
El mago y el emperador cruzados, y una torre que explota y cae: la Torre (arcano XVI), leída derecha — ruina fulminante del orden. La profecía se cumplirá dos veces: la atalaya ya ardió, y el monte se cerrará.
«Más allá del mitril… ¡el Mital!»: no un mineral — la magia más alta, solo al alcance de magos de grados supremos asistidos por otros hechiceros. La letanía del sultán es la profecía-mapa del descenso (027).
La cara de guerra recién pintada es la marca por la que el vidente podrá rastrear al brigante y ver a través de él: el rapto de esta viñeta es el plan funcionando — Juan Sears emergerá del jacuzzi de la muerte en la 023.
Apareció bajo tierra, sobre una mesa, en un laboratorio de luces que no se apagan nunca: grandes ánforas de cerámica apiladas como barricada contra la puerta, y en el centro una plataforma de tres escalinatas con una cavidad quemada y marcas negras como raíces de brea. El grupo lo bautizaría después el jacuzzi de la muerte, porque nombrar en broma lo que asusta es la más vieja de las magias defensivas.
También estaba allí Casemiro. Nuestro Casemiro, traído desde su esfera quién sabe cómo ni para qué — "reconstruir", dijo alguien, y no quisimos saber qué se reconstruía en esa cavidad quemada. Y Casemiro no esperó. Jamás espera: delibera durante horas de calma vegetal y de pronto el árbol entero se te viene encima. Lanzó un torrente contra la barricada; las ánforas cayeron y se quebraron; y de cada ánfora rota creció una masa amorfa, gris y amarillenta, que quemaba como ácido y avanzaba. En el caos, el Escriba —para limpiar su propio desastre— desató el ciclón bomba que ya conocíamos, la ola de las cinco mangueras, y barrió la sala entera: escupió a Casemiro por las puertas dobles hacia el puente, donde quedó colgando de las manos sobre el vacío.
Y en el jacuzzi negro brotaron vapores, y de los vapores emergió Juan Sears con una banda entera de orcos. La marca pintada había funcionado. El cebo había arrastrado al pescador.
La plataforma de tres escalinatas con la cavidad quemada y las raíces de brea: escenario de rituales de sangre. El nombre lo puso el grupo, y quedó.
Un sargento orco llamado Bronto se arroja sobre el brigante al grito de traidor; cómo llegó al laboratorio no queda claro en la fuente. Marcado en el texto, fuera de cuadro en la lámina.
El «ciclón bomba» que barrió el farallón (017) barre ahora el laboratorio entero y escupe a Casemiro hacia el puente: el Escriba limpia su propio desastre con el conjuro de siempre.
Cuando la puerta del reducto cedió al fin, la escena que encontramos era de las que no se olvidan aunque una montaña te cobre la memoria: un puente de cincuenta pies con hielo y agua desbordando los parapetos, fosforescencias verdes en las paredes, y el reflector roto de Mamica manando su luz hacia arriba, vertical en la niebla, como esas señales que las ciudades del futuro encenderán para llamar a sus justicieros — ríanse: la vi, y era exactamente eso. Casemiro empapado, colgando a duras penas. Orcos con gorros de sultán apelotonados en el umbral. Y sobre la plataforma del mal, la familia: Juan Sears de gala con su bola de cristal; y la pareja imposible — el Escriba y Mamica Cárcel, madre e hijo, ella saludando al otro hijo con un "hey, ¿cuánto tiempo" de sobremesa de domingo.
Avanzamos en orden de marcha, y me van a permitir la vanidad de describirme, porque de esa lámina viene mi cara de ahora: yo adelante, pelirrojo con media cabeza rapada — un ácido de esa mina me cobró el pelo; lo llevo así desde entonces, como factura enmarcada —, coraza al pecho, la bola con cadena colgando como un péndulo con opiniones. La Plume detrás, látigo desenrollado arrastrando por el mármol, aparatoso y perfecto. Krisina pálida, de blanco. Magda cerrando, impecable en el barro, que es su estado natural.
Y en vez de matanza hubo palabras. La Plume tanteó la única diplomacia posible: "El mundo está hecho de hermanos: si no hay entendimiento en lo más básico, que es haber compartido un vientre, no hay nada." Yo lo acompañé con la guitarra — los hermanos sean unidos, canté, porque hay versos que viajan a donde haga falta. Juan Sears escupió su rencor de décadas. Y Mamica cortó por lo sano: basta, chicos. Y contó.
Contó que la repudiaron por juntarse con un torco. Que parió dos hijos que envejecieron pronto — "uno es un boludo y el otro no tanto", dijo, sin aclarar cuál, con esa justicia distributiva de las madres. Que vino a trabajar de carcelera, que se hartó. Y que fue ella — ella, señores — quien sopló la transacción de la hostia a la guardia corrupta de Praga. Ahí, en un puente helado bajo una montaña, supimos por fin quién había soltado a los galgos la noche de la liebre: una madre queriendo limpiar el nombre de un hijo. Todo el incendio de esta crónica empezó en ese fósforo doméstico.
Por un momento — véanlos en la lámina, sentados, la madre entre sus dos hijos — estuvieron juntos y en paz. La única vez. Guárdenla también.
El parley se canta con el Martín Fierro (Hernández, 1872): «los hermanos sean unidos, porque ésa es la ley primera» — la ley del hermano dicha con guitarra criolla en una mina de Bohemia.
El reflector roto «manando luz hacia arriba, como la batiseñal»: la imagen es de la fuente. Alcatraz (014), Batman (024) — la prisión-mina se cuenta en cine, y el cómic lo dibuja tal cual.
«Fue ella quien sopló la transacción a la guardia corrupta de Praglava»: Mamica, en su única escena de paz, confiesa ser el origen de TODO el arco — la redada de la 007 incluida.
Sobre la mesa recompuesta se desplegó el viejo mapa enano: el eje de la tormenta, torbellinos, cascadas cayendo a lo profundo donde nadie que bajara salía vivo. Se minaba mitril allí, y ónices, y gemas extrañas. Y cuando alguien dijo "mitril", una hechicera nuestra — no diré cuál, porque no me consta y en esta compañía las lenguas se sueltan por arte ajeno — le aflojó la lengua al Escriba con un conjuro sutil, sin gesto ni componente, y el hombre, obsesionado, dejó escapar lo que no debía.
Que abajo había algo más que un mineral. Mital: no una piedra — la magia más alta, la que sólo alcanza un mago de los grados supremos asistido por otros. Que abajo reinaba Medea, reina de las hechiceras de las profundidades. Que Medea tenía un cáliz. Y la doctrina entera, la frase por la que media Europa nos venía cazando sin que lo supiéramos: la hostia es la sangre de Dios solidificada; el cáliz, el receptáculo de un avatar de Dios.
Eso llevábamos en la caja, señores. Eso me había marcado a mí con su fuego de culpa. No un delito: una reliquia del cuerpo del mundo.
Krisina se acercó a la bola de cristal y la escrutó: la visión estaba oscura, arrastrada hacia el ojo de una tormenta, y algo la llamaba por su nombre desde abajo. Medea te llama. Ella no dijo nada. Ella nunca decía nada en el momento; decía después, cuando decir ya era jugada.
Y había ojos en el aire — sensores invisibles, pupilas de pez flotando —, así que me aconsejaron mostrarme fino para que no nos mataran, y saqué la guitarra y toqué. Y desde el pasillo a oscuras, algo respondió: unas notas finas de flauta, enredándose con las mías. Se abrió una puerta que terminaba en la nada y entró una figura andrógina venida de oriente, pelo negro largo, sonrisa angelical, túnica azul: "Mi nombre es Tomás. A veces Tomaya, depende de dónde venga." Detrás, en las sombras, dos enanos con caras que ustedes no pueden conocer todavía — Lenin y Trotsky les decíamos; algún día el mundo me va a entender el chiste, y ojalá no lo entienda del todo — y un escriba moro, gordito, de pluma larguísima, que anotaba todo y susurró: "Señor, ¿está seguro de esto?" "No. Pero hay que hacerlo."
La revelación central del arco, soltada por el Escriba con la lengua desatada por un conjuro sutil: la hostia es la sangre de Dios solidificada; el cáliz, receptáculo de un avatar de Dios — y lo tiene Medea, abajo.
«Reina de la oscuridad» del fondo del monte, reina de las hechiceras de las profundidades. La ficha de Medea (Never 9-11, NY s. XIX) sería la misma inmortal: LIB documentaría su fase del siglo XVIII bajo la montaña.
Figura andrógina venida de oriente, sonrisa angelical, flauta de madera, túnica azul: la emisaria de la sociedad. «Mi nombre es Tomás. A veces Tomaya, depende de dónde venga» — la alternancia es de la propia diégesis. Ficha pendiente (prioritaria del COTEJO).
Tomaya habló con la cortesía de un verdugo administrativo. Ya sabían todo. Los esclavistas de arriba habían resultado mala gente — subcontratada, aclaró, con fastidio de gerencia —; agradecían nuestra limpieza; estábamos invitados al fondo, al Ojo de la Tormenta, si queríamos saber de veras. Los orcos no: "este no es un lugar para turcos." Krisina dio un paso al frente y entregó una estatuilla de marfil — una Venus grácil saliendo del mar, prenda de un encargo propio que arrastraba de patrones que aún no les puedo nombrar — y Tomaya la aceptó, la tomó de la cintura, y abrió la puerta sellada con un ámbar flotante y una palabra.
