Edición anotada · láminas 001–093 (caps. 01–16) · obra en curso
Marcos Cabobianco · Aparato: ATEM · 2026
Edición anotada EN CURSO del segundo cómic del Archivo: 93 de 159 láminas. Los másters no llevan globos: los rótulos y diálogos previstos van como epígrafe bajo cada lámina, separados por «·». Las notas se anclan a la viñeta (v1, v2…) en orden de lectura; la marca «·» señala nota general de la lámina. El relato del cronista — «El vaso siempre lleno» — acompaña cada lámina desde arriba; las notas del costado son la capa diegética del aparato (Glosario, ecos e intertextos); la capa de taller queda en la edición del anotador.
La noche en que se contó por primera vez
Escribo esto muchos años después de la noche en que lo contamos por primera vez. Entonces yo tenía la mitad de los años que aparento y el doble de los que había vivido, y si esa cuenta no les cierra, paciencia: es la historia de cómo dejó de cerrarnos a nosotros.
La noche era la del rescate. París entera hervía arriba, con sus patrullas y sus campanas y su miedo, y nosotros estábamos abajo, en las alcantarillas, donde los arcos de piedra corren sobre el agua y el agua corre sobre secretos más viejos que los arcos. Nos había recibido una cofradía de ladrones: hombres con máscaras de gato, hombres con caras de rata que quizá no eran máscaras, una señora pequeñita cargada de collares —algunos falsos, me consta, porque los pesé— que casi nunca mostraba el rostro. Gente seria. Gente que esa noche nos había salvado, y que quería saber a quién.
En la taberna donde empezó todo regía una ley: mientras uno bebiera, se quedaba. Esa noche, bajo París, regía la misma ley dada vuelta: mientras uno contara, se quedaba. Así que contamos.
Éramos tres para contar. Magda, con su cuervo dormido en el peinado, que corrige como quien borda: sin apuro y sin perdón. Casemiro, que no cuenta: confirma — y a veces ni eso. Y yo, que cuento de más, según Magda, y que además cuento con un problema que conviene declarar de entrada: mi memoria tiene agujeros. No agujeros de viejo. Agujeros con forma. Ya van a ver.
Faltaba el cuarto — el mejor de nosotros con una espada y con una frase, que esa noche cenaba con un embajador y no pudo corregirme ni una estocada. Lo van a extrañar cuando lleguemos al duelo. Yo lo extrañé.
Y había un oyente nuevo. Un petiso pelado con todo el brazo tatuado y una brizna de paja en la boca, que olía a establo y esperaba no sabíamos qué, con un diario doblado en la mano. Arriba, en los corrales de los gitanos, frente a la fortaleza más temida de Francia, pastaba tranquilo un bisonte de pelaje claro. Suyo. Eso también es parte de esta historia, pero al final, porque así funciona la ley del vaso: el que escucha, después paga con la suya.
Empecé como se debe empezar. Por la lluvia.
Del relato: I. Praga, o la liebre y los galgos
Llovía sobre Praga la noche en que empezó todo. Octubre de 1715 — o 1710, o 1730: depende de a cuál de nosotros le pregunten y de cuánto duende verde haya tomado el que responde; yo digo 1715 y sostengo. Las calles empedradas devolvían, brillando, las luces del castillo allá arriba, sede del poder, y el agua bajaba a borbotones por las canaletas de los techos a dos aguas. Dijeron que era la tercera noche de Walpurgis. Walpurgis cae en primavera, señores; pero así se dijo, y un cronista honesto anota también los disparates, sobre todo los propios.
A las siete de la tarde ya era noche cerrada. En una esquina del barrio viejo, una taberna de ventanas ámbar aguantaba la lluvia como una vaca aguanta el granizo: la Tiger.
La ciudad de entrada de la campaña: la fusión Praga+Bratislava del Narrador, con su rey David y su reina encerrada en la torre. La ficha registra el bar Tiger, el barrio judío y la calle del Alquimista.
La última lámina del cómic (159, Alejandría 1891) es el espejo declarado de esta plancha: otra ciudad-splash, otra llegada bajo otro cielo. El cómic abre y cierra con una ciudad mirada de frente.
La Tiger era un lugar de techos bajos, vigas, humo y roble claro, con los nombres de los muertos ilustres grabados a cuchillo en las mesas y la cuenta llevada en rayitas junto al codo. La casa tenía una sola regla, que ya les dije. Los taberneros, tipos rudos, se encargaban de que ningún vaso quedara vacío.
Allí fuimos llegando, con minutos de diferencia, cuatro forasteros convocados cada uno por su cuenta y sin saber de los otros.
Uno leía con las botas cruzadas sobre la mesa y la cara medio tapada por el ala del tricornio: un espadachín francés flaco como su propia rapier, de bigote finísimo, al que llamaban La Plume — la pluma del sombrero era entonces una pluma cualquiera; tengan paciencia, que esta historia es entre otras cosas la historia de cómo esa pluma dejó de ser cualquiera.
Otro entró empapado y no pareció notarlo: un hombre del bosque, oscuro y huesudo como raíz de roble, con un escudo largo de madera y un bastón con un agujero en el medio que, cuando corría el aire, sonaba con una pequeña armonía. Casemiro. Afuera, sobre los techos, un pájaro daba vueltas que no eran de pájaro.
Después una mujer con más bolsitos que abrigo, mapas y papeles y varitas asomando por todas partes, ojos de niña en cara curtida, que entró cómoda, como quien conoce el lugar. Magda. El cuervo que la seguía se llamaba Edgar y no era un pájaro cualquiera tampoco; en esta historia casi nada es un lo-que-sea cualquiera.
Y último llegué yo: no muy alto, rulos cortos con un mechón rojo, cara bonita —dejen, es mi crónica—, una guitarrita barroca a la espalda, un martillo de guerra al cinto y ninguna memoria. Me habían sacado del mar Báltico flotando, respirando agua, sin nombre. Me puse Oratiol porque me sonaba de algo. Tardé años en averiguar de qué, y esa también es otra historia, y también cae al final.
«El espadachín del siglo»: marinero-poeta francés, rapier finísima, látigo de cinco metros y la pluma blanca que todavía no tiene. Botas sobre la mesa y cara medio tapada por el tricornio: entra leyendo.
Hombre del bosque, escudo largo de madera y bastón horadado que suena con el viento. Druida — y tiefling, aunque eso no lo confesará hasta el cap. 05. El Glosario lo empareja con la profecía del hierofante del mundo nuevo.
Bruja polaca de los bolsitos y el cuervo Edgar; hexes silenciosos (sueño, desgracia, fortuna). Entra cómoda, como quien conoce el lugar.
El hombre del norte: aparecido flotando en el Báltico frente a Gotland, respirando agua, sin memoria. Martillo, guitarrita barroca y un mechón rojo. Horatio, al fin y al cabo, es un anagrama de Lotario.
El que nos había convocado entró empolvado, con peluca, rapier de adorno y modales de corte: "No es necesario revelar nombres, más allá del mío, que tal vez conocen: Monsieur Marot." Hizo cerrar el reservado, convidó un chocolate caliente traído del otro lado del océano —con especias, con licor: sé de precios, y ese chocolate valía más que mi caballo— y puso sobre la mesa el encargo más simple del mundo, que es como empiezan todos los desastres.
Una caja, en la calle del Alquimista, en el barrio judío. Un lacre rojo con una firma que no podía romperse. Llevarla a un castillo río arriba, sin llamar la atención. Trescientas monedas de oro por cabeza — doscientas cincuenta, dijo él primero; trescientas, dijo La Plume después, con esa lengua plateada que hacía que regatear con él fuera un espectáculo con entrada; y cien de adelanto, y una cláusula del diez por ciento sobre cualquier arreglo futuro, porque también hay formas en esto que ustedes llaman el bajo mundo, y son tan honorables como el chocolate.
A La Plume le entregaron además una pluma blanca, metálica, casi caligráfica, para pasar sobre el sello y verificarlo. Después podía quedársela. Guarden ese detalle: es el detalle de toda la primera parte.
Yo quise apurar una pregunta de más y Marot murmuró un conjurito en francés atravesado — tú estás borracho — y se me trabó la lengua como a un niño. Se retiró sonriendo, con la cuenta pagada. Primera lección de esta crónica: en Praga, hasta la cortesía hace magia.
Semielfo cortesano del príncipe filo-élfico, de la corte que quedó en el exilio: el contratante del encargo fundacional. Su facción «conservará el templo de Vladi para que vuelvan los verdaderos soberanos».
Pluma blanca metálica, prenda de verificación del lacre — y origen del emblema de La Plume. «Las plumas escriben con sangre», se dirá tres láminas después.
La pluma blanca encontrará su contraria en la pluma NEGRA del Capitán Alatino (lámina 016) y en la pluma larguísima del mago moro (028). El primer tercio del cómic es un duelo de plumas.
Salimos encapuchados y a caballo, ensayando el aire de una pandilla de borrachos que vuelve a casa. El puente de Carlos, con sus santos de piedra a los costados, sus faroles velados y su crucifijo al medio, tenía seis guardias y una garita; nos dejaron pasar sin mirarnos. La noche no.
Antes de cruzar, el cuervo nos había contado lo que se veía desde el aire: por la ribera opuesta avanzaban cinco jinetes con pendones, sombras en la noche. Uno llevaba un escudo con un escorpión. Magda, que sabía leer heráldica y ciudades, se inquietó: eran un cuerpo de la guardia real, de los que la gente llamaba los verdugos del Rey. Venían del barrio judío — de donde íbamos. Se alejaban hacia el sur — hacia donde teníamos que ir. En el barro quedaban huellas del doble de profundidad de lo normal, caballos pesados, con barda; y unas deyecciones amarillentas, humeando, con olor a huevo podrido. Anoten eso también. El mal, antes de mostrarse, deja el rastro por donde pasó su caballo.
Acá tengo el primer agujero. Sé que cruzamos; sé qué hablamos después; el medio no está. Es un agujero chico, de unos minutos, como si a la memoria le hubieran repetido una misma palabra encima hasta gastarla. Sigo.
Cuerpo de la guardia real — «los verdugos del Rey» — y primer avistamiento del símbolo de la futura Arkane Society, la sociedad arcana del escorpión que se retrotrae al rey Escorpión y a Selket.
El signo reaparecerá tatuado de hombro a cintura en la espalda de Steve Reyes (lámina 046) y como constelación de la Orden del Músculo Dorado (051–052). El blasón de esta viñeta es la primera pieza de esa cadena.
La calle del Alquimista era un laberinto de callejones de tres metros los anchos, angostos como Venecia los otros. La casa grande tenía ventanas acanaladas rematadas en punta, todas selladas por dentro, una campanita con escalerita para llamar, y una puerta roja. Junto a la puerta, un detalle que ninguno de nosotros pasó por alto y que ninguno de nosotros entendió: un montoncito de piedras rotas, y detrás una grieta mínima, a ras del suelo, por donde apenas pasaría un ratón. Los escombros habían caído hacia afuera. Lo que fuera que abrió ese agujero, lo abrió desde adentro. Y estaba recién hecho.
Nos abrió el propio comerciante, Jacob, túnica y birrete rojo, y adentro estaba su vida entera en un solo gran ambiente: cofres, sedas, racks con varas extrañas, una biblioteca de rollos, y su familia — Rebeca, que miraba de costado; Sara, once años y una caña de pescar; el pequeño José. En el cuarto interior, sobre un mostrador, la caja: negra, sin adorno alguno, lacrada en rojo con una firma que empezaba con S. En la pared, dos escudos tapados con telas. Y un horno de alquimista con un trípode encima, porque en esa calle hasta los comerciantes honrados tienen un horno que no explican.
La charla se volvió interrogatorio y el interrogatorio se volvió lástima. Jacob juraba que era sólo un intermediario, y era cierto; juraba que no nos había traicionado, y también era cierto; no decía todo, y eso era lo más cierto de los tres. "Si alguien se entera de esto, a mí y a mi familia nos queman." En esa ciudad circulaban acusaciones de pozos envenenados; algo crecía alrededor del cementerio viejo. Ustedes saben cómo son esas cosas. Tristemente, todos sabemos cómo son esas cosas.
Cuando preguntó demasiado nervioso, Magda le sonrió: "Te estás poniendo nervioso, hombre. Te empezás a cansar…" — y Jacob se durmió de pie, dulcemente, sostenido por los brazos de todos, soñando con el amor suyo. Al caer se le corrió el birrete y le vimos las orejas: puntiagudas. No me pregunten. Yo cuento lo que vi.
Comerciante próspero de la calle del Alquimista, intermediario que jura no haber traicionado — y es verdad, aunque no diga todo. «La escalera de Jacob» funciona como código de su tienda de una sola planta.
La familia de Jacob: Rebeca que mira de costado, Sara de once años con su caña de pescar, el pequeño José. Los nombres son los del Génesis, en orden doméstico.
Pozos envenenados, el cementerio viejo, «a mí y a mi familia nos queman»: el clima de libelo antijudío del Antiguo Régimen, que la campaña voltea — en el tríptico de Buccella los malditos eran los que colgaban, y los ángeles bajaban a salvar a las brujas.