Después miró a los orcos, hizo un gesto adusto, y dijo:
— A esos, mátenlos.
Fue la negociación agresiva más breve de la historia de la mina. El moro pronunció palabras detrás de todos, y de la punta de su pluma salió una semillita de fuego que flotó, mansa, hasta el centro del recinto. La bola de fuego que nos habíamos ahorrado en la caverna de los esclavos cayó entera sobre la reunión de familia. Los tres orcos brutales quedaron pintados en la pared. El Escriba se desplomó, y su madre cayó sobre él — madre sobre hijo, bajo el fuego. Nosotros, chamuscados, sobrevivimos de milagro; yo me había plantado en la puerta haciéndome el torpe y quedé fuera del radio, que es lo más inteligente que hice ese año.
Lo que siguió fue rápido y confuso: los enanos desenvainaron — "work to do", dijeron, en un germano de oficina —; le crucé un martillazo a uno; La Plume desarmó a otro con el látigo, y por un instante, juro que lo vi, la hoz caída y el martillo alzado dibujaron juntos en el aire un símbolo de otro futuro. Después los cuchillos enanos hicieron su trabajo administrativo: un puñal al corazón de Juan Sears, un tajo para el segundo semiorco, y Mamica rematada donde yacía. La familia entera — la madre, los dos hijos, la única vez juntos y en paz — terminó junta en un charco de sangre. Tomaya miraba con el fastidio de un empleador al que le ensuciaron el piso, y dictó el epitafio: "Tomamos a su hijo hace veinte años, lo educamos, y terminó siendo tan sapo como su madre."
Les debo una confesión de cronista: de toda esta historia, con sus dragones y sus reliquias, el charco que no me sale de la cabeza es ése. Era la única sangre de esta crónica que era del mismo rojo que la hostia. Sangre de familia. La única que Dios reconoce como propia, si uno le cree a las reliquias.
Dos de los doce enanos verdugos de la sociedad, «con cara de Trotsky y de Lenin»; en otra sesión, «Trotsky y Deming» — se usó la forma dominante del corpus. Rematan a la familia entera con cuchillos administrativos. Ficha pendiente (prioritaria del COTEJO).
«Por un instante la hoz caída y el martillo alzado dibujaron en el aire un símbolo de otro futuro»: la iconografía soviética sembrada en 1715, como la torre del chimpancé (032) — el cómic imprime los relámpagos de futuro que la fuente ya traía.
El título del capítulo viene del archivo de la mesa (Aggressive Negotiations): el guiño a Star Wars se cumple con la brutalidad administrativa de Tomaya — «work to do», dicen los enanos en germano.
Juan Sears, el Escriba y Mamica: los tres hilos que perseguían la hostia desde Praga, cortados de un solo golpe. El grupo hereda la caza — y el epitafio de Tomaya: «tan sapo como su madre».
Tomaya nos guió hacia abajo por las cavernas viejas, entre vetas de mitril y ónices, por túneles pulidos como por un conjuro. En dos umbrales montaban guardia parejas de caballeros con armadura completa, quietos como muebles: cruzados de la vieja orden teutónica perecida en Polonia siglos atrás. No respiraban. No estaban vivos. Nadie preguntó, porque hay preguntas que amueblan mal.
La última puerta dio al abismo que la letanía del sultán había prometido: una caverna colosal con tres cascadas atronando en la oscuridad y, abajo, el agua revuelta en torbellinos, como si alguien hubiera abierto sumideros en el fondo del mundo. Un puente de cincuenta pies, azotado por ráfagas, cruzaba hasta un refugio dentro de una estalactita hueca. Lo pasamos atados con sogas, encorvados, con Magda a punto de salir volando como un barrilete y el brigante sujetando el cabo. Adentro esperaban cuatro bocas de túnel inclinadas hacia el vacío, y junto a cada una, un gran barril de hierro sellado.
Batiscafos, con forma de cangrejo. Patas y cola retráctiles, pinzas, una claraboya al frente, lugar para dos personas apretadas — y adentro, diez palancas idénticas, sin una sola etiqueta. "Cada una hace algo distinto", sonrió Tomaya. "Es parte de su capacidad y su inteligencia llegar abajo sin ahogarse. Es parte de la prueba." La profundidad: novecientos pies. Todavía hoy no sé qué hacía la séptima palanca. Todavía hoy me despierto a veces habiéndola movido.
Nos repartimos: Tomaya se llevó al brigante — "vos venís conmigo, Pacuti" —; los enanos pilotearon; Magda se hizo una burbuja de aire para ella y otra para Edgar, escondido entre la ropa, porque los cuervos de bruja no se quedan en tierra. Y Casemiro eligió la locura. Se sacó la coraza, se untó de conjuros y elixires de nado, confió en su resuello y en su furia — y se hizo remolcar con una soga, a pulmón, atado al último batiscafo. Al del moro. Cuando lo contamos esa noche en las alcantarillas, el petiso del bisonte, que hasta entonces escuchaba sin mover la paja de la boca, la movió. Es el mayor elogio que le vi hacer a nadie.
Parejas de armaduras completas, quietas como estatuas, de la orden teutónica perecida en Polonia siglos atrás: no respiran, no están vivos. Custodian los umbrales profundos.
Tres cascadas atronando en la oscuridad, torbellinos «como sumideros del fondo del mundo», un puente de cincuenta pies azotado por ráfagas: la letanía del sultán (022) cumplida a la letra. Abajo, a novecientos pies, el Ojo de la Tormenta.
El Apparatus of Kwalish del manual clásico, rebautizado en la mesa «aparato de Cualich»: barriles de hierro con patas, pinzas, claraboya y diez palancas idénticas sin etiquetar. «Es parte de su capacidad y su inteligencia llegar abajo sin ahogarse.»
Bajamos entre torbellinos, perdida la luz de arriba, sintiendo la presión como una mano que aprieta despacio. Los primeros cangrejos ya entraban a una caverna sumergida del fondo cuando el último — el que remolcaba a Casemiro — se detuvo a mitad del descenso. Giró sobre sí mismo. Y lo enfrentó, iluminándolo con su fanal: detrás de la claraboya, el moro, una mano en la palanca y la otra extendida, exigiendo.
Exigiendo qué, preguntan ustedes. La hostia, señores. La verdadera, la que había quedado con Casemiro cuando el círculo lo dejó afuera — átenlo ahora, como lo atamos nosotros entonces, novecientos pies tarde.
Y acá esta crónica tiene su agujero más profundo, en el sentido exacto de la palabra. Lo último que se sabe es que la mano de Casemiro se acercó a la pinza del cangrejo, y que subieron burbujas, y que en el agua negra quedaron flotando tres palabras: "Se la di."
¿Se la dio? ¿Quién habla en esa frase? ¿Qué le dio, si las copias eran ya una plaga? Esa noche, en las alcantarillas, todos nos dimos vuelta a mirarlo. Casemiro estaba sentado contra un arco, con el lobo en los pies. Sonrió — el hombre confirma, como les dije, y a veces ni eso — y no confirmó.
Es el único de nosotros que sabe qué pasó a novecientos pies. Que un cronista declare sus agujeros, dije al principio. Éste no es mío. Éste es suyo, y se lo respeto: a esa profundidad, cada uno es dueño de su oscuridad.
La pluma larguísima del moro — de cuya punta salen los conjuros — completa la serie: la blanca de La Plume (003), la negra de Alatino (016). Las tres plumas del primer tercio escriben, hieren y traicionan.
Del relato: V. La cama de agua, o los veinte años
Lo que pasó en los niveles de abajo tardamos meses en podérnoslo contar entre nosotros, y no exagero: la escena quedó suspendida en la memoria de todos como una lámina a medio pintar, y cada uno cargó su pedazo en silencio hasta que una noche, mucho después, alguien la empezó y los demás la terminamos. Así se las doy: cosida.
Al final de un pasillo abrimos la puerta de un recinto que era todo cama. Una cama de agua entre terciopelos ajados, y sobre ella y alrededor de ella, la escena: una súcubo pelirroja — sí, dije súcubo; a esa altura de la montaña el catálogo de las presencias había dejado atrás lo razonable — recostada como en su casa, porque era su casa; el moro de pie, con los ojos vueltos hacia arriba, blancos, moviéndose como un autómata; y detrás, Tomaya y un agente mayor de la orden, un hombre de espada desnuda al que llamaban el Spellblade, con la mano en el arma y cara de estar en la peor oficina del mundo.
El moro no estaba hechizado: estaba dominado. Recibía órdenes por dentro. Y la que ordenaba sonrió, y el hombre se inclinó sobre ella, y le entregó — de la manera más inmunda, y no la voy a describir dos veces porque ni la mesa la describió dos veces — la hostia. Nuestra hostia. Medio blanca, medio negra ya, ennegreciéndose como una luna comida.
Hubo combate, si puede llamarse combate a pelear sobre un colchón que cede a cada paso. Tomaya ordenó a los enanos "agarren a la mujer", y la súcubo susurró algo telepático, en lengua demoníaca: la mujer no soy yo; la mujer son estas dos. Y Lenin y Trotsky, obedientes a la voz equivocada, aferraron a Magda y a Krisina y se las llevaron a la rastra. La Plume escupió sobre la demonia una poción pegajosa que la dejó adherida a las sedas; ella apenas se rio: "me encanta". Y cuando le llegó el turno, desplegó las alas sin molestarse ya en disimular, sonrió a la concurrencia, y desapareció.
Con la hostia adentro del cuerpo. Digan conmigo la pregunta de esta historia: ¿cuál hostia? Yo digo que la verdadera. Yo digo que en ese cuarto, en esa cama, la sangre de Dios cambió de manos por última vez ante testigos. Después de eso, todo fue rastro.
El Spellblade cruzó la cama de un salto y durmió al moro de un golpe de pomo, profesional, casi piadoso. "Nos hicieron perder la hostia", dijo alguien, y la frase quedó colgada del vapor. Y entonces, en lugar de la segunda ronda de una pelea que nadie quería, vino la pregunta más civilizada que se hizo jamás en esa montaña: ¿seguimos, o parlamentamos?
Súcubo pelirroja: sugestión telepática en lengua demoníaca («la mujer no soy yo; la mujer son estas dos»), y la desaparición con la hostia adentro. Se sabrá después: la patrona de Krisina. Ficha pendiente.
Del blanco de la 006 al medio-negro de esta boca: la hostia se ennegrece camino del arco de París. El rojo sucio de la viñeta es la degradación del artefacto hecha color.
Agente mayor de la orden, «el que pone en caja a los alumnos y a los otros problemas de la organización»: cruza la cama de un salto, noquea al dominado con el pomo y después se perfuma contra el hedor.
Parlamentamos. Nos condujeron por la rotonda de las cámaras coloreadas — esmeralda, topacio, roja, y una violeta-negra donde había figuritas pétreas encerradas que nadie nos explicó y que ninguno preguntó; ya les dije cómo amueblan esas preguntas — hasta una biblioteca con mesa central. Teníamos, dijeron, un enemigo en común: alguien infiltrado en la Sociedad Arcana, la organización que de una u otra forma nos había contratado a todos sin que lo supiéramos. El ladrón de la cama había actuado por su cuenta, para otro amo. El Spellblade guardó el arma, se perfumó contra el hedor — un caballero — y nos ofrecieron dormir, sellar alianza al día siguiente, recuperar lo perdido.
Nos cambiaron las sábanas — doncellas diminutas con cofias de mucama fregando el desastre —, un viejecito les recibió una moneda con una gratitud desdentada que rompía el corazón — "nosotros, que perdimos a los dioses, por lo menos tenemos limosna" — y notamos, sin decirlo del todo, que a Magda y a Krisina se las habían llevado a otro cuarto y nadie las devolvía. La palabra rehén flotó y nadie la pescó. Dormimos.
Y acá, señores, esta historia me alcanza las manos con las que la escribo.
Despertamos con un hambre y una sed milenarias. El cabello crecido. Las uñas encorvadas como de pájaro viejo. Las barbas largas. La montaña — un útero de piedra que da mitril y gemas y a cambio chupa lo que somos; después le supimos el mecanismo, ahora sólo sentimos el precio — nos había cobrado durante el sueño: nos levantamos más viejos de lo que nos habíamos acostado. Veinte años, calcularon después los que saben. Veinte años en una noche, señores. Miren mis manos en cualquiera de las láminas que siguen y compárenlas con las de la taberna: son las manos de mi padre, si tuve un padre. Ese día dejamos de ser jóvenes sin haber terminado de serlo, y por eso esta crónica se cuenta como se cuenta: con la urgencia de los viejos y los recuerdos de los muchachos.
Y despertamos solos. Las luces mágicas apagadas. La cascada cerrada por una escotilla de mitril. Tomaya y los suyos, idos con los batiscafos. Entumbados.
La deuda de la magia del monte: sueño negro tras cada conjuro y, al consumarse, ~20 años de golpe — barbas largas, uñas encorvadas, mermas en el cuerpo. La fuente del envejecimiento que el cómic conserva en los diseños de acá en adelante.
Lenin y Trotsky se llevaron a Magda y a Krisina «y nadie las devolvía»: la sospecha de rehenes flotó sin decirse. Reaparecerán en París (038), con veinte años más en la cara.
En la oscuridad quedaban dos viejitos, y uno avanzaba alumbrándose con dos velas montadas en un armazón, apoyado en un pico de minero con la punta roma. El gran consejero. El último gnomo del Monte Nevermind — porque la montaña tenía nombre, y el nombre era una burla: el monte Nuncamente, el monte No-te-preocupes, díganlo como quieran; cincuenta y tres mil gnomos habían vivido en ella alguna vez, y quedaba éste, subido a un trono en el que le colgaban los pies.
No usaba magia, aunque sabía mucha: aquí abajo la magia da, pero chupa — por eso las velas. Sacó una balanza de precisión: de un lado gemas de las de veras; del otro, la pluma blanca. El peso de la verdad, dijo: si poníamos la pluma y decíamos verdad, la balanza quedaría en equilibrio. La Plume declaró que quería la hostia porque le daría un nombre imperecedero — la gloria de un espadachín de leyenda —, y la balanza no se movió, porque mi amigo era vanidoso como un gallo pero jamás mintió sobre su vanidad, que es una forma superior de la honestidad. Casemiro profesó la inmanencia de la naturaleza, y descubierto en su sangre — que no era del todo humana; tampoco eso se los voy a adornar, era nuestro hermano y con eso basta — se presentó sin rodeos y la balanza tampoco se movió.
Y entonces el gnomo habló de los dioses, y les juro que el frío de la montaña se puso serio. "A nuestros dioses se los comieron en el desayuno, hace miles de años, en Egipto." Los dioses grandes y los demonios se pusieron de acuerdo en quiénes morían primero, y señalaron a los pequeños. Por eso su causa, la causa de su pueblo extinguido, tenía una sola consigna, y la dijo con las dos velas temblándole en el armazón: todos los dioses deben morir.
Le preguntamos si estaba completamente demente. Nos barrió el contrato de un manotazo — lo haría de buena onda, dijo, o el equivalente gnómico — y nos soltó la revelación y el rumbo: la hostia viajaba hacia un hombre de París. Un nubio capturado de niño, comprado y liberado por un zar — ¡Pedro! ¡Pedro el Grande! —, criado en su corte, formado como ingeniero, que andaba con los hombres más luminosos del siglo. Lo llamaban la Estrella Oscura de la Ilustración.
"¡Apúrense! ¡Infíltrense! ¡Sáquenle la hostia! ¡El sol níger, el sol oscuro, ha comenzado!"
Nos arrojó un pergamino escrito con tinta azul en letra desmesurada para un ser tan chico — una línea de crédito por siete mil monedas de oro para cada uno, porque la venganza de los pueblos pequeños paga bien — y con un gesto de una gema encendida, el mundo se dobló, y desaparecimos.
El último ñomo del Monte Nevermind, donde vivieron 53.000: no usa magia aunque sabe mucha — «aquí abajo la magia da, pero chupa»; por eso las dos velas y el pico romo. Su balanza pesa la verdad contra gemas. Ficha pendiente (prioritaria del COTEJO).
«A nuestros dioses se los comieron en el desayuno, hace miles de años, en Egipto»: el Himno Caníbal de Unis (Textos de las Pirámides, din. V) — el rey que devora dioses para absorber su poder. La causa ñoma nace de una cita egiptológica del Narrador.
El credo deicida: los dioses grandes y los demonios pactaron quiénes morían primero, y señalaron a los pequeños. Consigna: «todos los dioses deben morir» — todos morirán a la sombra de los grandes ñomos.
El nombre y el rumbo del arco de París: un nubio capturado de niño, comprado y liberado por Pedro el Grande, criado en su corte, ingeniero, hombre del círculo de Voltaire y Diderot. «¡El sol níger ha comenzado!» Ficha pendiente (prioritaria del COTEJO).
Aparecimos sobre la ribera de un río ancho, a la sombra de árboles frondosos, entre lavanderas y tenderos, con caballeros pasando al grito de sacrebleu. Eran las cuatro de la tarde de un viernes. Era París.
Nos acicalamos las barbas nuevas con navajas prestadas, nos vestimos de viajeros de las granjas, y yo saqué el laúd y entré a la ciudad tocando, que es la mejor manera de entrar a cualquier parte. Cruzamos el puente hacia los bulevares: teatros, arlequines, un mandril vestido de militar, cafés con mesitas en la calle, soldados de todas las naciones. Una ciudad cosmopolita donde nadie nos miró dos veces. Llamábamos menos la atención que el resto, y eso, para gente con nuestro prontuario, es el paraíso.
En la zona de las diversiones una gitana nos tendió una copa de oro: "beban esto". Lo nuevo era el duende verde embotellado — una absenta de otra estofa, humeante, con opiniones —, y uno de nosotros se bajó la botella entera, salvando el tipo trago tras trago de puro oficio de borracho, hasta quedar de pie por terquedad estadística. En el fondo del trance vio algo: un duendecillo verde y dorado posado en el borde de la copa. Y algunos, con el duende todavía en la sangre, sentimos esa tarde una cosa que no le deseo a nadie que quiera dormir tranquilo: recuerdos de un futuro incierto.
Se los digo con el ejemplo, que es mejor. En un puesto de cuadros pintaba un chimpancé — una persona no humana, aclararon los locales, que una vez pintó un puente cayéndose antes de que se cayera. Lo que pintaba ahora no lo entendía nadie: una estructura de hierro más grande que los edificios, como un tótem o una hoguera de metal, alzándose sobre París. La miré mucho. No existe, me dije. Todavía, me contestó algo adentro, con la voz del duende. Ustedes no la van a ver nunca, si Dios quiere. Nosotros la vimos pintada.