Con el dueño dormido actuamos rápido, que es la manera elegante de decir que metimos la pata rápido. Casemiro tomó la caja del mostrador y fue como si algo vivo se sacudiera adentro: golpeó contra el horno, partió el trípode, y una cosa pequeña y blanquecina quedó clavada sobre la parrilla mientras las maderas de abajo prendían en un fuego verdoso.
Era una hostia. Una oblea de misa, de las que caben mil en un cajón y no valen nada.
Y entonces la hostia empezó a sangrar.
No se consumía en el fuego. Manaba un hilo rojo, espeso, que bajaba, cruzaba el piso como una serpiente y buscaba —esto es lo que heló la sangre de todos— la grieta de la pared. Casemiro la levantó de las llamas con la mano desnuda; no se quemó; nunca supimos si fue la fe o la piel dura del bosque, y él no aclara, porque confirmar es lo máximo que hace y esa vez no confirmó.
La Plume hizo entonces algo que ninguno esperaba. "Me han dicho hoy que las plumas escriben con sangre", dijo, y mojó la pluma blanca de Marot en el hilo rojo y garabateó en su cuaderno. Los garabatos se ordenaron solos en runas. Había dos conjuros encadenados sobre esa oblea: uno marcaba con un fulgor de culpa a quien la moviera — un brillo que yo, sin saberlo, ya llevaba encima como un fuego de hadas —; el otro era una alarma, que avisaba a alguien, en alguna parte, que el objeto se movía. Y la sangre era el hilo de Ariadna que les marcaba a nuestros perseguidores el camino.
Esto no era una entrega, entendimos. Era una liebre soltada delante de los galgos. Y los galgos éramos… no: la liebre éramos nosotros. Los galgos ya venían.
Afuera graznó el cuervo.
El artefacto-pharmakon de la campaña: sangre de Dios solidificada (se sabrá en el cap. 04), cargada con dos conjuros encadenados — Beacon of Guilt, que marca al portador, y Escape Alarm, que delata la fuga. La sangre es el hilo rastreador.
La hostia que sangra invierte los exempla medievales de la hostia profanada (París 1290, Bruselas 1370): allí el prodigio acusaba al judío; acá el milagro es una trampa de los perseguidores y la víctima es la casa de Jacob.
Este hilo carmesí es el mismo color que volverá ennegrecido y sucio en la boca del dominado (lámina 029): la hostia se degrada a lo largo del arco, y su rojo con ella.
Jacob despertó de golpe — o dejó de fingir, todavía lo discutimos — y cruzó la casa a una velocidad impensada: "¡Hay que cerrar! ¡Se nos vienen encima!" Por el callejón venía media docena de hombres con lanzas y antorchas, y un jefe con una maza tremenda.
Lo que siguió fue una de las mejores cosas que vi en mi vida, y he visto dragones. Jacob sacó un pergamino, dijo la llave, y una escalera de cuerda se desplegó hacia arriba, hacia un refugio invisible en el aire — el viejo truco de la cuerda, que yo creía cuento de faquires. "¡Primero los niños!" Subió José, subió Sara, subió Rebeca. Jacob repartió pociones en los bolsillos de todos como una abuela reparte pan, dejó dos fuegos de alquimista en el suelo — "si llegan a entrar, prendan fuego al lugar; que no encuentren nada" — y subió último, con una frase que me acompaña desde entonces: "Cuídense de mi familia y no me delaten."
La Plume tiró por la grieta un papelito plegado, herencia de familia, de un solo uso. Del otro lado se desplegó en un enjambre: tres metros por tres de papeles cortantes girando en la noche, metiéndose por dentro de las armaduras. La puerta cedió al fin bajo la maza del capitán, pero el umbral era un matadero: el golpe de agua a presión de Casemiro, el látigo de cinco metros de La Plume arrancando botas con pie y todo, el lobo — porque el compañero de Casemiro ya había aparecido, y era un lobo — cazando piernas, y un golpe de cadena que voló un casco y se llevó parte de una oreja, como el apóstol en el huerto. "Es el honor judío lo que estamos defendiendo", gritó alguien entre el humo verde. No sé quién. Me gusta pensar que fuimos todos.
Y acá, señores, está el agujero grande. El primero de los importantes. La pelea contra el capitán de la maza, el final de la redada, la huida del barrio judío: no están. En mi memoria el capitán sigue eternamente de pie en esa puerta rota, a contraluz, y después hay ruido, y después estamos en otra parte. Magda dice que ganamos, porque estamos vivos. Casemiro confirma. Con eso alcanza para la contabilidad, no para la crónica. El que cuenta con agujeros, que al menos los declare: éste es mío, y no fue el último.
El golpe de cadena que arranca parte de una oreja: «como el apóstol que defendió a su maestro en el huerto» — Malco y la espada de Pedro (Juan 18:10), citado así por el propio Narrador.
La escalera que se despliega hacia un refugio invisible es el Indian rope trick de los faquires — y en la casa de Jacob, además, la escalera de Jacob (Génesis 28): el código de la tienda cumplido a la letra.
Herencia familiar de La Plume, de un solo uso: tres metros por tres de papeles cortantes. Lo gastó defendiendo la casa de otra familia.
Del relato: II. El camino del Este, o la piedra dentro de la piedra
Tres días después la huida hacia el este terminó en sangre, sobre una colina pelada junto a un vado. Íbamos en una caleza alquilada rumbo a las estepas, donde un duque ruso — Golitsyn; recuerden el nombre, que vuelve al final de esta misma noche — nos ofrecía asilo por carta. No llegamos al vado. Un caballero de armadura erizada de púas nos cayó encima con arqueros, en plena tormenta.
De la pelea no les cuento nada porque no hay nada que contar: cuando amainó la lluvia ya había terminado. Quedaban las flechas clavadas en el pasto ensangrentado, la caleza desbocada camino abajo con la mitad de nuestras armas, y Blunderbuss — un escopetero que habíamos contratado, que apenas tuvo su momento de gloria — muerto de un mazazo. Lo enterramos ahí, con las manos cruzadas sobre su escopeta. Murió luchando. Murió con honor. Todavía, cuando paso cerca de una tumba sin nombre, le dejo una rayita en la cuenta.
Al caballero vencido lo desvalijamos, y entre el botín había algo peor que un arma: una brújula que no señalaba el norte. Nos señalaba a nosotros. Krisina — no, esperen, Krisina todavía no está en esta historia; ya llega; el orden de esta parte es confuso porque el orden MISMO fue confuso — alguien, digo, examinó el fulgor rojo que la hostia me había dejado encima y le puso nombre: una marca de culpa, rastreable, casi imposible de limpiar. Quien quisiera encontrarnos, nos encontraría.
El escopetero contratado que apenas tuvo su momento de gloria: muerto de un mazazo, enterrado con las manos cruzadas sobre su propia escopeta. Las sesiones posteriores lo recuerdan con tumba de honor.
No señala el norte: señala a los portadores de la marca. The Call of Guilt — duradera, rastreable, casi imposible de disipar. Krisina la reconoce sobre el resplandor rojo de Oratiol.
El fulgor rojo sobre Oratiol abre el ciclo de persecución del arco entero; el mismo brillo de culpa reaparecerá sobre el condenado rescatado en Place Royale (lámina 043).
No hizo falta esperar la prueba. Bajo los últimos rayos, cuatro figuras encapuchadas de andar desgarbado treparon la colina, rodeándola con jabalinas y arcos, sin atacar. Piel verdosa bajo túnicas vastas de gente de estepa; ojos de borde amarillento. Horcos, señores: torcos. Turco y orco en la misma palabra y en el mismo cuerpo, tribu nómade de los territorios del Gran Can, que llega saqueando hasta las puertas de Viena, y de la que en las ciudades se cuentan cosas que no voy a repetir porque algunas son ciertas.
No nos masacraron: nos escoltaron. En su campamento — carpas, cofres adornados con cabezas reducidas, gorros de cosaco, un arcabuz viejo con mecha — nos recibió junto al fuego un semiorco de gala tribal con una bola de cristal pesada y densa como una piedra de otro mundo: Juan Sears, chamán y vidente. El vidente conocía a Salomon de Praga. Y sabía de la hostia. En esta historia, háganse a la idea: todo el mundo sabía de la hostia menos nosotros, que la teníamos.
Turco+orco: tribu nómade caníbal de los territorios del Gran Can, que llega hasta las puertas de Viena. La ficha los registra un siglo después al servicio del Gigante del Oasis (París Ucrónica): esta es su fase temprana.
Semiorco chamán y vidente de los torcos, el «orco de campo»: conoce a Salomon de Praga y sabe de la hostia. Medio hermano — y enemigo — del Escriba Corrupto. Ficha pendiente (candidata prioritaria).
La bola de cristal «densa como un palantír» (la imagen es de la fuente) volverá en la reunión de familia (024) y en la visión de Krisina (025): Medea te llama.
Lo que sigue va en gris, y les explico por qué va en gris. De aquellas noches no me quedó registro directo: ni a mí ni a nadie. Lo que sé, lo sé porque nos lo contamos después, muchas veces, hasta que las versiones se pusieron de acuerdo — y una memoria hecha de versiones puestas de acuerdo es una acuarela lavada, no un cuadro. El cronista honrado la pinta como es: en sepia.
Sé que el vidente nos reveló quién nos cazaba con la brújula: su propio medio hermano. Un semiorco "de ciudad" — pelado, con lentes, encorvado, envejecido antes de tiempo, porque los de esa sangre envejecen rápido; ya van a ver que en esta historia envejecer rápido es casi un tema —, agente de la sociedad que codiciaba la hostia, apostado en una atalaya junto al vado. El Escriba, le decíamos. Sé que el asalto a la atalaya fue un golpe comando antes del alba: susurros, escaleras, gases por debajo de las puertas. Sé que acorralamos al Escriba y que ofreció sacarnos de allí "a un lugar seguro", con una magia de tomarse de las manos en círculo, como los apóstoles del teletransporte. Y sé la aritmética maldita de ese círculo: el conjuro llevaba a tres, más el mago.
Éramos cuatro.
Casemiro quedó afuera, atrapado en una esfera azul que se cerraba, con su escudo y su bastón y su calma de árbol. Y — esto no lo supimos hasta mucho después, y cuando lo supimos nos quisimos morir — con la hostia verdadera encima. La luz brilló, el círculo se integró y se desintegró, y el mundo se volvió piedra.
Semiorco «ratón de ciudad»: pelado, con lentes, envejecido — los semiorcos de esa sangre envejecen rápido. Agente de la sociedad que codicia la hostia; teletransportador («magia como la de Felipe el apóstol»). Ficha pendiente (prioritaria del COTEJO).
El conjuro llevaba a tres más el mago: Casemiro queda fuera del círculo — y con él, sin que nadie lo sepa aún, la hostia verdadera. El dato que torcerá todo el arco se decide en esta viñeta.
Piedra dentro de piedra: así se siente aparecer en el fondo de una montaña. Un frío de sitio al que no llega nunca el sol, un olor dulzón a podredumbre estancada, y una oscuridad tan completa que mis ojos — que ven en las nieblas y en las noches, herencia de un pasado que no recuerdo — eran dos puntos rojos y nada más. El Escriba nos había traído al circuito de celdas más profundo, con toda la intención de dejarnos ahí. La Plume fue más rápido: rapier primero, cuchillo después, y el semiorco de rodillas.
Magda encendió un trozo de tela, y la luz mostró dónde estábamos. Un panóptico tallado en la roca: celdas en herradura alrededor de una roca central con grilletes, escombros de un derrumbe viejo, y voces. Lloriqueos. Golpes contra rejas. Un enano gritando una y otra vez que ya había pasado un año y un día, que él había cumplido. Una anciana de aire distinguido que llevaba veinte años presa y conocía la casa por dentro — "no por nada me llaman Lady Chastity". Una joven devota, pequeña, que sabía sonreír en la oscuridad, cosa más inquietante que cualquier grito. Un grandote de dos metros, barba de años y manos de trabajador, con marcas en el cuerpo que no eran de trabajar: Delcan. "Sáquennos. Denme un arma y les muestro la salida."
Y en la celda 7, llorando en un rincón, una muchacha pelirroja de unos dieciocho años, pálida, de ojos verdes, con un vestido blanco sucio de sangre.
— ¿Cuál es tu nombre?
— Mi nombre es Krisina.
Cómo llegó a esa celda una mujer que yo juraría haber visto en Praga, del lado libre de las rejas, es una pregunta que le hicimos muchas veces y que ella contestó siempre con otra cosa. Con los años aprendí que las respuestas de Krisina son como las joyas de la señora de los collares: algunas auténticas, y la gracia está en no saber cuáles. Ténganla presente. De todos nosotros, era la que jugaba el juego más largo.
El Escriba aprovechó el primer descuido: se tiró de espaldas contra los escombros del derrumbe y los atravesó como si no existieran — eran una ilusión, anclada con tachas de hierro, tapando un pasadizo. Desde el túnel, invisible, nos gritó su última oferta y su primera verdad: que le lleváramos el paquete. Y nosotros le devolvimos la verdad con crueldad: el paquete lo tenía justamente el que él no había podido traer. Se hizo un silencio de túnel. "Gracias por el dato", dijo la voz. "Iré a buscarlo. El limpiador se encargará de ustedes."
La celda 7: pelirroja, pálida, vestido blanco sucio de sangre. La ficha la registra como bruja del control mental; los transcripts le dan el arco entero — ex reina de la Atlántida, doble agente, marquesa de Ebenor.
Bárbaro de los Sudetes, esclavo-cobayo de la mina de Mr. Jacobeco: furia con regeneración y un tumor-familiar con ojos que nadie pudo extraer. «Sáquennos. Denme un arma y les muestro la salida.»
La anciana distinguida lleva veinte años presa y conoce la prisión porque trabajó en ella («no por nada me llaman Lady Chastity»). La joven devota nunca da su nombre: «sácame de esta celda y te ganarás mucho más que mi nombre».
Celdas en herradura vigiladas desde una roca central: Bentham no publicará el Panopticon hasta 1791. Anacronismo deliberado del Narrador, como el reflector «estilo Alcatraz» que espera tres láminas más adelante.
Algo accionó un mecanismo con ruido de agua, y tres celdas del fondo se abrieron solas. De ellas salieron, muy lento, tres muertos.
Eran nobles, o lo habían sido: se les notaba en las capas podridas y en los movimientos — espásticos, sí, pero con algo de músico de corte, como si el cuerpo recordara un minué que la carne ya no podía pagar. Peleamos contra ellos a rejas cerradas, que es la manera más rara de pelear que conozco: Delcan, todavía enjaulado, los agarraba a través de los barrotes y los destripaba con una daga prestada; la joven devota canalizaba desde su celda un hálito fresco, como de rosas, que curaba a los vivos y pudría a los muertos; La Plume bailaba entre ellos con látigo y kukri. Cuando el último quedó quieto en el piso, alguien dijo el epitafio: "Nunca más escucharemos su música." Nos reímos. En ese pozo, se reían hasta los muertos.
Carne apelmazada, media mejilla de menos, movimientos espásticos «de músico de corte al que algo horrendo le hubieran injertado»; por las capas y las ropas, nobles adinerados. El epitafio — «nunca más escucharemos su música» — es de la mesa.
La Plume «bailaba entre ellos con látigo y kukri»: la primera coreografía del espadachín que se consagrará en el puente, cuatro láminas después.
Buscando la manivela de las celdas nos metimos por el túnel del Escriba, guiados a los gritos por Lady Chastity — adelante, la galería a la derecha, cuidado con el centro del pasillo — y a mitad de camino la sombra que venía reptando resultó ser el limpiador. Cómo describirles al limpiador. Una bola del tamaño del pasillo entero que es casi toda boca, y la boca es una triple hilera de dientes; tres patas de elefante; tentáculos, uno de ellos rematado en un racimo de ojos, por si los doce ojos sueltos del cuerpo no alcanzaban. El servicio de limpieza de la prisión, soltado contra la basura, que éramos nosotros. Lo matamos entre todos, a fuerza de acero, maldiciones y un escarabajo de fuego conjurado que iluminó de verde la peor cena del mundo. Entre sus dientes muertos brillaba una gema esmeralda. La guardamos. En esta compañía se saquea con respeto, pero se saquea.
Unos pasos más allá el suelo se abrió bajo mis pies: un pozo de treinta pies, el basural de la prisión — donde descubrí, entre mondas y huesos, que los carceleros tiraban también las mochilas confiscadas de los presos. El equipaje de la esperanza, al pozo. La Plume tomó carrera desde el borde, se sostuvo el sombrero y voló por encima con un salto que nadie vio y todos celebramos; así era él: sus mejores hazañas tenían un solo testigo, y el testigo era la leyenda. Del otro lado estaban las palancas. Las bajamos una por una, y una por una se abrieron las celdas.
— ¡Señores, están libres!
Me acuerdo de haberlo gritado y me acuerdo del eco. Ninguno de nosotros sabía todavía que esa frase iba a ser el oficio, la condena y el nombre de la compañía. Uno nunca sabe cuándo está gritando su destino por primera vez.
El devorador de basura de la prisión, soltado contra ellos: bola de boca central de triple hilera, tres patas de elefante, un tentáculo rematado en ojos. El consolidado sugiere «un eco lejano, quizá, de la cultura de Moabla».
La esmeralda resonante hallada entre sus dientes muertos: poderes para manos caóticas. Oratiol la regalará a la joven devota — y una gemita verde de caos reaparecerá en manos de Krisina en Place Royale (043); si es la misma, la fuente no lo dice.
«¡Señores, están libres!»: el gesto que dará nombre al grupo. Se repetirá en las minas (020), en Place Royale (043) — y en la ironía final del arco, donde liberar será encerrar.
La salida de la prisión no era una puerta. Era un lago subterráneo, negro y quieto, cruzado a setenta pies de altura por un puente de piedra del que colgaba un bote atado a una polea. Pisamos la playita de roca — cinco pies de orilla — y un reflector se encendió en el puente y nos barrió como a fugados. No me miren así: sé que las palabras se me adelantan a los tiempos; pero quien haya estado bajo esa luz sabe que no hay otra manera de decirlo, y el que no, que espere a que existan las películas de fugas y me dé la razón.
Detrás de la luz habló una voz de mujer, grande y desquiciada: que dejáramos el paquete y ella nos mandaba el bote. "¿Qué parte no entendés? ¡No lo tenemos!" — se lo gritamos veinte veces, y era verdad, y la verdad nunca sirvió de menos. Le reventamos el lente a flechazos.
Y entonces el agua se abrió.
Del lago salió un dragón. Blanco, no enorme — del tamaño de una pantera grande con alas, que ya me parece tamaño suficiente para el género —, hecho de escarcha viva, y su aliento heló la orilla entera. Delcan, recién liberado, con el hacha recién recuperada y meses de celda en los brazos, entró en furia y cargó como cargan las leyendas. Entre su hacha, el látigo, las flechas y las maldiciones lo acribillamos; el dragón quiso retirarse caminando sobre el agua, manchó de sangre sus propias placas de hielo, y se hundió. Delcan lo arrastró a la orilla. Alguien — no diré quién — ya calculaba cuánta armadura salía de ese cuero.
El reflector que barre la orilla «como a fugados de Alcatraz»: el anacronismo cinematográfico es de la propia fuente. La prisión-mina se narra con gramática de película de fugas.
Dragón JOVEN, del tamaño de una pantera grande con alas, escarcha viva; muerto por Delcan recién liberado y en plena furia. Alguien ya calculaba cuánta armadura podía salir de ese cuero.
El gran consejero revelará después que una ninfa de la cima — la rusalka Cauchila — hechizó a este dragón pequeño y a uno grande que duerme más abajo sin poder levantarse. El lago tenía dueña.
Quedaba el puente, y al puente fui yo. Nadé el agua negra, trepé el farallón húmedo, me caí una vez con un chapotazo que me delató, volví a trepar. Arriba me esperaba la dueña de la voz y del reflector: Mamica Cárcel, la carcelera. Rubia, esculpida como una estatua a la que el escultor le hubiera tomado odio, llena de cicatrices, con un lucero del alba en la mano y la cara de quien perdió algo hace mucho y decidió cobrárselo al mundo de a un preso por vez.
Me molió. Lo cuento sin vergüenza porque lo conté siempre así: me molió a golpes, y cuando el resto negociaba a la distancia, me clavó el cuchillo en la espalda y me tiró del puente al lago negro. Sobreviví de puro milagro y terquedad — son mis dos virtudes; la cara bonita es la tercera. La Plume se bebió una poción que le hizo una burbuja de aire en la cabeza, se hundió en ese pozo de tinta y me sacó a flote, medio muerto.
Lo demás fue ingenio, que es como en esta compañía llamamos a Magda: tres águilas conjuradas robaron el cable de la polea y el bote cayó al agua como fruta madura. Cruzamos todos. Tomamos el puente. Y el enano del año y un día, brillando de gratitud, nos dibujó el mapa del complejo entero: el laboratorio que había que volar, el desnivel donde dormían los esclavos encadenados, las minas, el mitril, las salidas. Abajo, los picos habían dejado de sonar. La mina entera se estaba poniendo a la defensiva.
La carcelera del complejo: rubia esculpida, llena de cicatrices, lucero del alba en mano. Quiere el paquete — y otra cosa: «limpiar el nombre de su hijo». La ficha existente es breve; el arco completo vive en estas láminas.
La puñalada que tira a Oratiol al vacío es la deuda que el Escriba cobrará al revés: «¡Sentí tu sangre! ¡Mi hijo sintió tu sangre!» (017). Y la familia entera terminará junta en un charco (026).
No nos dejaron ni acampar. Desde el lado de las minas avanzó una luz montada en un carro minero, y con la luz una silueta negra de espada desenvainada y pluma negra en el sombrero.
— Io sono il Capitano Alatino.
Venía con su banda — un ballestero, un monje, un gordo fortachón, un gnomito saltarín — y con Mamica Cárcel otra vez en pie, porque en esa mina nadie se quedaba caído el tiempo decente. El Capitán venía a recuperar lo robado, que no teníamos; nosotros queríamos la salida, que no daba. Y entonces La Plume, el del sombrero de la pluma blanca, hizo la única diplomacia que ese hombre entendía:
— Te reto a duelo.
Antes del acero hubo una respuesta sin palabras que me sigue pareciendo la frase más elegante que le vi decir: sacó de su bolsa la estrella de David que cargaba desde la noche de Praga y se la tiró a los pies. No sabés con quién te has metido, decía el gesto. El Capitán la levantó con la punta de la bota y contestó con la amenaza más rara que oí en un duelo: "Cuando esta espada te atraviese, me meteré en ti; y luego, en todos ellos." Nunca supimos si era retórica o receta. Con esa gente, conviene no averiguarlo.
El duelo fue la consagración de mi amigo, y me da una bronca enorme que esta noche no esté acá para corregirme los detalles, así que los voy a decir perfectos de puro despecho: siete asaltos. Paradas y respuestas de puro estilo, cosechando estocadas como quien colecciona reverencias. El Capitán peleaba sucio — fintas dobles, golpes fuera de cadencia — y llegó a desarmarlo: La Plume siguió con una daga doblada, todas las de perder, y aun así lo fue cortando pedazo a pedazo hasta hacerle escupir sangre. "Ríndete: no hay deshonra." El otro pidió parlamento, y usó el parlamento para escabullirse hacia los suyos.
Roto el duelo, rota la cortesía. Krisina miró a los esclavistas y su vestido empezó a insinuar transparencias, y tres hombres se quedaron mirando el aire como bueyes benditos; la joven devota estalló en una energía que aturdió hasta al Capitán; Magda durmió a Mamica con una palabra — "es hora de que descanses" —; y Delcan, que había jurado cobrarse cada tortura, le dio a Alatino un hachazo a dos manos que casi lo parte al medio. El sombrero de la pluma negra rodó por el puente. La pluma, de cerca, resultó falsa. Siempre lo son, las de los que anuncian de qué están hechas.
Sobre Mamica dormida y atada hubo tribunal improvisado — unos querían ejecutarla, otros no supimos querer eso — y prevaleció el cálculo: viva era un rehén, y un rehén era la manera de pasar la noche. Levantamos una barricada con botín de maestría: una espada que se volvía cadena, botas para caminar el hielo, un candelabro de siete brazos que algún día pensábamos devolver. Y antes de dormir dijimos en voz alta lo que quedaba: rescatar a los presos que faltaban. Volar el laboratorio. Bajar a las minas a liberar a los esclavos.
Generar, ahí abajo, una revolución. Así lo dijimos, con esas palabras. Ninguno le tenía todavía el precio tomado a esa palabra. Se lo íbamos a tomar.
Espadachín esclavista de la pluma negra, líder de la guardia de la mina; peleaba sucio — fintas dobles, golpes fuera de cadencia. Su pluma, al final, resultó falsa.
La prenda cargada desde la redada de Praga (007), arrojada a los pies del Capitán como declaración: «no sabes con quién te has metido». El honor judío de la primera noche responde un arco después.
Siete asaltos de paradas y respuestas, desarmado y siguiendo con una daga doblada: el duelo es un Cyrano — y la pluma blanca en el sombrero es, literalmente, el panache.
«El duelo de las dos plumas» quedó en la memoria del grupo como la consagración del espadachín: el evento tiene entrada propia en las semillas y sostiene el mote de la ficha — «el espadachín del siglo».
Del relato: III. Las minas, o el precio de la palabra
Al día siguiente subimos el farallón de diez metros que nos separaba de la zona del puente: Magda levitando con la calma de una pluma, yo trepando como una araña con guitarra. Al coronar vimos a Delcan más adelante, encerrado en una esfera de fuerza azul — la misma prisión translúcida en que habíamos visto desaparecer a Casemiro — que justo se disipaba. Gesticulaba con urgencia hacia el puente. No llegamos a entender qué.
La ola nos lo explicó. Un torrente gigantesco, como cinco mangueras de bombero atadas juntas — díganme anacrónico otra vez y sigo: no hay imagen mejor —, barrió el farallón entero. Yo volé por el aire y caí treinta pies sobre escombros; Magda, suspendida, casi se estrella contra la roca. Y desde algún lugar invisible llegó una voz de mujer que conocíamos demasiado bien, la que había probado su hierro en mis costillas:
— ¡Sentí tu sangre! ¡Mi hijo sintió tu sangre! ¡La biografía de la sangre, sobre ti!