La absenta sobrenatural embotellada: el duendecillo verde y dorado posado en la copa, visible solo para el bebedor. La fée verte de los poetas del XIX, adelantada un siglo — y con adicción mayor incluida (038).
«Una persona no humana» que una vez pintó un puente cayéndose antes de que cayera. Lo que pinta ahora nadie lo entiende: una estructura de hierro más grande que los edificios.
La torre imposible es la Eiffel: en el ATEM ya existe — el Torneo Eiffel de 1890 (Los Reguladores) la espera del otro lado del siglo. Regla de continuidad del cómic: la torre solo existe como pintura profética; no se dibuja como estructura real.
En la calle de los banqueros dimos con un local llamado — les juro — Déjà Vu. Un mequetrefe de monóculo miró nuestra letra de crédito de tinta azul, murmuró sacrebleu, y nos pasó al gabinete del fondo: mármol, pisapapeles que eran varitas petrificadas, y un señor pelado con cetro — el cultero — que nos pagó al contado en diamantes, platino, perlas y bonos, e hizo el gran negocio de su año. Después vino la parte fina, y la parte fina en un banco es siempre una confesión: nos avisó, con toda transparencia, que a uno de los billetes entregados le había puesto un conjuro de rastreo. Amenaza velada, comercio abierto: él quería llegar a nuestros proveedores; nosotros queríamos las direcciones donde comprar magia. Intercambiamos direcciones y desconfianzas, todo en el mismo apretón de manos. Banca, le dicen.
De noche elegimos el teatro del pueblo sobre la ópera empelucada — en el bulevar del crimen daban París sin sol, con Matías el Inválido, y a la ópera que la paguen los que duermen tranquilos. En la puerta hubo trifulca: mi reparto de monedas atrajo matones, la cosa terminó a trompadas, y Casemiro empapó a uno de pies a cabeza con un chorro de agua conjurada. El empapado resultó ser un policía encubierto — "¡soy cana!", gritó, chorreando — y la barra entera lo bautizó en el acto: el suflé. El soplón, entienden. París pone los apodos más rápido que las condenas.
La función fue un grotesco glorioso que no les cuento entero, pero anoten dos cosas de esa platea. Un conde vestido a la rusa, con los ojos brillando en la oscuridad, que nadie más pareció notar — hay noches en que uno hace bien en no notar. Y a la salida, un canillita vendiendo el diario: en Londres, un asesino serial — el carnicero de la calle Morgan — entraba en las casas. Y en París, mañana, ejecutaban a tres hombres tenidos por republicanos.
Guarden el diario. En esta historia los diarios son profetas de mala paga.
Casa de cambio de trastienda mágica: varitas petrificadas de pisapapeles, libros de contaduría en lenguas diversas. El cultero paga al contado, confiesa el conjuro de rastreo con toda transparencia — y deja abierta la puerta: al banco le interesa tenerlos de agentes.
«El carnicero de la calle Morgan»: los crímenes de la Rue Morgue (Poe, 1841) como noticia de diario en el siglo equivocado — el eco es de la propia fuente. El Butcher será el gancho de Sarpaoli (048) y del Inferno de Londres.
El Boulevard du Temple histórico — teatro popular, melodrama y grotesco — con su función: Matías el Inválido y su paje castrador. Entre la platea, un conde vestido a la rusa de ojos brillantes que nadie más nota: un vampiro de visita que la fuente deja pasar.
«Mañana ejecutan a tres republicanos»: el canillita está vendiendo el arco siguiente — la víspera (caps. 06) y el rescate de Place Royale (cap. 07).
Entre la una y las dos de la madrugada caímos en la cuenta de que Nico — un mosquetero joven que se nos había sumado, del que no les hablé y me pesa, porque lo que sigue es su peor noche — se había apartado del grupo hacía horas. Lo buscamos por un callejón de esos donde París amontona su basura en grandes cajones de madera. De uno de ellos asomaba una pierna, blanca contra lo oscuro.
Era Nico. Desnudo, inconsciente, con una costilla rota. Apaleado, despojado hasta los calzones, y ultrajado — la palabra queda escrita una vez y no se repite, porque el muchacho merecía y merece esa piedad.
Y entonces mi amigo el espadachín hizo, delante de nosotros, lo que jamás hacía delante de nadie. Se quitó el guante de la mano izquierda.
Yo sabía — todos sabíamos, y nadie preguntaba — que La Plume llevaba siempre esa mano enguantada. Lo que había debajo era una mano grácil, fina, inconfundiblemente de mujer. La apoyó sobre el muchacho, y una luz tenue y dorada le cerró las heridas, le borró el dolor, y hasta el recuerdo del cuerpo le borró: despertó impecable, sucio y en cueros, sintiéndose como recién salido de una fiesta. Le dimos una capa y nos lo llevamos.
De esa mano no voy a decir más nada esta noche, dije entonces, y lo sostengo acá: hay prendas que se ganan con años, y el que quiera saber de dónde viene una mano de mujer en el brazo de un espadachín, que se quede en esta compañía las eras que hagan falta. Digo solamente esto: era la mano que curaba. En un grupo cosido a contratos, esa mano era lo único que dábamos gratis.
Habíamos llegado a las cuatro de la tarde sin más que un pergamino azul. Cerrábamos el día ricos, marcados por un banco, citados por una gitana, con un policía humillado que sabía nuestras caras — y con un solo nombre por delante: la Estrella Oscura de la Ilustración. Sobre los techos de París, insinuado en la trama de la noche, a mí me pareció ver un sol negro empezando a asomar. Nadie me lo confirmó. Nadie me lo negó tampoco.
El mosquetero: se apartó del grupo horas antes y su primera noche en París terminó en un cajón de basura — apaleado, despojado «hasta los calzones» y ultrajado. La curación le cerró las heridas; los recuerdos, no todos.
La mano izquierda SIEMPRE enguantada de La Plume: una mano grácil, de mujer, que cura. Es la única vez que se ve desnuda en la Parte I. La ficha del pacto que hay detrás — «T.», la mano que muere — espera en el arco del Plano de los Sueños.
El sol negro asomando sobre París: el sol niger de la alquimia, la nigredo — y la consigna del ñomo («¡el sol níger ha comenzado!», 031) impresa en la trama del grabado. Volverá como el sol negro del peto de Pépsico (lámina 156).
Del relato: VI. La víspera, o el anatomista
Nos instalamos en el hotel Astra, en la ruta de Versailles: terciopelos, caja de seguridad donde depositamos miles de monedas contra recibo, y un regalo esperándonos de parte de nuestros patrones de la montaña — cajitas de rapé, una dosis por cabeza, capaz de sostener a un hombre una noche entera sin dormir y sin resentirse. Los gnomos saben hacer regalos: te regalan exactamente la noche que vas a necesitar.
Y había una carta para La Plume. La leyó aparte, a la luz de una vela, con el látigo y la rapier cruzados sobre la mesa, y volvió con la decisión tomada: Golitsyn — el duque del asilo que nunca cobramos, ¿lo recuerdan? esta historia no pierde una sola ficha — estaba en París de embajador, y lo convocaba. No un duelo: un asunto de honor, una soirée. "Esta noche me quedo con ustedes, pero mañana tendré que partir." Se llevaría a Nico, que necesitaba ropa y cuidado. Y nos dejó su consejo de despedida, que era su manera de abrazar: "No se metan en problemas en los que yo no me hubiera metido."
Nos conocía. Sabía perfectamente que esa frase no prohibía nada.
Hotel de terciopelos en la ruta de Versailles: caja de seguridad contra recibo, valet de librea, «putas de alta sociedad» enmascaradas en la balconada. El transcript dice Astra; otras fuentes oscilan Astra/Astoria — se fijó Astra.
El regalo de los patrones del Nevermind: una dosis por cabeza, capaz de sostener a un hombre una noche entera sin dormir y sin resentirse. Quedan en reserva — y el arco de París les dará uso.
El duque ruso que ofreció asilo en el Este (la carta que el grupo nunca llegó a cobrar, cap. 02) está en París como embajador y convoca a La Plume. No un duelo: un asunto de honor, una soirée.
«No se metan en problemas en los que yo no me hubiera metido»: La Plume no estará en el rescate de Place Royale — el cap. 07 entero se juega sin él («se nos fue la Pluma»). El cómic respeta el hueco.
El valet del hotel era un lacayo de librea con una peluca empolvada tan barata que nevaba caspa de arroz, y por dos monedas de oro — contra las diez que juraba ganar por mes — nos contó la ciudad entera. Que el rey nuevo era un niño de once años que de príncipe había venido a jugar a ese mismo hotel. Que gobernaba el regente desde Versailles. Y que mañana, tras la misa, ejecutaban a los agitadores: hombres que andaban diciendo algo de un tercer estado — quejándose de que no se reunía hacía cien años — y que además no habían hecho las reverencias debidas al paso de las procesiones. ¿La pira o el hacha? Las dos cosas: lo echaba la suerte. Ateos terribles, dictaminó el valet, mientras ofrecía conseguirnos la prensa ilegal y juraba entre risas no ser él mismo un agitador.