Hay conjuros que leen la sangre derramada, y yo había dejado la mía en ese puente. En esta historia la sangre siempre delata: la de la hostia, la de la marca, la mía. Cuando el agua terminó de escurrirse, Delcan estaba con nosotros y Mamica Cárcel no estaba más: el hijo pródigo había vuelto a buscar a la madre. Fíjense qué manera de dar vuelta una parábola: acá el pródigo no volvió a pedir perdón. Volvió a rescatar. Y la fiesta del reencuentro — ya llegaremos — fue un charco de sangre.
Sin fuerzas para forzar esa puerta, bajamos a lo pendiente: los esclavos.
Conjuros que leen la sangre derramada: Oratiol dejó la suya en el puente (015). En este arco la sangre siempre delata — el hilo de la hostia (006), la marca de la culpa (008), y ahora el rastreo del Escriba.
«El hijo pródigo había vuelto a buscar a la madre»: la fuente misma glosa la escena con la parábola (Lucas 15) — invertida: acá el pródigo no vuelve a pedir perdón sino a rescatar, y la fiesta será un charco de sangre (026).
El torrente hidráulico — «cinco mangueras de bombero juntas» — es el gran conjuro del Escriba: volverá a barrer el laboratorio entero en la 023.
Bajamos en fila india por un pasillo estrecho: Edgar veinte pies adelante, después yo, Magda y Krisina, La Plume cerrando. Se oía agua correr en la oscuridad. Al torcer un recodo mi sombra se proyectó como un gigante sobre la caverna — buen augurio, pensé yo, que tiendo a pensar bien de mis sombras; ya aprendería —, y una voz aguda estalló desde las tinieblas:
— ¡Un paso más y vuelo todo! ¡Si avanzan, los exploto!
Parlamentamos a ciegas con una voz que defendía su trabajo. "¡Esto es ilegal!", le gritábamos. "¡Es nuestro trabajo!", contestaba, con esa lógica de empleado que es la más blindada de las lógicas. Ofrecimos lo contrario del acero: dinero, una ruta de escape, un lugar en la revolución. Moneda mediante y promesa tras promesa, la voz fue soltando gente: cinco figuras encorvadas que salieron parpadeando de un reducto. Una antigua mesera caída en malas manos. Un mendigo. Un minero enano. Un muchacho de granja. Gente común, lastimada, con marcas de látigo en las espaldas. "Queremos ver la luz del sol otra vez. No la vemos hace años." "Yo sólo quiero volver a atender mesas."
Los liberados corrieron hacia el río buscando la salida, y descubrieron la trampa del lugar: los puentes habían sido retirados. El mendigo gritó que aquello era el llamado de la libertad y se arrojó al agua.
Nadó unos metros. El agua hirvió de pirañas.
Les pido que guarden esa imagen, porque es la moraleja anticipada de toda esta crónica: el llamado de la libertad, y el agua llena de dientes. Los demás retrocedieron despavoridos. Y la voz de la oscuridad, perdida la paciencia, empezó a contar hasta cinco. En la sombra, juro que la vi: una manito contando con los dedos.
Gente común, lastimada, con marcas de látigo: la antigua mesera («yo solo quiero volver a atender mesas»), el mendigo, el minero enano, el muchacho de granja. El parlamento los compró con dinero, rutas y promesas de revolución.
El único muerto de la liberación: «gritó que aquello era el llamado de la libertad y se arrojó al agua». Nadó apenas unos metros.
La primera ironía del lema libertador: el llamado de la libertad como salto al agua con pirañas. La campaña la repetirá a escala mayor — su doctrina final será «ser un guardián es ser también un prisionero».
La manito contando dedos en la sombra es la cuenta regresiva de la ñomita: el fuego del infierno espera detrás (019).
Lo que siguió fue un combate a tientas contra enemigos que casi nunca se dejaban ver. La voz era de una gnoma hechicera, ilusionista, que amenazaba con el fuego del infierno — esa explosión que mata a muchos de un solo golpe — teniendo a treinta esclavos encerrados a su espalda. Sus ecos rebotaban en el agua y engañaban el oído. La protegían un enano al que llamaban el Germano, sanador y sádico — las dos cosas, en ese orden de prolijidad —, plantado con escudo y martillo en un pasillo de cinco pies, y un gnomito que asomaba por atrás con un pergamino.
Magda olió el azufre en el aire y gritó la advertencia: alguien estaba por conjurar el fuego. Salté el pozo de los prisioneros con un salto olímpico — me consta que fue olímpico porque lo conté yo — y le corté el conjuro en la garganta con un pulso de energía. Una y otra vez la gnoma intentó rearmar su bola de fuego; una y otra vez la dejamos pasmada, tartamudeando. Del otro bando llovían órdenes brujas: "¡Mata a tu compañero!" — La Plume la resistió; "¡Retrocede!" — casi me manda al pozo. La luz de Magda arrancó de la sombra un reflejo de escudo y unos zapatos: ahí estaba el Germano. La Plume lo fue clavando a rapier y kukri, sangre en la boca del enano que no cedía un palmo.
Y entonces hice lo impensable, que es mi especialidad cuando la furia me sube del mar que no recuerdo: embestí al Germano como un ariete, lo levanté con escudo y todo, y lo usé de locomotora para estampar a enano y hechicera contra la roca. Él quedó con la nuca rota contra la piedra. Ella, aplastada bajo su propio guardián, apenas viva, con el pergamino pegado a la cara sin poder leerlo — que es la imagen más triste que existe de un mago vencido. Magda la durmió, y le calzamos una mordaza de las que los propios esclavistas guardaban para los conjuradores. Todo lo que esa casa tenía, lo tenía para esto.
Enano escudero y sanador sádico de los esclavistas, plantado con escudo y martillo en un pasillo de cinco pies: la luz de Magda solo arranca de la sombra «el reflejo de un escudo y unos zapatos».
Con las llaves de los vencidos abrimos las tres prisiones del fondo. Treinta almas más, que sumadas a las cinco del parlamento hacían treinta y cinco de treinta y seis: sólo el mendigo de las pirañas no vio la libertad. Mineros, meseras, pescadores, un rufián, un viejo que había sobrevivido a todo. Flacos hasta el hueso — y acá viene lo que un ojo entendido leyó en las paredes, y que yo cuento despacio porque merece asco despacio: había conjuros escritos sobre la piedra, y uno servía para resistir la inanición. Los alimentaban apenas, y les echaban magia encima para que siguieran trabajando sin caerse. Había un hierro de marcar con una letra griega, que rastreaba al marcado. Había cadenas pensadas para entorpecer justo lo suficiente. Había hasta un ungüento para esconder los moretones de las palizas y vender mejor la mercadería. La esclavitud, señores, es también una ingeniería. Alguien diseñó cada una de esas cosas, y cobró por el diseño.
Yo hice entonces algo de lo que no me retracto pero que Magda me obliga a contar completo. Hice brotar agua limpia en los cacharros de la mina, con el pelo encendido por la magia, y dije: "Mi nombre es Horación. Adórenme como a quien les devuelve el camino libre por el mundo." Algunos se arrodillaron. Sí: me dejé adorar. Descuenten de mi vanidad lo que quieran, pero sepan que en el fondo de una montaña, ante gente que no veía el sol hacía años, un dios de bolsillo con agua fresca es mejor que ningún dios. Después la vida me cobró esa frase con intereses. La vida cobra todas las frases; por eso hay que elegirlas.
Otros no estaban para adorar a nadie: un esclavo tomó un pico de minero y lo hundió en la cabeza del Germano inconsciente. Ésa fue la primera forma que tomó nuestra revolución, y no era la que soñábamos. Cuando la turba quiso seguir con la gnoma, nos interpusimos y la salvamos: prisionera, dormida y amordazada, pero viva. Liberar, aprendimos esa noche, incluye decidir a quién no se lincha.
Acampamos entre los salones de los mineros, sabiéndonos cubiertos — que era otra manera de decir encerrados.
Conjuros horrendos escritos en las paredes — Resist Starvation, para explotar hambreados sin que colapsen —, hierro de marcar con la beta griega que rastrea al marcado, cadenas-ancla, y un ungüento para esconder moretones y «vender mejor la mercadería».
El agua limpia brotada en los cacharros «como el Cristo» (la comparación es de la fuente), y el nombre-altar: «Adórenme». Primer ensayo público del dios-que-no-es-dios — el anagrama de Lotario asomando bajo Oratiol.
El pico de minero en la cabeza del Germano: la revolución declarada al cierre del cap. 02 («generar, ahí abajo, una revolución») cobra su primera forma — y no es la que el grupo soñaba. Tuvieron que salvar a la ñomita de la turba.
Del relato: IV. Negociaciones agresivas, o la reunión de familia
Lo que sigue no lo vivimos nosotros: nos lo contó él — el petiso no, el otro grandote; ya lo presento — y yo lo repito como me lo dijo, que es lo más honesto que puede hacer un cronista con lo que no vio.
A la atalaya del vado, la que habíamos tomado por asalto, llegó días después un sargento de la tribu de los torcos: un brigante morrudo de un metro ochenta, cara ancha, armadura de pieles, mirada franca. Un hombre de caminar la tierra. Se llamaba Pacuti — o así lo entendimos; su nombre lo dijo una sola vez y el mundo hace ruido. Encontró la torre inundada de agua y sangre, flechas en la puerta, cimitarras quebradas. Y encontró lo que la banda de orcos hizo después con los vencidos, que no voy a adornar: quemaron todo, empalaron a los heridos a la moda que los turcos aprendieron del emperador — esto, tristemente, es histórico —, y dejaron a uno solo libre, para que corriera a contarlo. Toda atrocidad guarda un mensajero. Es su firma.
Al brigante lo llevaron ante Juan Sears, y ahí se jugó la primera partida seria de la hostia. Si la tenía, vivía. La entregó. El vidente la escrutó con ese ojo que ve a través de las cosas: no era mágica. ¿En qué momento se la habían cambiado? — y ésa, señores, es LA pregunta de esta historia, la que a partir de aquí se hace todo el mundo, siempre tarde: las copias ya circulaban por todas las manos, y nadie iba a volver a estar seguro de cuál era la verdadera. Juan Sears masticó la hostia falsa y se la tragó, que es una manera de opinar. Después dijo: esto excede lo que puedo ver. Vamos a ver a los gitanos.
Sargento semiorco de la tribu: morrudo, cara ancha, mirada franca, «un hombre de caminar la tierra». Es el PJ nuevo del arco — y su nombre aparece UNA sola vez en el audio, con grafía dudosa.
«A la moda que los turcos aprendieron del emperador — esto, tristemente, es histórico»: el Narrador invoca a Vlad Țepeș invirtiendo la dirección del préstamo. La dureza de la viñeta va en silueta y contraluz, como pide el guion.
Juan Sears mastica la hostia falsa y se la traga: desde acá, nadie volverá a estar seguro de cuál hostia es la verdadera — ni el Escriba (025), ni la mesa, ni el lector.
Dieron con un carnaval ambulante en las afueras de Viena: tragafuegos, la mujer forzuda con barba, acróbatas, toldos a rayas. La dueña del circo era una joven con galera, vestida "de futuro" — así lo dijo Pacuti y así lo dejo, porque no hay mejor manera —, que lo señaló derecho como esos carteles de recluta que todavía no existían y mandó un recado que me eriza la piel a la distancia: "Denle saludos de mi parte a aquel que se llama Oratiol." Yo no la conocía. Ella a mí sí. Con los años me fui acostumbrando a esa asimetría; acostumbrarse no es entender.
El adivino del carnaval — un sultán de cartas — le leyó al brigante la suerte: el mago y el emperador cruzados, una torre que explota y cae. Y una letanía que en el momento nadie entendió y que yo les pido que reciten conmigo cuando lleguemos abajo, porque es el mapa de todo lo que falta:
Veo cavernas sin fin. Un torbellino. Me interno en el corazón del metal. Más allá del metal, el mitril. Más allá del mitril… ¡el Mital!
El plan de los torcos fue simple y cruel: el brigante sería el cebo. Le pintaron la cara de guerra — la marca por la que el vidente podría rastrearlo y ver a través de sus ojos — y esa noche lo dejaron aparte, fingiendo dormir. Entre vapores aparecieron el Escriba y Mamica Cárcel. "Antes no te pude llevar, muchacho. Pero vos tenés lo que yo necesito." Lo tocaron, y un flash de luz se lo llevó.
Joven de GALERA, vestida «de futuro» como nadie se viste allí; señala reclutas y manda saludos a Oratiol. El COTEJO la enlaza con Future/Philipper, señor/a de los gitanillos del póker — ¿una, dos o tres figuras? Pregunta abierta a Marcos.
El gesto es el del cartel de recluta «I Want You» (Flagg, 1917), puesto en 1715: la dueña del circo recluta desde el futuro, como el chimpancé pintará la torre (032).
El mago y el emperador cruzados, y una torre que explota y cae: la Torre (arcano XVI), leída derecha — ruina fulminante del orden. La profecía se cumplirá dos veces: la atalaya ya ardió, y el monte se cerrará.
«Más allá del mitril… ¡el Mital!»: no un mineral — la magia más alta, solo al alcance de magos de grados supremos asistidos por otros hechiceros. La letanía del sultán es la profecía-mapa del descenso (027).
La cara de guerra recién pintada es la marca por la que el vidente podrá rastrear al brigante y ver a través de él: el rapto de esta viñeta es el plan funcionando — Juan Sears emergerá del jacuzzi de la muerte en la 023.