Fuimos a mirar el terreno como viajeros curiosos. En la Plaza Real, junto a la fortaleza que llamaban la Bastilla, se levantaba una empalizada, gradas para la multitud, y una plataforma pequeña: el patíbulo. Se vendía prensa del Verdugo, que todavía no había llegado: el Verdugo era la estrella de la función, y esa frase, señores, se las dejo así, cruda, porque describe a París mejor que todos mis bulevares. Y arriba, en la fortaleza, un detalle que Casemiro señaló con el bastón y que ninguno olvidó: los cañoncitos no apuntaban solamente hacia afuera.
Apuntaban también hacia la plaza. Hacia el público. El poder le tenía el cañón puesto a su propia platea, por si el espectáculo salía mal.
Esa noche, en el balcón, con una vela, la decisión salió sola, como salen las verdaderas: íbamos a rescatar a los condenados.
Lacayo de librea y peluca empolvada barata que suelta polvo: por dos monedas de oro (contra las diez que jura ganar por mes) cuenta todo — y ofrece la prensa ilegal, jurando que «lo único que he agitado algunas veces es el ganso».
Luis XV tenía cinco años en 1715; acá tiene once y jugó de príncipe en este mismo hotel. El regente es llamado «Luis Felipe de Orleans» [sic] — el histórico es Felipe II de Orleans; el lapsus es de la mesa y se conservó tal cual.
Condenados por «andar diciendo algo de un tercer estado» que no se reúne hace cien años (históricamente: de 1614 a 1789, 175) y por no reverenciar procesiones. El ancien régime destilado en una causa penal.
Los cañoncitos de la Bastilla apuntan también HACIA la plaza: el poder que teme a su público. El día del rescate, la culebrina apuntará al corazón de la niebla (043) — «si algo sale vivo de ahí, fusílenlo».
Ahora tengo que presentarles a un hombre, y lo voy a hacer en dos capas, como se presentó él: la fachada primero, la verdad después. La fachada la conocimos en la víspera. La verdad la supimos — la supe — mucho más tarde, y se las adelanto porque el Archivo sabe más que yo, y esta crónica le debe al Archivo la mitad de sus certezas.
La fachada: se llamaba Steve Reyes y era americano. Anatomista. Estudioso del cuerpo humano con propósitos médicos, cuadernos llenos de disecciones dibujadas, los órganos en fila junto al cuerpo. Había tomado el trabajo temporario que nadie quería, el trabajo que mancha: ayudante del verdugo — el perito que se inclina sobre el torturado, le susurra por atrás, y dictamina si se puede seguir. Fumaba. Miraba el cadalso por la abertura de la tienda como quien va a un picnic. A veces le caminaba por el hombro un escorpión vivo, y uno decidía no preguntar, porque en la víspera de una ejecución todos tenemos nuestras mascotas.
La verdad: lo habían criado en un barco mercante que también contrabandeaba, y en cada puerto bajaba a las bibliotecas a rapiñar las partes prohibidas del saber. Así, solo, sin maestro, aprendió lo que nadie debe aprender: que los muertos se pueden levantar. Ensayó con animales un rito del viejo Egipto — hacer de un gato un Osiris, vendarlo como a los animales sagrados, tomarlo en el agua — y nadie en el mundo conocía su secreto. Despreciaba la debilidad y la religión de la debilidad; creía en el hombre superior. Y su ambición más honda, confesada a nadie y anotada por el Archivo con la tinta que se usa para las cosas enormes: ir a buscar el cuerpo de un santo enterrado, y levantarlo. Para ver dónde estaba el poder. Y qué quedaba de él.
Ese hombre esperaba detrás del patíbulo, acomodando cuadernos. Nosotros íbamos a ir a ofrecerle un trato. Piensen, mientras cruzamos la plaza, quién le estaba por dar la mano a quién.
Necromante americano autodidacta, criado por un capitán mercante que también contrabandeaba; rapiñó las partes prohibidas de las bibliotecas de cada puerto. Fachada perfecta: anatomista, perito, ayudante del verdugo — el trabajo que mancha y nadie quiere.
Hacer de un gato un Osiris: tomarlo en el agua y trabajarlo como los antiguos a sus animales sagrados. El ensayo egipcio del necromante — clínico, no truculento, como pide el guion. Nadie en el mundo conoce su secreto.
Los santos jansenistas enterrados en las afueras, cuyas reliquias producen «ataques que unos llamaban de epilepsia»: los convulsionarios de Saint-Médard (París, 1727–1732). Historia pura bajo la diégesis — y el fervor del joven Auret (047).
«Esperaba en la tienda de los peritos, atrás de todo, mirando, como quien va a un picnic»: en dos láminas ese mismo hombre hundirá la cara del Verdugo en el plomo (042). El cigarrillo y el escorpión al hombro son sus dos firmas.
Del relato: VII. Place Royale, o el punto contra el sistema
La mañana del sábado empezó en la calle arabizante de los alquimistas, donde el viejo Ataturk — fez con borla, doble chaleco almidonado, y una guerra comercial abierta con su propia esposa, que es el único conflicto de esta crónica que sigue sin resolverse — servía café espeso a sus mejores clientes de la temporada, que éramos nosotros, porque ya le llevábamos compradas doce o trece mil monedas de oro en maravillas.
Y entre sus invitadas, dos princesitas que parecían eslovenas. Magda y Krisina. Las rehenes silenciosas de la montaña, devueltas a nosotros por caminos que ninguna de las dos contó completos — con arrugas nuevas que pesaban como veinte años. ¿Había pasado de verdad tanto tiempo, o la magia del monte las había drenado a ellas también? No lo preguntamos en voz alta. Nos miramos las manos, todos, y pedimos más café.
Sobre la balanza del tendero — estábamos justo en el mes de la balanza; a esta historia le gustan esos guiños — uno de los nuestros pesó tres mil monedas por una copa que graba en la memoria los sueños del que bebe, y exigió que se la llenaran hasta el borde con el duende verde. La bebió ahí mismo. El precio verdadero lo pagó el cuerpo: convulsiones a la vista de todos, un colapso fulminante, y una sed que le quedó prendida a la carne para siempre. "Es un tipo duro", les explicamos al tendero y al barrio, mientras su escudero se lo llevaba en andas. Era la pura verdad. Duró cinco horas dormido y soñó cosas que la copa le guardó grabadas, y algunas de esas cosas después pasaron.
El tendero turco de gala — fez con borla de seda, doble chaleco, coturnos — en guerra comercial con su propia mujer, la de la copa de oro. «Ya les llevaba ganadas doce o trece mil monedas»: el gran beneficiario del paso del grupo por París.
Magda y Krisina reaparecen — las rehenes silenciosas del monte (030) — como «princesitas eslovenas», con arrugas nuevas que pesan veinte años. El Ripple las alcanzó a ellas también: «¿había pasado tanto tiempo, o la magia del monte los había drenado?»
Tres mil monedas pesadas en la balanza — «estaban justo en el mes de la balanza» — por la copa que graba en la memoria los sueños del bebedor. La copa «de Baltasar» de la gitana (032) y este cáliz NO se fusionaron: el consolidado los mantiene distintos.
Yo alquilé por cincuenta monedas una habitación con balcón sobre el flanco sur de la plaza — un palco de los que se alquilan caros porque se les supone un uso galante; el mío fue arco, pociones y libro de notas, que es mi idea del romance en vísperas de un rescate. Desde ahí se veía todo: el rectángulo cerrado de la Plaza Real, una sola entrada, las gradas llenándose desde temprano, la gente guardando lugar para el espectáculo.
Abajo, entre las tiendas, uno de nosotros fue a conocer al anatomista. Un vino de por medio, la charla rodeó el oficio — "me pagan parte en metálico y parte en otras sustancias: los cuerpos" — hasta que no hubo más vueltas que dar:
— Yo vengo a liberar a estos hombres.
Steve Reyes tenía su propio credo, y nos lo dijo con el cigarrillo quieto: la revolución y el verdadero poder de la ciencia iban a suceder en París, y para sostener la farsa del trono moría gente que creía en la razón. El doble de oro y el doble de cuerpos, ofrecimos. Trato hecho, dijo el hombre que quería levantar santos. Las manos se estrecharon. Mientras tanto, Magda y Krisina conseguían asiento en los palcos de damas, junto a viejos ricos de esos que pagan por lucir jovencitas y no meten mano: la infiltración más fina es la que el infiltrado paga de su bolsillo.
Cincuenta monedas de oro por la habitación con balcón sobre el flanco sur — «de las que se alquilan caras porque se les supone un uso erótico». Oratiol la vuelve puesto de francotirador: arco, pociones, libro de notas.
Rectángulo cerrado de doscientos por cien metros junto a la Bastilla, una sola entrada por la Rue Saint-Antoine, gradas, palcos — y los cañones de la fortaleza apuntando a la propia plaza: «las ejecuciones de revolucionarios son, a veces, el punto de inicio de una revuelta».
«El doble de oro y el doble de cuerpos»: Steve entra al grupo por contrato, como todos — la campaña empezó en un contrato (003) y no dejará de firmarlos hasta el contrato de Inferno del propio Oratiol (Parte II).
No todo salió fino. El primer ayudante del verdugo — un hombretón de barba azulada — resultó ser un viejo conocido mío: "¡Amigo mío! ¿Cómo va la producción?", me abrazó, y me regaló una mascarita de verdugo de recuerdo. Subimos a mi palco a buscar unas tenazas que faltaban para la función.
La vieja amistad terminó a golpes, y los golpes terminaron en algo irreversible. Lo cuento contra la pared, en sombras, como lo muestra la lámina, porque así lo recuerdo yo también: hay escenas que la memoria tiene la decencia de darnos de perfil. Digamos que el barbazul no bajó del palco, y que quien conozca el cuento del Barbazul original sabrá que a veces el nombre le queda grande a la barba, y a veces la barba es prestada — pero eso pertenece a noches futuras.
Hubo un testigo: un jovencito de mosquetín apostado en el balcón de enfrente, valiente como un pequeño diablo, que sacó su espadín, pinchó una mano intrusa y le puso al fugitivo un tiro de sal en las posaderas. Es la única viñeta cómica que esta jornada permite; ríanse ahora, que viene el plomo. Acudió una patrulla con un investigador de lentes, y la escena podía hundirnos a todos — y la salvó la sangre fría del perito. Steve Reyes había deshecho el problema con su arte: la carne rápidamente descompuesta, el esqueleto perfecto y limpio guardado en su valijita de médico. Recibió a los guardias con la flema de la profesión: "Soy el médico de las pericias. Vine a buscar un esqueleto, era pesado, me ayudaron a moverlo. ¿Cuál es el problema?"
Todo verdad, fíjense. El hombre no mentía nunca. Elegía qué verdad decir, que es un arte marcial superior.
El primer ayudante del verdugo, hombretón de barba azulada y viejo conocido de Oratiol («¡Amigo mío! ¿Cómo va la producción?»). Por contexto sería el «Messire de Molin» que contrató a Steve — el audio no lo cierra.
El apodo viene de Perrault — y en el corpus será además una identidad usurpada: la máscara del «falso Barbazul» reaparecerá en el consejo de la cofradía (lámina 054) cuando se investigue quién quemó al Verdugo.
El esqueleto pulcro en la valijita y la patrulla recibida con calma: «soy el médico de las pericias». La misma flema — decir verdades que ocultan todo — lo llevará entero a los calabozos de la Bastilla (045–046).
En cinco minutos, anunciaron, empezaba la función. Nuestro plan tejía varios hilos, y el más fino lo tejía Magda: moviéndose entre la muchedumbre con su parasol blanco, sembró en las cabezas de ocho hombres del pueblo llano — un panadero, un carpintero, hombres rudos — un pensamiento que creerían propio: lo tienen bien merecido… pero son hombres como nosotros. Y más tarde, otro: yo podría ser uno de ellos. Recuerden las semillas. Las semillas son el evento principal de esta jornada, aunque tarden en florecer, como corresponde.
Yo planté sobre la plaza un ojo arcano — un ojo volador, invisible, mío: parte de los poderes que la montaña me vendió a precio de veinte años; ya llegaremos a la factura completa. Casemiro soltó insectos espías rumbo a la fortaleza. Y entonces entró la procesión, y les pido silencio, porque esto lo vi desde el palco y no me lo olvido más.
Los reos venían en carreta abierta, en camisa, con cirios de cera encendida de dos libras atados a las manos atenazadas, quemándolos gota a gota — así se hacía, señores; el suplicio del viejo régimen era una liturgia con manual, y la nuestra era una época en que la crueldad tenía coreógrafos. El corredor desde la Bastilla iba flanqueado por alabarderos; la gente tiraba cosas, puteaba o bendecía. En el cadalso esperaba el instrumental: rueda para descoyuntar, espada, hacha, tenazas, un brasero con plomo para verter fundido. No existía aún la guillotina. Escríbanlo así, con ese aún que hace todo el trabajo: esta historia sabe cosas sobre esa máquina que no puede contar todavía.
Y la comitiva: el Gran Verdugo, Monsieur David, vestido de rojo, enmascarado, un showman de voz de miel que no pronunciaría una sola palabra en toda la función, porque los grandes artistas no explican. Su hijo, el Eliminador, cargando hachas y cuchillos. Y el Gran Inquisidor, un viejo de chivas con papeles en la mano como contratos — porque ¿qué es un ejecutor sin un demagogo? Nada, señores. El hacha es muda. Siempre hay que buscarle el que habla.
El trabajo más fino del plan: ocho hombres del pueblo llano — un panadero, un carpintero — con un pensamiento sembrado que creerán propio. Y más tarde otro: «yo podría ser uno de ellos». La revuelta de la 043 se planta acá.
Los reos en camisa, en carreta abierta, con cirios de cera de dos libras atados a las manos atenazadas: el ritual de la amende honorable — literal del suplicio de Damiens (1757) que abre Vigilar y castigar. La lámina es una página de Foucault dibujada.
El cadalso es artesanal: rueda, espada, hacha, tenazas, plomo a fundir. La guillotina NACERÁ en este cómic — invocada con una hostia frente a Notre Dame (lámina 075): su origen diegético está registrado como candidata prioritaria del COTEJO.
El Gran Verdugo Monsieur David, de rojo, showman de voz de miel que no pronuncia palabra en toda la función; el Eliminador, su hijo cuchillero; y el Gran Inquisidor de chivas, demagogo del cadalso con papeles como contratos. En audio, «Monsieur D'Ablier»: normalizado por la ficha, a ratificar.
El dron de vigilancia de Oratiol sobre la plaza: parte de los poderes que pagó con veinte años de envejecimiento — el paquete incluye la puerta dimensional mensual que decidirá el rescate (043).
En la carpa de preparación, el Verdugo pasó revista y encontró la falla: el plomo no estaba puesto a fundir. Steve Reyes, que jamás había asistido una ejecución, señaló la hornalla con gesto servicial — "ahí está el plomo caliente, señor" — y cuando el gran hombre se inclinó a mirar, le agarró la cabeza y se la hundió contra la plancha.
No estaba líquido el plomo. Fue como hundirle la cara en una sartén a doscientos grados. La máscara y la piel se fundieron juntas, y el aullido paró la plaza.
Todo se desató a la vez. El Eliminador le clavó a Steve un cuchillo de carnicero entre las costillas, y luego otro. El Gran Inquisidor quiso dar la voz de alarma y descubrió que no podía hablar: Magda le había echado encima una afasia en el camino — mírenlo en la lámina, rojo de furia, con el grito dibujado y vacío; no hay venganza más exacta contra un demagogo que dejarle el gesto y quitarle el texto. Y cuando el Verdugo, medio incorporado, gritó "¡guardias!", Magda se asomó a la carpa y le dijo unas palabras muy dulces, muy de miel.
El Gran Verdugo de París se durmió sobre su propia plancha. La bruja no alza la voz jamás, ya se los dije. Duerme carceleras, duerme verdugos. Algún día, si nos portamos bien, nos va a dormir a todos.
Las cicatrices del plomo no se le irán, y cargará la vergüenza de no haber podido ejecutar: el arco de redención del Verdugo frente a Notre Dame (cap. 10) que su propia ficha ya registra empieza en esta plancha.
El globo vacío tachado: la afasia que Magda le echó al demagogo en el camino. Cuando recupere el habla la usará para encender la caza de brujas — «¡son brujos! ¡agentes del diablo!» (043).
«Palabras muy dulces, muy de miel», y el Gran Verdugo de París dormido sobre su propia plancha: el sueño encantado de Magda ya venció a Mamica (016) y volverá a decidir escenas enteras. La bruja no alza la voz jamás.
Casemiro, con una máscara de gato puesta — acuérdense de la máscara, que en unas horas va a resultar profética —, se plantó junto a la carreta y conjuró una niebla espesa de veinte pies que se tragó el punto exacto del mundo donde estaban los presos. Treinta guardias rodearon la bruma con las picas caladas. La culebrina — el cañoncito de la plaza — fue emplazada apuntando al corazón de la niebla: si algo sale vivo de ahí, fusílenlo. Los cañones hacia adentro, les dije. Siempre terminan usándose.
Dentro de la niebla gasté lo que había pagado caro: una esfera de invisibilidad sobre mí y sobre uno de los condenados, y luego el poder grande, el de una vez por luna, el que me costó los veinte años — una puerta en el aire. Desaparecí con el prisionero y aparecimos a quinientos ochenta pies, junto al muro de la ciudad, cerca de los molinos. Los grilletes, sépanlo, quedaron tirados en el empedrado, vacíos: las puertas del aire tienen sus reglas sobre qué hierro pasa y qué hierro queda, y no las discuten con nadie.
Afuera, la semilla de Magda floreció. Media docena de hombres del pueblo estalló: "¡Suéltenlo! ¡Hipócritas!" — piedras, botellas, un rumor de motín que nadie esperaba, y cuando digo nadie incluyo a los que lo habíamos sembrado. Y nuestro compañero duro — el de la copa y el duende verde, despierto ya de su colapso — se subió a la ola: incitó a la turba a los gritos y se lanzó él solo contra la línea de piqueros.
Lo recibieron tres picas caladas. Lo atravesaron. Siguió de pie. Cortó un brazo de un tajo con su espadón, así atravesado como estaba, y recién entonces cayó, cosido a hierro. Y la muchedumbre enardecida se lo llevó — se llevó pedazos de él, envueltos en pañuelos, como reliquias de un mártir de la revolución.