Apareció bajo tierra, sobre una mesa, en un laboratorio de luces que no se apagan nunca: grandes ánforas de cerámica apiladas como barricada contra la puerta, y en el centro una plataforma de tres escalinatas con una cavidad quemada y marcas negras como raíces de brea. El grupo lo bautizaría después el jacuzzi de la muerte, porque nombrar en broma lo que asusta es la más vieja de las magias defensivas.
También estaba allí Casemiro. Nuestro Casemiro, traído desde su esfera quién sabe cómo ni para qué — "reconstruir", dijo alguien, y no quisimos saber qué se reconstruía en esa cavidad quemada. Y Casemiro no esperó. Jamás espera: delibera durante horas de calma vegetal y de pronto el árbol entero se te viene encima. Lanzó un torrente contra la barricada; las ánforas cayeron y se quebraron; y de cada ánfora rota creció una masa amorfa, gris y amarillenta, que quemaba como ácido y avanzaba. En el caos, el Escriba —para limpiar su propio desastre— desató el ciclón bomba que ya conocíamos, la ola de las cinco mangueras, y barrió la sala entera: escupió a Casemiro por las puertas dobles hacia el puente, donde quedó colgando de las manos sobre el vacío.
Y en el jacuzzi negro brotaron vapores, y de los vapores emergió Juan Sears con una banda entera de orcos. La marca pintada había funcionado. El cebo había arrastrado al pescador.
La plataforma de tres escalinatas con la cavidad quemada y las raíces de brea: escenario de rituales de sangre. El nombre lo puso el grupo, y quedó.
Un sargento orco llamado Bronto se arroja sobre el brigante al grito de traidor; cómo llegó al laboratorio no queda claro en la fuente. Marcado en el texto, fuera de cuadro en la lámina.
El «ciclón bomba» que barrió el farallón (017) barre ahora el laboratorio entero y escupe a Casemiro hacia el puente: el Escriba limpia su propio desastre con el conjuro de siempre.
Cuando la puerta del reducto cedió al fin, la escena que encontramos era de las que no se olvidan aunque una montaña te cobre la memoria: un puente de cincuenta pies con hielo y agua desbordando los parapetos, fosforescencias verdes en las paredes, y el reflector roto de Mamica manando su luz hacia arriba, vertical en la niebla, como esas señales que las ciudades del futuro encenderán para llamar a sus justicieros — ríanse: la vi, y era exactamente eso. Casemiro empapado, colgando a duras penas. Orcos con gorros de sultán apelotonados en el umbral. Y sobre la plataforma del mal, la familia: Juan Sears de gala con su bola de cristal; y la pareja imposible — el Escriba y Mamica Cárcel, madre e hijo, ella saludando al otro hijo con un "hey, ¿cuánto tiempo" de sobremesa de domingo.
Avanzamos en orden de marcha, y me van a permitir la vanidad de describirme, porque de esa lámina viene mi cara de ahora: yo adelante, pelirrojo con media cabeza rapada — un ácido de esa mina me cobró el pelo; lo llevo así desde entonces, como factura enmarcada —, coraza al pecho, la bola con cadena colgando como un péndulo con opiniones. La Plume detrás, látigo desenrollado arrastrando por el mármol, aparatoso y perfecto. Krisina pálida, de blanco. Magda cerrando, impecable en el barro, que es su estado natural.
Y en vez de matanza hubo palabras. La Plume tanteó la única diplomacia posible: "El mundo está hecho de hermanos: si no hay entendimiento en lo más básico, que es haber compartido un vientre, no hay nada." Yo lo acompañé con la guitarra — los hermanos sean unidos, canté, porque hay versos que viajan a donde haga falta. Juan Sears escupió su rencor de décadas. Y Mamica cortó por lo sano: basta, chicos. Y contó.
Contó que la repudiaron por juntarse con un torco. Que parió dos hijos que envejecieron pronto — "uno es un boludo y el otro no tanto", dijo, sin aclarar cuál, con esa justicia distributiva de las madres. Que vino a trabajar de carcelera, que se hartó. Y que fue ella — ella, señores — quien sopló la transacción de la hostia a la guardia corrupta de Praga. Ahí, en un puente helado bajo una montaña, supimos por fin quién había soltado a los galgos la noche de la liebre: una madre queriendo limpiar el nombre de un hijo. Todo el incendio de esta crónica empezó en ese fósforo doméstico.
Por un momento — véanlos en la lámina, sentados, la madre entre sus dos hijos — estuvieron juntos y en paz. La única vez. Guárdenla también.
El parley se canta con el Martín Fierro (Hernández, 1872): «los hermanos sean unidos, porque ésa es la ley primera» — la ley del hermano dicha con guitarra criolla en una mina de Bohemia.
El reflector roto «manando luz hacia arriba, como la batiseñal»: la imagen es de la fuente. Alcatraz (014), Batman (024) — la prisión-mina se cuenta en cine, y el cómic lo dibuja tal cual.
«Fue ella quien sopló la transacción a la guardia corrupta de Praglava»: Mamica, en su única escena de paz, confiesa ser el origen de TODO el arco — la redada de la 007 incluida.
Sobre la mesa recompuesta se desplegó el viejo mapa enano: el eje de la tormenta, torbellinos, cascadas cayendo a lo profundo donde nadie que bajara salía vivo. Se minaba mitril allí, y ónices, y gemas extrañas. Y cuando alguien dijo "mitril", una hechicera nuestra — no diré cuál, porque no me consta y en esta compañía las lenguas se sueltan por arte ajeno — le aflojó la lengua al Escriba con un conjuro sutil, sin gesto ni componente, y el hombre, obsesionado, dejó escapar lo que no debía.
Que abajo había algo más que un mineral. Mital: no una piedra — la magia más alta, la que sólo alcanza un mago de los grados supremos asistido por otros. Que abajo reinaba Medea, reina de las hechiceras de las profundidades. Que Medea tenía un cáliz. Y la doctrina entera, la frase por la que media Europa nos venía cazando sin que lo supiéramos: la hostia es la sangre de Dios solidificada; el cáliz, el receptáculo de un avatar de Dios.
Eso llevábamos en la caja, señores. Eso me había marcado a mí con su fuego de culpa. No un delito: una reliquia del cuerpo del mundo.
Krisina se acercó a la bola de cristal y la escrutó: la visión estaba oscura, arrastrada hacia el ojo de una tormenta, y algo la llamaba por su nombre desde abajo. Medea te llama. Ella no dijo nada. Ella nunca decía nada en el momento; decía después, cuando decir ya era jugada.
Y había ojos en el aire — sensores invisibles, pupilas de pez flotando —, así que me aconsejaron mostrarme fino para que no nos mataran, y saqué la guitarra y toqué. Y desde el pasillo a oscuras, algo respondió: unas notas finas de flauta, enredándose con las mías. Se abrió una puerta que terminaba en la nada y entró una figura andrógina venida de oriente, pelo negro largo, sonrisa angelical, túnica azul: "Mi nombre es Tomás. A veces Tomaya, depende de dónde venga." Detrás, en las sombras, dos enanos con caras que ustedes no pueden conocer todavía — Lenin y Trotsky les decíamos; algún día el mundo me va a entender el chiste, y ojalá no lo entienda del todo — y un escriba moro, gordito, de pluma larguísima, que anotaba todo y susurró: "Señor, ¿está seguro de esto?" "No. Pero hay que hacerlo."
La revelación central del arco, soltada por el Escriba con la lengua desatada por un conjuro sutil: la hostia es la sangre de Dios solidificada; el cáliz, receptáculo de un avatar de Dios — y lo tiene Medea, abajo.
«Reina de la oscuridad» del fondo del monte, reina de las hechiceras de las profundidades. La ficha de Medea (Never 9-11, NY s. XIX) sería la misma inmortal: LIB documentaría su fase del siglo XVIII bajo la montaña.
Figura andrógina venida de oriente, sonrisa angelical, flauta de madera, túnica azul: la emisaria de la sociedad. «Mi nombre es Tomás. A veces Tomaya, depende de dónde venga» — la alternancia es de la propia diégesis. Ficha pendiente (prioritaria del COTEJO).
Tomaya habló con la cortesía de un verdugo administrativo. Ya sabían todo. Los esclavistas de arriba habían resultado mala gente — subcontratada, aclaró, con fastidio de gerencia —; agradecían nuestra limpieza; estábamos invitados al fondo, al Ojo de la Tormenta, si queríamos saber de veras. Los orcos no: "este no es un lugar para turcos." Krisina dio un paso al frente y entregó una estatuilla de marfil — una Venus grácil saliendo del mar, prenda de un encargo propio que arrastraba de patrones que aún no les puedo nombrar — y Tomaya la aceptó, la tomó de la cintura, y abrió la puerta sellada con un ámbar flotante y una palabra.
Después miró a los orcos, hizo un gesto adusto, y dijo:
— A esos, mátenlos.
Fue la negociación agresiva más breve de la historia de la mina. El moro pronunció palabras detrás de todos, y de la punta de su pluma salió una semillita de fuego que flotó, mansa, hasta el centro del recinto. La bola de fuego que nos habíamos ahorrado en la caverna de los esclavos cayó entera sobre la reunión de familia. Los tres orcos brutales quedaron pintados en la pared. El Escriba se desplomó, y su madre cayó sobre él — madre sobre hijo, bajo el fuego. Nosotros, chamuscados, sobrevivimos de milagro; yo me había plantado en la puerta haciéndome el torpe y quedé fuera del radio, que es lo más inteligente que hice ese año.
Lo que siguió fue rápido y confuso: los enanos desenvainaron — "work to do", dijeron, en un germano de oficina —; le crucé un martillazo a uno; La Plume desarmó a otro con el látigo, y por un instante, juro que lo vi, la hoz caída y el martillo alzado dibujaron juntos en el aire un símbolo de otro futuro. Después los cuchillos enanos hicieron su trabajo administrativo: un puñal al corazón de Juan Sears, un tajo para el segundo semiorco, y Mamica rematada donde yacía. La familia entera — la madre, los dos hijos, la única vez juntos y en paz — terminó junta en un charco de sangre. Tomaya miraba con el fastidio de un empleador al que le ensuciaron el piso, y dictó el epitafio: "Tomamos a su hijo hace veinte años, lo educamos, y terminó siendo tan sapo como su madre."
Les debo una confesión de cronista: de toda esta historia, con sus dragones y sus reliquias, el charco que no me sale de la cabeza es ése. Era la única sangre de esta crónica que era del mismo rojo que la hostia. Sangre de familia. La única que Dios reconoce como propia, si uno le cree a las reliquias.
Dos de los doce enanos verdugos de la sociedad, «con cara de Trotsky y de Lenin»; en otra sesión, «Trotsky y Deming» — se usó la forma dominante del corpus. Rematan a la familia entera con cuchillos administrativos. Ficha pendiente (prioritaria del COTEJO).
«Por un instante la hoz caída y el martillo alzado dibujaron en el aire un símbolo de otro futuro»: la iconografía soviética sembrada en 1715, como la torre del chimpancé (032) — el cómic imprime los relámpagos de futuro que la fuente ya traía.
El título del capítulo viene del archivo de la mesa (Aggressive Negotiations): el guiño a Star Wars se cumple con la brutalidad administrativa de Tomaya — «work to do», dicen los enanos en germano.
Juan Sears, el Escriba y Mamica: los tres hilos que perseguían la hostia desde Praga, cortados de un solo golpe. El grupo hereda la caza — y el epitafio de Tomaya: «tan sapo como su madre».
Tomaya nos guió hacia abajo por las cavernas viejas, entre vetas de mitril y ónices, por túneles pulidos como por un conjuro. En dos umbrales montaban guardia parejas de caballeros con armadura completa, quietos como muebles: cruzados de la vieja orden teutónica perecida en Polonia siglos atrás. No respiraban. No estaban vivos. Nadie preguntó, porque hay preguntas que amueblan mal.
La última puerta dio al abismo que la letanía del sultán había prometido: una caverna colosal con tres cascadas atronando en la oscuridad y, abajo, el agua revuelta en torbellinos, como si alguien hubiera abierto sumideros en el fondo del mundo. Un puente de cincuenta pies, azotado por ráfagas, cruzaba hasta un refugio dentro de una estalactita hueca. Lo pasamos atados con sogas, encorvados, con Magda a punto de salir volando como un barrilete y el brigante sujetando el cabo. Adentro esperaban cuatro bocas de túnel inclinadas hacia el vacío, y junto a cada una, un gran barril de hierro sellado.
Batiscafos, con forma de cangrejo. Patas y cola retráctiles, pinzas, una claraboya al frente, lugar para dos personas apretadas — y adentro, diez palancas idénticas, sin una sola etiqueta. "Cada una hace algo distinto", sonrió Tomaya. "Es parte de su capacidad y su inteligencia llegar abajo sin ahogarse. Es parte de la prueba." La profundidad: novecientos pies. Todavía hoy no sé qué hacía la séptima palanca. Todavía hoy me despierto a veces habiéndola movido.
Nos repartimos: Tomaya se llevó al brigante — "vos venís conmigo, Pacuti" —; los enanos pilotearon; Magda se hizo una burbuja de aire para ella y otra para Edgar, escondido entre la ropa, porque los cuervos de bruja no se quedan en tierra. Y Casemiro eligió la locura. Se sacó la coraza, se untó de conjuros y elixires de nado, confió en su resuello y en su furia — y se hizo remolcar con una soga, a pulmón, atado al último batiscafo. Al del moro. Cuando lo contamos esa noche en las alcantarillas, el petiso del bisonte, que hasta entonces escuchaba sin mover la paja de la boca, la movió. Es el mayor elogio que le vi hacer a nadie.
Parejas de armaduras completas, quietas como estatuas, de la orden teutónica perecida en Polonia siglos atrás: no respiran, no están vivos. Custodian los umbrales profundos.
Tres cascadas atronando en la oscuridad, torbellinos «como sumideros del fondo del mundo», un puente de cincuenta pies azotado por ráfagas: la letanía del sultán (022) cumplida a la letra. Abajo, a novecientos pies, el Ojo de la Tormenta.
El Apparatus of Kwalish del manual clásico, rebautizado en la mesa «aparato de Cualich»: barriles de hierro con patas, pinzas, claraboya y diez palancas idénticas sin etiquetar. «Es parte de su capacidad y su inteligencia llegar abajo sin ahogarse.»
Bajamos entre torbellinos, perdida la luz de arriba, sintiendo la presión como una mano que aprieta despacio. Los primeros cangrejos ya entraban a una caverna sumergida del fondo cuando el último — el que remolcaba a Casemiro — se detuvo a mitad del descenso. Giró sobre sí mismo. Y lo enfrentó, iluminándolo con su fanal: detrás de la claraboya, el moro, una mano en la palanca y la otra extendida, exigiendo.
Exigiendo qué, preguntan ustedes. La hostia, señores. La verdadera, la que había quedado con Casemiro cuando el círculo lo dejó afuera — átenlo ahora, como lo atamos nosotros entonces, novecientos pies tarde.
Y acá esta crónica tiene su agujero más profundo, en el sentido exacto de la palabra. Lo último que se sabe es que la mano de Casemiro se acercó a la pinza del cangrejo, y que subieron burbujas, y que en el agua negra quedaron flotando tres palabras: "Se la di."
¿Se la dio? ¿Quién habla en esa frase? ¿Qué le dio, si las copias eran ya una plaga? Esa noche, en las alcantarillas, todos nos dimos vuelta a mirarlo. Casemiro estaba sentado contra un arco, con el lobo en los pies. Sonrió — el hombre confirma, como les dije, y a veces ni eso — y no confirmó.
Es el único de nosotros que sabe qué pasó a novecientos pies. Que un cronista declare sus agujeros, dije al principio. Éste no es mío. Éste es suyo, y se lo respeto: a esa profundidad, cada uno es dueño de su oscuridad.
La pluma larguísima del moro — de cuya punta salen los conjuros — completa la serie: la blanca de La Plume (003), la negra de Alatino (016). Las tres plumas del primer tercio escriben, hieren y traicionan.
Del relato: V. La cama de agua, o los veinte años
Lo que pasó en los niveles de abajo tardamos meses en podérnoslo contar entre nosotros, y no exagero: la escena quedó suspendida en la memoria de todos como una lámina a medio pintar, y cada uno cargó su pedazo en silencio hasta que una noche, mucho después, alguien la empezó y los demás la terminamos. Así se las doy: cosida.
Al final de un pasillo abrimos la puerta de un recinto que era todo cama. Una cama de agua entre terciopelos ajados, y sobre ella y alrededor de ella, la escena: una súcubo pelirroja — sí, dije súcubo; a esa altura de la montaña el catálogo de las presencias había dejado atrás lo razonable — recostada como en su casa, porque era su casa; el moro de pie, con los ojos vueltos hacia arriba, blancos, moviéndose como un autómata; y detrás, Tomaya y un agente mayor de la orden, un hombre de espada desnuda al que llamaban el Spellblade, con la mano en el arma y cara de estar en la peor oficina del mundo.
El moro no estaba hechizado: estaba dominado. Recibía órdenes por dentro. Y la que ordenaba sonrió, y el hombre se inclinó sobre ella, y le entregó — de la manera más inmunda, y no la voy a describir dos veces porque ni la mesa la describió dos veces — la hostia. Nuestra hostia. Medio blanca, medio negra ya, ennegreciéndose como una luna comida.
Hubo combate, si puede llamarse combate a pelear sobre un colchón que cede a cada paso. Tomaya ordenó a los enanos "agarren a la mujer", y la súcubo susurró algo telepático, en lengua demoníaca: la mujer no soy yo; la mujer son estas dos. Y Lenin y Trotsky, obedientes a la voz equivocada, aferraron a Magda y a Krisina y se las llevaron a la rastra. La Plume escupió sobre la demonia una poción pegajosa que la dejó adherida a las sedas; ella apenas se rio: "me encanta". Y cuando le llegó el turno, desplegó las alas sin molestarse ya en disimular, sonrió a la concurrencia, y desapareció.
Con la hostia adentro del cuerpo. Digan conmigo la pregunta de esta historia: ¿cuál hostia? Yo digo que la verdadera. Yo digo que en ese cuarto, en esa cama, la sangre de Dios cambió de manos por última vez ante testigos. Después de eso, todo fue rastro.
El Spellblade cruzó la cama de un salto y durmió al moro de un golpe de pomo, profesional, casi piadoso. "Nos hicieron perder la hostia", dijo alguien, y la frase quedó colgada del vapor. Y entonces, en lugar de la segunda ronda de una pelea que nadie quería, vino la pregunta más civilizada que se hizo jamás en esa montaña: ¿seguimos, o parlamentamos?
Súcubo pelirroja: sugestión telepática en lengua demoníaca («la mujer no soy yo; la mujer son estas dos»), y la desaparición con la hostia adentro. Se sabrá después: la patrona de Krisina. Ficha pendiente.
Del blanco de la 006 al medio-negro de esta boca: la hostia se ennegrece camino del arco de París. El rojo sucio de la viñeta es la degradación del artefacto hecha color.
Agente mayor de la orden, «el que pone en caja a los alumnos y a los otros problemas de la organización»: cruza la cama de un salto, noquea al dominado con el pomo y después se perfuma contra el hedor.
Parlamentamos. Nos condujeron por la rotonda de las cámaras coloreadas — esmeralda, topacio, roja, y una violeta-negra donde había figuritas pétreas encerradas que nadie nos explicó y que ninguno preguntó; ya les dije cómo amueblan esas preguntas — hasta una biblioteca con mesa central. Teníamos, dijeron, un enemigo en común: alguien infiltrado en la Sociedad Arcana, la organización que de una u otra forma nos había contratado a todos sin que lo supiéramos. El ladrón de la cama había actuado por su cuenta, para otro amo. El Spellblade guardó el arma, se perfumó contra el hedor — un caballero — y nos ofrecieron dormir, sellar alianza al día siguiente, recuperar lo perdido.
Nos cambiaron las sábanas — doncellas diminutas con cofias de mucama fregando el desastre —, un viejecito les recibió una moneda con una gratitud desdentada que rompía el corazón — "nosotros, que perdimos a los dioses, por lo menos tenemos limosna" — y notamos, sin decirlo del todo, que a Magda y a Krisina se las habían llevado a otro cuarto y nadie las devolvía. La palabra rehén flotó y nadie la pescó. Dormimos.
Y acá, señores, esta historia me alcanza las manos con las que la escribo.
Despertamos con un hambre y una sed milenarias. El cabello crecido. Las uñas encorvadas como de pájaro viejo. Las barbas largas. La montaña — un útero de piedra que da mitril y gemas y a cambio chupa lo que somos; después le supimos el mecanismo, ahora sólo sentimos el precio — nos había cobrado durante el sueño: nos levantamos más viejos de lo que nos habíamos acostado. Veinte años, calcularon después los que saben. Veinte años en una noche, señores. Miren mis manos en cualquiera de las láminas que siguen y compárenlas con las de la taberna: son las manos de mi padre, si tuve un padre. Ese día dejamos de ser jóvenes sin haber terminado de serlo, y por eso esta crónica se cuenta como se cuenta: con la urgencia de los viejos y los recuerdos de los muchachos.
Y despertamos solos. Las luces mágicas apagadas. La cascada cerrada por una escotilla de mitril. Tomaya y los suyos, idos con los batiscafos. Entumbados.
La deuda de la magia del monte: sueño negro tras cada conjuro y, al consumarse, ~20 años de golpe — barbas largas, uñas encorvadas, mermas en el cuerpo. La fuente del envejecimiento que el cómic conserva en los diseños de acá en adelante.
Lenin y Trotsky se llevaron a Magda y a Krisina «y nadie las devolvía»: la sospecha de rehenes flotó sin decirse. Reaparecerán en París (038), con veinte años más en la cara.
En la oscuridad quedaban dos viejitos, y uno avanzaba alumbrándose con dos velas montadas en un armazón, apoyado en un pico de minero con la punta roma. El gran consejero. El último gnomo del Monte Nevermind — porque la montaña tenía nombre, y el nombre era una burla: el monte Nuncamente, el monte No-te-preocupes, díganlo como quieran; cincuenta y tres mil gnomos habían vivido en ella alguna vez, y quedaba éste, subido a un trono en el que le colgaban los pies.
No usaba magia, aunque sabía mucha: aquí abajo la magia da, pero chupa — por eso las velas. Sacó una balanza de precisión: de un lado gemas de las de veras; del otro, la pluma blanca. El peso de la verdad, dijo: si poníamos la pluma y decíamos verdad, la balanza quedaría en equilibrio. La Plume declaró que quería la hostia porque le daría un nombre imperecedero — la gloria de un espadachín de leyenda —, y la balanza no se movió, porque mi amigo era vanidoso como un gallo pero jamás mintió sobre su vanidad, que es una forma superior de la honestidad. Casemiro profesó la inmanencia de la naturaleza, y descubierto en su sangre — que no era del todo humana; tampoco eso se los voy a adornar, era nuestro hermano y con eso basta — se presentó sin rodeos y la balanza tampoco se movió.
Y entonces el gnomo habló de los dioses, y les juro que el frío de la montaña se puso serio. "A nuestros dioses se los comieron en el desayuno, hace miles de años, en Egipto." Los dioses grandes y los demonios se pusieron de acuerdo en quiénes morían primero, y señalaron a los pequeños. Por eso su causa, la causa de su pueblo extinguido, tenía una sola consigna, y la dijo con las dos velas temblándole en el armazón: todos los dioses deben morir.
Le preguntamos si estaba completamente demente. Nos barrió el contrato de un manotazo — lo haría de buena onda, dijo, o el equivalente gnómico — y nos soltó la revelación y el rumbo: la hostia viajaba hacia un hombre de París. Un nubio capturado de niño, comprado y liberado por un zar — ¡Pedro! ¡Pedro el Grande! —, criado en su corte, formado como ingeniero, que andaba con los hombres más luminosos del siglo. Lo llamaban la Estrella Oscura de la Ilustración.
"¡Apúrense! ¡Infíltrense! ¡Sáquenle la hostia! ¡El sol níger, el sol oscuro, ha comenzado!"
Nos arrojó un pergamino escrito con tinta azul en letra desmesurada para un ser tan chico — una línea de crédito por siete mil monedas de oro para cada uno, porque la venganza de los pueblos pequeños paga bien — y con un gesto de una gema encendida, el mundo se dobló, y desaparecimos.
El último ñomo del Monte Nevermind, donde vivieron 53.000: no usa magia aunque sabe mucha — «aquí abajo la magia da, pero chupa»; por eso las dos velas y el pico romo. Su balanza pesa la verdad contra gemas. Ficha pendiente (prioritaria del COTEJO).
«A nuestros dioses se los comieron en el desayuno, hace miles de años, en Egipto»: el Himno Caníbal de Unis (Textos de las Pirámides, din. V) — el rey que devora dioses para absorber su poder. La causa ñoma nace de una cita egiptológica del Narrador.
El credo deicida: los dioses grandes y los demonios pactaron quiénes morían primero, y señalaron a los pequeños. Consigna: «todos los dioses deben morir» — todos morirán a la sombra de los grandes ñomos.
El nombre y el rumbo del arco de París: un nubio capturado de niño, comprado y liberado por Pedro el Grande, criado en su corte, ingeniero, hombre del círculo de Voltaire y Diderot. «¡El sol níger ha comenzado!» Ficha pendiente (prioritaria del COTEJO).
Aparecimos sobre la ribera de un río ancho, a la sombra de árboles frondosos, entre lavanderas y tenderos, con caballeros pasando al grito de sacrebleu. Eran las cuatro de la tarde de un viernes. Era París.
Nos acicalamos las barbas nuevas con navajas prestadas, nos vestimos de viajeros de las granjas, y yo saqué el laúd y entré a la ciudad tocando, que es la mejor manera de entrar a cualquier parte. Cruzamos el puente hacia los bulevares: teatros, arlequines, un mandril vestido de militar, cafés con mesitas en la calle, soldados de todas las naciones. Una ciudad cosmopolita donde nadie nos miró dos veces. Llamábamos menos la atención que el resto, y eso, para gente con nuestro prontuario, es el paraíso.