Ustedes querrán saber cómo se cuenta la muerte de un compañero. No se cuenta: se esquiva, y yo la esquivé años. Pero esta crónica tiene una deuda con ustedes y la pago: lo vimos morir esa tarde. Y lo volvimos a ver después, vivo, con sus cicatrices repartidas y una historia que nunca cerró del todo. ¿Cómo? La suerte le debía una, es la única respuesta que tengo. En esta compañía la suerte lleva libros de contabilidad, y a los tipos duros les abre crédito.
El resto fue dispersión: el capitán de la guardia — un profesional que no se comía los mocos — sacó de la plaza a los dos condenados que aún tenía y los devolvió a la Bastilla entre columnas de a seis en fondo. Krisina, impasible en su palco, activó dos veces una gemita verde, y el artillero de la culebrina, confundido, terminó disparando el cañón a cualquier parte en medio del tumulto; la gente, entre el terror y la fiesta, llegó a aplaudir creyendo que el show seguía. El Inquisidor, con el habla recuperada y unos lentes de cristales rojos que veían a través de mi niebla, predicaba fuego: "¡Son brujos! ¡Agentes del diablo!" Técnicamente correcto, gritado por la persona equivocada. Magda escapó convertida en un cuervo de sombras sobre los tejados. Casemiro se fue por las paredes, invisible, a lo suyo. Y Steve Reyes, detenido como sospechoso, sostuvo su fachada ante un detective — sabiendo que su contratante era precisamente el hombre cuyo esqueleto pulcro viajaba en su valijita. No le creyeron del todo. Se lo llevaron.
A él lo veremos entrar a la Bastilla en un rato, y juro que entra mejor de lo que salió de la plaza.
El compañero atravesado por tres picas que sigue de pie, y la multitud que se lleva pedazos como reliquias: el sparagmos — el despedazamiento ritual de la víctima sagrada — y, a la vez, el culto de reliquias revolucionarias que Francia conocerá con Marat.
El poder que le costó a Oratiol veinte años de vida, utilizable una vez por luna: desaparecer con el condenado y reaparecer a 580 pies, junto al muro. Los grilletes quedaron en el empedrado — la mesa discutió largamente si los hierros viajaban; el Narrador falló que quedaban, «sin sentar jurisprudencia».
Las semillas de la 041 florecen: «un rumor de motín que ni el propio Narrador esperaba». Primer punto contra el sistema — y primer quiebre público de París, que la ficha del grupo registra como el comienzo de su leyenda.
Magda escapa «convertida en un cuervo negro fantasmagórico, plumas de sombra volando sobre los tejados»: la forma que anticipa a Edgar, el cuervo que un día heredará su lugar entre los vivos.
Junto al muro, lavé al rescatado con agua conjurada, le saqué las esposas y le pedí perdón: "Lamento no haber podido llegar a tus hermanos. Pero todavía tienen tiempo para la revolución. Necesitamos usar tu red." El hombre — al que iban a descuartizar, reventar y quemar en mil pedazos por hablar de un tercer estado — nos guió a los barrios bajos, y de los barrios bajos, abajo.
Y así llegamos, señores, a esta noche. A estos arcos, a esta agua, a estas antorchas. A los hombres con máscaras de gato — les dije que la máscara de Casemiro era profética — y a los hombres rata de las sociedades secretas, y a la consigna con que nos recibieron y que cierra el día mejor que cualquier moraleja mía:
— Gatos y ratones juntos: vamos a hacer la revolución.
El saldo del amanecer que viene lo saben ustedes igual que yo: un condenado libre y dos devueltos a la fortaleza; el Gran Verdugo vivo pero marcado para siempre, con la vergüenza de no haber podido ejecutar; un compañero repartido en reliquias por París; otro en manos de la justicia; y la ciudad entera murmurando que algo se quebró hoy en la Plaza Real. Nadie sabe todavía quiénes somos. Pero le hicimos un punto al sistema.
Eso conté. Y acá el vaso de la historia debería quedar vacío — si esta noche no siguiera pasando mientras la cuento.
El inframundo parisino bajo los arcos de las cloacas: hombres con máscaras de gato y hombres rata de las sociedades secretas. «Gatos y ratones juntos: vamos a hacer la revolución.» La Chapelle presidirá su consejo en la 054.
La cofradía subterránea es la Cour des Miracles de Notre-Dame de Paris, bajada un piso: el hampa como contra-sociedad con su propia corte, sus máscaras y su consigna de clase.
Un rescatado, dos devueltos a la Bastilla: el saldo incompleto. El encargo de liberar al jugador célebre — Lejeune Auret (047) — volverá a meter al grupo en la fortaleza por la puerta del póker.
Del relato: VIII. Los tres hilos de esa noche
Lo que sigue no lo conté yo en las alcantarillas, porque no lo sabía. Lo escribo ahora, años después, con lo que el Archivo juntó de cada boca. Mientras nosotros contábamos bajo tierra, la misma noche corría arriba por tres hilos. Ténganlos juntos, como los tuvo la noche.
El primer hilo entra a la Bastilla. En la plaza ya no había ejecución sino represión, y al costado del camino militarizado habían dejado a uno de los revoltosos empalado en alto, como un pelele de palo de mayo — el escarmiento también tiene su cartelería. A Steve Reyes lo llevaban veinte guardias; el Verdugo iba con media cara abrasada y el látigo en la mano; el Inquisidor, mudo otra vez de pura furia, señalaba. El anatomista invocó una presunción de inocencia que en este mundo no existía, y eligió no resistirse: "Señálenme el camino, yo iré de buena voluntad."
Y en la comitiva conoció a un hombre singular. Un etíope enteramente occidentalizado, vestido de noble, la mano en el corazón: "Su fama le precede: Ganibal." Ahijado de Pedro el Grande, educado entre los espíritus luminosos de París, acompañaba a los rusos que querían ver cómo se interrogaba aquí. Se ofreció, suave, como dador de informaciones. Y deslizó, como quien comenta el clima, que tenía acceso a un mundo de fantasmas, con una conexión más cerca de lo que nadie creería. Steve fingió no haber oído hablar de ningún mundo de fantasmas. Los dos supieron que los dos mentían. Así se saludan los profesionales.
El moro de Pedro el Grande: etíope enteramente occidentalizado, ahijado del zar, educado «entre los espíritus luminosos» de París; espía y «dador de informaciones» que insinúa acceso a un mundo de fantasmas, el Ghost World.
Abram Petróvich Gannibal, el africano de Pedro el Grande y bisabuelo de Pushkin: el referente histórico es directo, hasta en el ingeniero cortesano. En Antiterra, Pedro vive exiliado en Siberia y el Gran Khan domina Eurasia: la divergencia es deliberada y se conserva tal cual.
El revoltoso exhibido en alto «como un pelele de palo de mayo» sobre la Rue Saint-Antoine: el escarmiento tras la ejecución fallida. El guion lo pide en silueta, no en detalle.
«Es un poco más que un perfume»: el pañuelo ofrecido entre dedos enguantados queda en la mano de Steve al salir de los calabozos (046). Regalo o correa: la ambigüedad de Ganibal cabe entera en ese objeto.
Los calabozos olían a sangre baldeada. Damas de hierro contra los muros, antorchas rusas bajando la escalera, y el Verdugo — cara de pesadilla, mitad cuero quemado — haciendo él mismo la primera pregunta, cara a cara: "¿Quién fue el único que lo ayudó a usted cuando le quemaron la cara? Diga la verdad."
"Traté de apagar el hierro en el que le metieron la cara."
Era cierto. Y sonó cierto. Ya conocen el arte marcial del hombre. No alcanzó: lo colgaron de la cuerda — la estrapada, la vieja tortura del reino, con un conjuro susurrado al oído que amenazaba quebrarle la columna según lo que respondiera —, tiraron, y el dolor lo atravesó entero. Le abrieron la camisa. Lo dieron vuelta como una media.
Y en la espalda, desplegado de hombro a cintura, apareció el escorpión.
El mismo signo del blasón de Praga, el de los jinetes de la primera noche — tatuado en la piel del hombre que acabábamos de sumar a la compañía. ¿Qué significaba? Esa noche, ni Steve lo hubiera contado entero. Digamos por ahora que hay órdenes en este mundo que marcan a sus hombres donde solo la tortura los lee, y que nuestra historia acababa de cruzarse con una de ellas por segunda vez sin saberlo.
Entonces el hombre bien vestido levantó una mano.
"Disculpen: me dieron aquí el poder de veto real, y en este momento considero que no hay que hacerle más preguntas al señor." Nadie discutió. Una mano alzada, en el sótano más temido de Francia, y las cuerdas aflojaron. Ganibal argumentó que aquel herido merecía la hospitalidad del rey, qué mejor para los libros de historia que llevarlo a beber entre los inválidos y los condenados; y lo sacaron de allí, vejado y fresco, apretando los dientes, con un regalo en la mano. Un pañuelo perfumado. "Es un poco más que un perfume. No se puede entrar a un lugar así sin perfume."
Un poco más que un perfume. Cuando sepan quién era de verdad ese hombre cortés — y esta crónica lo sabrá, láminas adelante —, vuelvan a esta escena y decidan ustedes si aquello fue un regalo o una correa.
Desplegado de hombro a cintura: la primera revelación pública de la marca de Scorpio de Steve Reyes. La Orden del Músculo Dorado (051–052) explicará el signo — el mismo del blasón de Praga (004).