En la zona de las diversiones una gitana nos tendió una copa de oro: "beban esto". Lo nuevo era el duende verde embotellado — una absenta de otra estofa, humeante, con opiniones —, y uno de nosotros se bajó la botella entera, salvando el tipo trago tras trago de puro oficio de borracho, hasta quedar de pie por terquedad estadística. En el fondo del trance vio algo: un duendecillo verde y dorado posado en el borde de la copa. Y algunos, con el duende todavía en la sangre, sentimos esa tarde una cosa que no le deseo a nadie que quiera dormir tranquilo: recuerdos de un futuro incierto.
Se los digo con el ejemplo, que es mejor. En un puesto de cuadros pintaba un chimpancé — una persona no humana, aclararon los locales, que una vez pintó un puente cayéndose antes de que se cayera. Lo que pintaba ahora no lo entendía nadie: una estructura de hierro más grande que los edificios, como un tótem o una hoguera de metal, alzándose sobre París. La miré mucho. No existe, me dije. Todavía, me contestó algo adentro, con la voz del duende. Ustedes no la van a ver nunca, si Dios quiere. Nosotros la vimos pintada.
La absenta sobrenatural embotellada: el duendecillo verde y dorado posado en la copa, visible solo para el bebedor. La fée verte de los poetas del XIX, adelantada un siglo — y con adicción mayor incluida (038).
«Una persona no humana» que una vez pintó un puente cayéndose antes de que cayera. Lo que pinta ahora nadie lo entiende: una estructura de hierro más grande que los edificios.
La torre imposible es la Eiffel: en el ATEM ya existe — el Torneo Eiffel de 1890 (Los Reguladores) la espera del otro lado del siglo. Regla de continuidad del cómic: la torre solo existe como pintura profética; no se dibuja como estructura real.
En la calle de los banqueros dimos con un local llamado — les juro — Déjà Vu. Un mequetrefe de monóculo miró nuestra letra de crédito de tinta azul, murmuró sacrebleu, y nos pasó al gabinete del fondo: mármol, pisapapeles que eran varitas petrificadas, y un señor pelado con cetro — el cultero — que nos pagó al contado en diamantes, platino, perlas y bonos, e hizo el gran negocio de su año. Después vino la parte fina, y la parte fina en un banco es siempre una confesión: nos avisó, con toda transparencia, que a uno de los billetes entregados le había puesto un conjuro de rastreo. Amenaza velada, comercio abierto: él quería llegar a nuestros proveedores; nosotros queríamos las direcciones donde comprar magia. Intercambiamos direcciones y desconfianzas, todo en el mismo apretón de manos. Banca, le dicen.
De noche elegimos el teatro del pueblo sobre la ópera empelucada — en el bulevar del crimen daban París sin sol, con Matías el Inválido, y a la ópera que la paguen los que duermen tranquilos. En la puerta hubo trifulca: mi reparto de monedas atrajo matones, la cosa terminó a trompadas, y Casemiro empapó a uno de pies a cabeza con un chorro de agua conjurada. El empapado resultó ser un policía encubierto — "¡soy cana!", gritó, chorreando — y la barra entera lo bautizó en el acto: el suflé. El soplón, entienden. París pone los apodos más rápido que las condenas.
La función fue un grotesco glorioso que no les cuento entero, pero anoten dos cosas de esa platea. Un conde vestido a la rusa, con los ojos brillando en la oscuridad, que nadie más pareció notar — hay noches en que uno hace bien en no notar. Y a la salida, un canillita vendiendo el diario: en Londres, un asesino serial — el carnicero de la calle Morgan — entraba en las casas. Y en París, mañana, ejecutaban a tres hombres tenidos por republicanos.
Guarden el diario. En esta historia los diarios son profetas de mala paga.
Casa de cambio de trastienda mágica: varitas petrificadas de pisapapeles, libros de contaduría en lenguas diversas. El cultero paga al contado, confiesa el conjuro de rastreo con toda transparencia — y deja abierta la puerta: al banco le interesa tenerlos de agentes.
«El carnicero de la calle Morgan»: los crímenes de la Rue Morgue (Poe, 1841) como noticia de diario en el siglo equivocado — el eco es de la propia fuente. El Butcher será el gancho de Sarpaoli (048) y del Inferno de Londres.
El Boulevard du Temple histórico — teatro popular, melodrama y grotesco — con su función: Matías el Inválido y su paje castrador. Entre la platea, un conde vestido a la rusa de ojos brillantes que nadie más nota: un vampiro de visita que la fuente deja pasar.
«Mañana ejecutan a tres republicanos»: el canillita está vendiendo el arco siguiente — la víspera (caps. 06) y el rescate de Place Royale (cap. 07).
Entre la una y las dos de la madrugada caímos en la cuenta de que Nico — un mosquetero joven que se nos había sumado, del que no les hablé y me pesa, porque lo que sigue es su peor noche — se había apartado del grupo hacía horas. Lo buscamos por un callejón de esos donde París amontona su basura en grandes cajones de madera. De uno de ellos asomaba una pierna, blanca contra lo oscuro.
Era Nico. Desnudo, inconsciente, con una costilla rota. Apaleado, despojado hasta los calzones, y ultrajado — la palabra queda escrita una vez y no se repite, porque el muchacho merecía y merece esa piedad.
Y entonces mi amigo el espadachín hizo, delante de nosotros, lo que jamás hacía delante de nadie. Se quitó el guante de la mano izquierda.
Yo sabía — todos sabíamos, y nadie preguntaba — que La Plume llevaba siempre esa mano enguantada. Lo que había debajo era una mano grácil, fina, inconfundiblemente de mujer. La apoyó sobre el muchacho, y una luz tenue y dorada le cerró las heridas, le borró el dolor, y hasta el recuerdo del cuerpo le borró: despertó impecable, sucio y en cueros, sintiéndose como recién salido de una fiesta. Le dimos una capa y nos lo llevamos.
De esa mano no voy a decir más nada esta noche, dije entonces, y lo sostengo acá: hay prendas que se ganan con años, y el que quiera saber de dónde viene una mano de mujer en el brazo de un espadachín, que se quede en esta compañía las eras que hagan falta. Digo solamente esto: era la mano que curaba. En un grupo cosido a contratos, esa mano era lo único que dábamos gratis.
Habíamos llegado a las cuatro de la tarde sin más que un pergamino azul. Cerrábamos el día ricos, marcados por un banco, citados por una gitana, con un policía humillado que sabía nuestras caras — y con un solo nombre por delante: la Estrella Oscura de la Ilustración. Sobre los techos de París, insinuado en la trama de la noche, a mí me pareció ver un sol negro empezando a asomar. Nadie me lo confirmó. Nadie me lo negó tampoco.
El mosquetero: se apartó del grupo horas antes y su primera noche en París terminó en un cajón de basura — apaleado, despojado «hasta los calzones» y ultrajado. La curación le cerró las heridas; los recuerdos, no todos.
La mano izquierda SIEMPRE enguantada de La Plume: una mano grácil, de mujer, que cura. Es la única vez que se ve desnuda en la Parte I. La ficha del pacto que hay detrás — «T.», la mano que muere — espera en el arco del Plano de los Sueños.
El sol negro asomando sobre París: el sol niger de la alquimia, la nigredo — y la consigna del ñomo («¡el sol níger ha comenzado!», 031) impresa en la trama del grabado. Volverá como el sol negro del peto de Pépsico (lámina 156).
Del relato: VI. La víspera, o el anatomista
Nos instalamos en el hotel Astra, en la ruta de Versailles: terciopelos, caja de seguridad donde depositamos miles de monedas contra recibo, y un regalo esperándonos de parte de nuestros patrones de la montaña — cajitas de rapé, una dosis por cabeza, capaz de sostener a un hombre una noche entera sin dormir y sin resentirse. Los gnomos saben hacer regalos: te regalan exactamente la noche que vas a necesitar.
Y había una carta para La Plume. La leyó aparte, a la luz de una vela, con el látigo y la rapier cruzados sobre la mesa, y volvió con la decisión tomada: Golitsyn — el duque del asilo que nunca cobramos, ¿lo recuerdan? esta historia no pierde una sola ficha — estaba en París de embajador, y lo convocaba. No un duelo: un asunto de honor, una soirée. "Esta noche me quedo con ustedes, pero mañana tendré que partir." Se llevaría a Nico, que necesitaba ropa y cuidado. Y nos dejó su consejo de despedida, que era su manera de abrazar: "No se metan en problemas en los que yo no me hubiera metido."
Nos conocía. Sabía perfectamente que esa frase no prohibía nada.
Hotel de terciopelos en la ruta de Versailles: caja de seguridad contra recibo, valet de librea, «putas de alta sociedad» enmascaradas en la balconada. El transcript dice Astra; otras fuentes oscilan Astra/Astoria — se fijó Astra.
El regalo de los patrones del Nevermind: una dosis por cabeza, capaz de sostener a un hombre una noche entera sin dormir y sin resentirse. Quedan en reserva — y el arco de París les dará uso.
El duque ruso que ofreció asilo en el Este (la carta que el grupo nunca llegó a cobrar, cap. 02) está en París como embajador y convoca a La Plume. No un duelo: un asunto de honor, una soirée.
«No se metan en problemas en los que yo no me hubiera metido»: La Plume no estará en el rescate de Place Royale — el cap. 07 entero se juega sin él («se nos fue la Pluma»). El cómic respeta el hueco.
El valet del hotel era un lacayo de librea con una peluca empolvada tan barata que nevaba caspa de arroz, y por dos monedas de oro — contra las diez que juraba ganar por mes — nos contó la ciudad entera. Que el rey nuevo era un niño de once años que de príncipe había venido a jugar a ese mismo hotel. Que gobernaba el regente desde Versailles. Y que mañana, tras la misa, ejecutaban a los agitadores: hombres que andaban diciendo algo de un tercer estado — quejándose de que no se reunía hacía cien años — y que además no habían hecho las reverencias debidas al paso de las procesiones. ¿La pira o el hacha? Las dos cosas: lo echaba la suerte. Ateos terribles, dictaminó el valet, mientras ofrecía conseguirnos la prensa ilegal y juraba entre risas no ser él mismo un agitador.
Fuimos a mirar el terreno como viajeros curiosos. En la Plaza Real, junto a la fortaleza que llamaban la Bastilla, se levantaba una empalizada, gradas para la multitud, y una plataforma pequeña: el patíbulo. Se vendía prensa del Verdugo, que todavía no había llegado: el Verdugo era la estrella de la función, y esa frase, señores, se las dejo así, cruda, porque describe a París mejor que todos mis bulevares. Y arriba, en la fortaleza, un detalle que Casemiro señaló con el bastón y que ninguno olvidó: los cañoncitos no apuntaban solamente hacia afuera.
Apuntaban también hacia la plaza. Hacia el público. El poder le tenía el cañón puesto a su propia platea, por si el espectáculo salía mal.
Esa noche, en el balcón, con una vela, la decisión salió sola, como salen las verdaderas: íbamos a rescatar a los condenados.
Lacayo de librea y peluca empolvada barata que suelta polvo: por dos monedas de oro (contra las diez que jura ganar por mes) cuenta todo — y ofrece la prensa ilegal, jurando que «lo único que he agitado algunas veces es el ganso».
Luis XV tenía cinco años en 1715; acá tiene once y jugó de príncipe en este mismo hotel. El regente es llamado «Luis Felipe de Orleans» [sic] — el histórico es Felipe II de Orleans; el lapsus es de la mesa y se conservó tal cual.
Condenados por «andar diciendo algo de un tercer estado» que no se reúne hace cien años (históricamente: de 1614 a 1789, 175) y por no reverenciar procesiones. El ancien régime destilado en una causa penal.
Los cañoncitos de la Bastilla apuntan también HACIA la plaza: el poder que teme a su público. El día del rescate, la culebrina apuntará al corazón de la niebla (043) — «si algo sale vivo de ahí, fusílenlo».
Ahora tengo que presentarles a un hombre, y lo voy a hacer en dos capas, como se presentó él: la fachada primero, la verdad después. La fachada la conocimos en la víspera. La verdad la supimos — la supe — mucho más tarde, y se las adelanto porque el Archivo sabe más que yo, y esta crónica le debe al Archivo la mitad de sus certezas.
La fachada: se llamaba Steve Reyes y era americano. Anatomista. Estudioso del cuerpo humano con propósitos médicos, cuadernos llenos de disecciones dibujadas, los órganos en fila junto al cuerpo. Había tomado el trabajo temporario que nadie quería, el trabajo que mancha: ayudante del verdugo — el perito que se inclina sobre el torturado, le susurra por atrás, y dictamina si se puede seguir. Fumaba. Miraba el cadalso por la abertura de la tienda como quien va a un picnic. A veces le caminaba por el hombro un escorpión vivo, y uno decidía no preguntar, porque en la víspera de una ejecución todos tenemos nuestras mascotas.
La verdad: lo habían criado en un barco mercante que también contrabandeaba, y en cada puerto bajaba a las bibliotecas a rapiñar las partes prohibidas del saber. Así, solo, sin maestro, aprendió lo que nadie debe aprender: que los muertos se pueden levantar. Ensayó con animales un rito del viejo Egipto — hacer de un gato un Osiris, vendarlo como a los animales sagrados, tomarlo en el agua — y nadie en el mundo conocía su secreto. Despreciaba la debilidad y la religión de la debilidad; creía en el hombre superior. Y su ambición más honda, confesada a nadie y anotada por el Archivo con la tinta que se usa para las cosas enormes: ir a buscar el cuerpo de un santo enterrado, y levantarlo. Para ver dónde estaba el poder. Y qué quedaba de él.