La corda o estrapada: tortura judicial real del Antiguo Régimen — colgar del preso por las muñecas atadas a la espalda. Acá potenciada por un conjuro susurrado al oído «que amenazaba quebrarle la columna según lo que respondiera».
«—Traté de apagar el hierro en el que le metieron la cara.» Era cierto, y sonó cierto: la misma flema del «médico de las pericias» (040). Steve no miente nunca; solo elige qué verdad decir.
Una mano alzada basta para detener un interrogatorio de la Bastilla: la potestad concedida a Ganibal en la corte francesa. Nadie discute el veto — y el prisionero sale, vejado y fresco, hacia el brindis de los Inválidos.
El segundo hilo lleva sedas. Krisina no supo nada del rescate: mientras ardía la plaza, ella salía del brazo de un banquero — Sir John Law, el que trajo a Francia la idea de que el papel vale oro; denle tiempo a esa idea, que también explota — y a la retirada pescó a un marqués venido a menos que se alojaba en su mismo palacio del Marais. Se presentó como la marquesa de Ebenor. Ebenor, capital de la Atlantia, hundida hace mil años. El marqués, deslumbrado, no verificó. Ríanse con cuidado: la mejor mentira de Krisina era, como todas las suyas, una verdad con el vestido cambiado — pero eso no me toca contarlo a mí esta noche.
Más tarde, sola frente al espejo del tocador, empolvándose, Krisina no estaba sola. En el espejo había dos pelirrojas. Detrás de su reflejo, burlona, había aparecido la súcubo — la de la cama de agua, la que se llevó la hostia adentro del cuerpo. Su patrona, sépanlo de una vez: nuestra compañera tenía patrona, y la patrona tenía alas.
Le traía advertencias, y le traía un plan, y el plan era París entero: esta ciudad, dijo, sería otro campo de la guerra que venía. Ellas no jugaban a la estrella de cinco puntas: la suya tendría siete. Siete sellos en siete barrios, y cuando se unieran, llamarían a la revolución. La hostia era una de las puntas. "Pero hay otras." Y había un encargo: en los sótanos de París se jugaba, los domingos — el Día del Señor, porque a esos jugadores les gustaba ser iconoclastas —, un póker muy especial. Un póker de hostias. Uno de sus grandes jugadores, un literato joven y célebre llamado Auret, estaba preso en la Bastilla — demasiado famoso para ejecutarlo sin fabricar un mártir. Que Krisina convenciera a sus compañeros de liberarlo: razones no nos iban a faltar. El póker no sería este domingo sino el siguiente.
Y jugaría la Estrella Oscura de la Ilustración.
"Que descansen", se despidió la súcubo, y las dos pelirrojas volvieron a ser una. Así se cerró el segundo hilo: con nuestra compañera sabiendo ya el camino que nosotros, abajo, todavía brindábamos por descubrir. Krisina siempre supo antes. Cóbrenselo a ella, no a mí.
La cuna fingida de Krisina: Ebenor, capital de la Atlantia, hundida hace mil años. La mentira dice la verdad — Krisina FUE reina de la Atlántida (interludio del cap. 01), y Rojasal la ve como «la viva efigie de Ana de Rohan».
El banquero del brazo: John Law, histórico introductor del papel moneda en Francia con el favor del regente (el Sistema de Law, 1716–1720). El año diegético coincide con el histórico casi al día.
Siete balizas-sello en siete barrios de París; cuando se unan, «llamarán a la revolución». La hostia es una de las puntas — «pero hay otras». La Sucubina sigue tejiéndola en el arco que empieza (049+).
Joven literato y dramaturgo preso en la Bastilla, gran jugador del póker de hostias, «demasiado célebre para ser ejecutado sin fabricar un mártir». El encargo: que Krisina convenza a sus compañeros de liberarlo. Razones no les faltarán.
Y el tercer hilo es el que esperaba sentado enfrente nuestro, con la brizna de paja y el diario doblado.
Cuando terminé de contar, la ley del vaso hizo su trabajo: el que escucha, paga con la suya. Y el petiso pagó. Venía de las planicies de la frontera entre Rusia y Polonia, dijo. Había vivido de cazar búfalos hasta que uno — el líder de la manada, de pelaje claro y ojos de fuego — se le paró enfrente un amanecer y le transmitió, sin palabras, que dejara de matar a su familia. Desde entonces no cazaba búfalos: cabalgaba aquél. Se llamaba Sarpaoli, y había venido a París persiguiendo a un carnicero — un matador de bisontes que los mataba a roletes sin aprovechar la carne, con ritos macabros, pieles arrancadas, huesos humanos entreverados. Pero el Carnicero ya no estaba en París: se había ido a Londres, y los diarios traían sus crímenes al lado de la noticia de nuestro rescate. Nos mostró la página: su monstruo y nuestro motín, columna contra columna, como si el diario supiera algo que nosotros no.
"Algo se había despertado", dijo, mirando el papel. "Algo grande y mal."
Nadie brindó por esa frase. Arriba, su bisonte pasaba la noche estabulado entre las caravanas de los gitanos, frente a la Bastilla, comiendo tranquilo — la imagen más pacífica de toda esta crónica, y la más falsa: no hay paz en un animal sagrado esperando frente a una prisión. Abajo, su jinete se quedó con nosotros, con el diario en la mano, esperando a que la ciudad lo llamara a jugar.
Nos iba a llamar a todos. El domingo que viene se jugaba un póker de hostias, y en esta compañía nadie, jamás, se perdió una mesa.
Bárbaro de las planicies ruso-polacas: vivía de cazar búfalos hasta que el líder de la manada se lo prohibió sin palabras. Corren por su sangre ecos viejos — Ringol el del tronco, el Oso Ruso que decía que todos nacemos iguales y sin embargo estamos encadenados.
El bisonte de pelaje claro y ojos de fuego que impone el tabú de caza: el búfalo blanco sagrado de las praderas — el animal-jefe que habla al cazador arrodillado, motivo clásico del folclore de cazadores.
El Carnicero ya no está en París: se fue a Londres, y sus crímenes salen junto a la noticia del rescate — es el «carnicero de la calle Morgan» del diario de la 033. El gancho apunta al Inferno de Londres. «Algo se había despertado; algo grande y mal.»
La líder bajita de la cofradía, el rostro casi nunca visible, joyas — algunas falsas; con ella, Druxa la ballestera, el enano revienta-portones, el químico, el jugador. El bisonte, que no soporta encierros, queda estabulado entre las caravanas gitanas frente a la Bastilla.
Aquella noche de las alcantarillas — la noche en que empecé a contarles todo esto, con el agua a la cintura y Sarpaoli todavía vivo pidiendo que no me saltara nada — alguien me preguntó por qué contaba, si total nadie iba a acordarse. Le contesté con la ley que gobierna este libro y que ahora, cerrándolo, les entrego en limpio: mientras uno cuente, se queda. Los mundos se cierran, los contratos se rompen, las plataformas se apagan, los nombres se vuelven anagramas — pero lo contado se queda, y se queda hasta lo que se contó mal, que es la parte que más se defiende.
Hago el inventario final, porque un cronista que no rinde cuentas es solo un mentiroso con buena letra.
Debo, todavía, el final del consejo de guerra, el cierre de Aries visto con los ojos, la mitad de unas alas, mi propio contrato rompiéndose, y todos los años en gris. No los voy a pagar. A esta altura ustedes ya saben que los agujeros de esta historia no son descuido: son su manera de respirar. Una crónica sin agujeros sería una jaula sin barrotes porosos — y ya vimos lo que se hace con las jaulas perfectas: hay que meterle una mariposa adentro para que valgan algo.
Debo también los nombres completos de los que pagaron. Sarpaoli, que escuchó el principio de este relato y no llegó al final. Casemiro, que llegó más lejos que el final: hasta un jardín donde las cosas no tienen nombre, él, que confesó su crimen ante un tribunal de doncellas y no pidió clemencia. Juanje. Stormy, dos líneas y un callejón. Y Magda — Magda, que va a leer esto, porque la muerte, en su caso, fue un trámite, y ahora reina sobre criaturas que atesoran historias como oro: señora, si encuentra erratas, recuerde que su cronista escribió la mitad de esto sin poder soñar, y la otra mitad sin poder olvidar.
Y me debo una respuesta a mí. En 1891, en el barrio Delta, sobre un boliche ruidoso, vive un dios-que-no-es-dios que alguna vez, cuando alcance la comunión, va a poder hacerle la única pregunta que importa a la única entidad con la que se comunica: él mismo, el que ya pasó a otro plano y sin embargo está. ¿Es la misma persona el que empezó a contar en las alcantarillas y el que firma esta página? Es una buena pregunta. La dejo abierta como se deja una puerta en verano: por si vuelve alguien querido.
El vaso del que esta crónica toma su nombre me lo enseñó una mesa de taberna, hace mucho: el vaso que se comparte no se vacía nunca, porque cada uno que bebe deja adentro más de lo que saca. Este libro es ese vaso. Bebieron de él ocho puertas y cinco cronistas, una compañía entera de vivos y de muertos, y ahora ustedes. Está más lleno que cuando empecé.
Afuera cae el sol sobre Alejandría. Adentro, alguien pide la primera ronda con una moneda de un imperio que ya no existe, y otro — siempre hay otro — pregunta si es verdad eso que se cuenta de una partida de póker en París, hace un siglo, donde se apostaron almas.
Sírvanse. Es una historia larga. Justamente por eso.
O.