Ese hombre esperaba detrás del patíbulo, acomodando cuadernos. Nosotros íbamos a ir a ofrecerle un trato. Piensen, mientras cruzamos la plaza, quién le estaba por dar la mano a quién.
Necromante americano autodidacta, criado por un capitán mercante que también contrabandeaba; rapiñó las partes prohibidas de las bibliotecas de cada puerto. Fachada perfecta: anatomista, perito, ayudante del verdugo — el trabajo que mancha y nadie quiere.
Hacer de un gato un Osiris: tomarlo en el agua y trabajarlo como los antiguos a sus animales sagrados. El ensayo egipcio del necromante — clínico, no truculento, como pide el guion. Nadie en el mundo conoce su secreto.
Los santos jansenistas enterrados en las afueras, cuyas reliquias producen «ataques que unos llamaban de epilepsia»: los convulsionarios de Saint-Médard (París, 1727–1732). Historia pura bajo la diégesis — y el fervor del joven Auret (047).
«Esperaba en la tienda de los peritos, atrás de todo, mirando, como quien va a un picnic»: en dos láminas ese mismo hombre hundirá la cara del Verdugo en el plomo (042). El cigarrillo y el escorpión al hombro son sus dos firmas.
Del relato: VII. Place Royale, o el punto contra el sistema
La mañana del sábado empezó en la calle arabizante de los alquimistas, donde el viejo Ataturk — fez con borla, doble chaleco almidonado, y una guerra comercial abierta con su propia esposa, que es el único conflicto de esta crónica que sigue sin resolverse — servía café espeso a sus mejores clientes de la temporada, que éramos nosotros, porque ya le llevábamos compradas doce o trece mil monedas de oro en maravillas.
Y entre sus invitadas, dos princesitas que parecían eslovenas. Magda y Krisina. Las rehenes silenciosas de la montaña, devueltas a nosotros por caminos que ninguna de las dos contó completos — con arrugas nuevas que pesaban como veinte años. ¿Había pasado de verdad tanto tiempo, o la magia del monte las había drenado a ellas también? No lo preguntamos en voz alta. Nos miramos las manos, todos, y pedimos más café.
Sobre la balanza del tendero — estábamos justo en el mes de la balanza; a esta historia le gustan esos guiños — uno de los nuestros pesó tres mil monedas por una copa que graba en la memoria los sueños del que bebe, y exigió que se la llenaran hasta el borde con el duende verde. La bebió ahí mismo. El precio verdadero lo pagó el cuerpo: convulsiones a la vista de todos, un colapso fulminante, y una sed que le quedó prendida a la carne para siempre. "Es un tipo duro", les explicamos al tendero y al barrio, mientras su escudero se lo llevaba en andas. Era la pura verdad. Duró cinco horas dormido y soñó cosas que la copa le guardó grabadas, y algunas de esas cosas después pasaron.
El tendero turco de gala — fez con borla de seda, doble chaleco, coturnos — en guerra comercial con su propia mujer, la de la copa de oro. «Ya les llevaba ganadas doce o trece mil monedas»: el gran beneficiario del paso del grupo por París.
Magda y Krisina reaparecen — las rehenes silenciosas del monte (030) — como «princesitas eslovenas», con arrugas nuevas que pesan veinte años. El Ripple las alcanzó a ellas también: «¿había pasado tanto tiempo, o la magia del monte los había drenado?»
Tres mil monedas pesadas en la balanza — «estaban justo en el mes de la balanza» — por la copa que graba en la memoria los sueños del bebedor. La copa «de Baltasar» de la gitana (032) y este cáliz NO se fusionaron: el consolidado los mantiene distintos.
Yo alquilé por cincuenta monedas una habitación con balcón sobre el flanco sur de la plaza — un palco de los que se alquilan caros porque se les supone un uso galante; el mío fue arco, pociones y libro de notas, que es mi idea del romance en vísperas de un rescate. Desde ahí se veía todo: el rectángulo cerrado de la Plaza Real, una sola entrada, las gradas llenándose desde temprano, la gente guardando lugar para el espectáculo.
Abajo, entre las tiendas, uno de nosotros fue a conocer al anatomista. Un vino de por medio, la charla rodeó el oficio — "me pagan parte en metálico y parte en otras sustancias: los cuerpos" — hasta que no hubo más vueltas que dar:
— Yo vengo a liberar a estos hombres.
Steve Reyes tenía su propio credo, y nos lo dijo con el cigarrillo quieto: la revolución y el verdadero poder de la ciencia iban a suceder en París, y para sostener la farsa del trono moría gente que creía en la razón. El doble de oro y el doble de cuerpos, ofrecimos. Trato hecho, dijo el hombre que quería levantar santos. Las manos se estrecharon. Mientras tanto, Magda y Krisina conseguían asiento en los palcos de damas, junto a viejos ricos de esos que pagan por lucir jovencitas y no meten mano: la infiltración más fina es la que el infiltrado paga de su bolsillo.
Cincuenta monedas de oro por la habitación con balcón sobre el flanco sur — «de las que se alquilan caras porque se les supone un uso erótico». Oratiol la vuelve puesto de francotirador: arco, pociones, libro de notas.
Rectángulo cerrado de doscientos por cien metros junto a la Bastilla, una sola entrada por la Rue Saint-Antoine, gradas, palcos — y los cañones de la fortaleza apuntando a la propia plaza: «las ejecuciones de revolucionarios son, a veces, el punto de inicio de una revuelta».
«El doble de oro y el doble de cuerpos»: Steve entra al grupo por contrato, como todos — la campaña empezó en un contrato (003) y no dejará de firmarlos hasta el contrato de Inferno del propio Oratiol (Parte II).
No todo salió fino. El primer ayudante del verdugo — un hombretón de barba azulada — resultó ser un viejo conocido mío: "¡Amigo mío! ¿Cómo va la producción?", me abrazó, y me regaló una mascarita de verdugo de recuerdo. Subimos a mi palco a buscar unas tenazas que faltaban para la función.
La vieja amistad terminó a golpes, y los golpes terminaron en algo irreversible. Lo cuento contra la pared, en sombras, como lo muestra la lámina, porque así lo recuerdo yo también: hay escenas que la memoria tiene la decencia de darnos de perfil. Digamos que el barbazul no bajó del palco, y que quien conozca el cuento del Barbazul original sabrá que a veces el nombre le queda grande a la barba, y a veces la barba es prestada — pero eso pertenece a noches futuras.
Hubo un testigo: un jovencito de mosquetín apostado en el balcón de enfrente, valiente como un pequeño diablo, que sacó su espadín, pinchó una mano intrusa y le puso al fugitivo un tiro de sal en las posaderas. Es la única viñeta cómica que esta jornada permite; ríanse ahora, que viene el plomo. Acudió una patrulla con un investigador de lentes, y la escena podía hundirnos a todos — y la salvó la sangre fría del perito. Steve Reyes había deshecho el problema con su arte: la carne rápidamente descompuesta, el esqueleto perfecto y limpio guardado en su valijita de médico. Recibió a los guardias con la flema de la profesión: "Soy el médico de las pericias. Vine a buscar un esqueleto, era pesado, me ayudaron a moverlo. ¿Cuál es el problema?"
Todo verdad, fíjense. El hombre no mentía nunca. Elegía qué verdad decir, que es un arte marcial superior.
El primer ayudante del verdugo, hombretón de barba azulada y viejo conocido de Oratiol («¡Amigo mío! ¿Cómo va la producción?»). Por contexto sería el «Messire de Molin» que contrató a Steve — el audio no lo cierra.
El apodo viene de Perrault — y en el corpus será además una identidad usurpada: la máscara del «falso Barbazul» reaparecerá en el consejo de la cofradía (lámina 054) cuando se investigue quién quemó al Verdugo.
El esqueleto pulcro en la valijita y la patrulla recibida con calma: «soy el médico de las pericias». La misma flema — decir verdades que ocultan todo — lo llevará entero a los calabozos de la Bastilla (045–046).
En cinco minutos, anunciaron, empezaba la función. Nuestro plan tejía varios hilos, y el más fino lo tejía Magda: moviéndose entre la muchedumbre con su parasol blanco, sembró en las cabezas de ocho hombres del pueblo llano — un panadero, un carpintero, hombres rudos — un pensamiento que creerían propio: lo tienen bien merecido… pero son hombres como nosotros. Y más tarde, otro: yo podría ser uno de ellos. Recuerden las semillas. Las semillas son el evento principal de esta jornada, aunque tarden en florecer, como corresponde.
Yo planté sobre la plaza un ojo arcano — un ojo volador, invisible, mío: parte de los poderes que la montaña me vendió a precio de veinte años; ya llegaremos a la factura completa. Casemiro soltó insectos espías rumbo a la fortaleza. Y entonces entró la procesión, y les pido silencio, porque esto lo vi desde el palco y no me lo olvido más.
Los reos venían en carreta abierta, en camisa, con cirios de cera encendida de dos libras atados a las manos atenazadas, quemándolos gota a gota — así se hacía, señores; el suplicio del viejo régimen era una liturgia con manual, y la nuestra era una época en que la crueldad tenía coreógrafos. El corredor desde la Bastilla iba flanqueado por alabarderos; la gente tiraba cosas, puteaba o bendecía. En el cadalso esperaba el instrumental: rueda para descoyuntar, espada, hacha, tenazas, un brasero con plomo para verter fundido. No existía aún la guillotina. Escríbanlo así, con ese aún que hace todo el trabajo: esta historia sabe cosas sobre esa máquina que no puede contar todavía.
Y la comitiva: el Gran Verdugo, Monsieur David, vestido de rojo, enmascarado, un showman de voz de miel que no pronunciaría una sola palabra en toda la función, porque los grandes artistas no explican. Su hijo, el Eliminador, cargando hachas y cuchillos. Y el Gran Inquisidor, un viejo de chivas con papeles en la mano como contratos — porque ¿qué es un ejecutor sin un demagogo? Nada, señores. El hacha es muda. Siempre hay que buscarle el que habla.
El trabajo más fino del plan: ocho hombres del pueblo llano — un panadero, un carpintero — con un pensamiento sembrado que creerán propio. Y más tarde otro: «yo podría ser uno de ellos». La revuelta de la 043 se planta acá.
Los reos en camisa, en carreta abierta, con cirios de cera de dos libras atados a las manos atenazadas: el ritual de la amende honorable — literal del suplicio de Damiens (1757) que abre Vigilar y castigar. La lámina es una página de Foucault dibujada.
El cadalso es artesanal: rueda, espada, hacha, tenazas, plomo a fundir. La guillotina NACERÁ en este cómic — invocada con una hostia frente a Notre Dame (lámina 075): su origen diegético está registrado como candidata prioritaria del COTEJO.
El Gran Verdugo Monsieur David, de rojo, showman de voz de miel que no pronuncia palabra en toda la función; el Eliminador, su hijo cuchillero; y el Gran Inquisidor de chivas, demagogo del cadalso con papeles como contratos. En audio, «Monsieur D'Ablier»: normalizado por la ficha, a ratificar.
El dron de vigilancia de Oratiol sobre la plaza: parte de los poderes que pagó con veinte años de envejecimiento — el paquete incluye la puerta dimensional mensual que decidirá el rescate (043).
En la carpa de preparación, el Verdugo pasó revista y encontró la falla: el plomo no estaba puesto a fundir. Steve Reyes, que jamás había asistido una ejecución, señaló la hornalla con gesto servicial — "ahí está el plomo caliente, señor" — y cuando el gran hombre se inclinó a mirar, le agarró la cabeza y se la hundió contra la plancha.
No estaba líquido el plomo. Fue como hundirle la cara en una sartén a doscientos grados. La máscara y la piel se fundieron juntas, y el aullido paró la plaza.
Todo se desató a la vez. El Eliminador le clavó a Steve un cuchillo de carnicero entre las costillas, y luego otro. El Gran Inquisidor quiso dar la voz de alarma y descubrió que no podía hablar: Magda le había echado encima una afasia en el camino — mírenlo en la lámina, rojo de furia, con el grito dibujado y vacío; no hay venganza más exacta contra un demagogo que dejarle el gesto y quitarle el texto. Y cuando el Verdugo, medio incorporado, gritó "¡guardias!", Magda se asomó a la carpa y le dijo unas palabras muy dulces, muy de miel.
El Gran Verdugo de París se durmió sobre su propia plancha. La bruja no alza la voz jamás, ya se los dije. Duerme carceleras, duerme verdugos. Algún día, si nos portamos bien, nos va a dormir a todos.
Las cicatrices del plomo no se le irán, y cargará la vergüenza de no haber podido ejecutar: el arco de redención del Verdugo frente a Notre Dame (cap. 10) que su propia ficha ya registra empieza en esta plancha.
El globo vacío tachado: la afasia que Magda le echó al demagogo en el camino. Cuando recupere el habla la usará para encender la caza de brujas — «¡son brujos! ¡agentes del diablo!» (043).
«Palabras muy dulces, muy de miel», y el Gran Verdugo de París dormido sobre su propia plancha: el sueño encantado de Magda ya venció a Mamica (016) y volverá a decidir escenas enteras. La bruja no alza la voz jamás.
Casemiro, con una máscara de gato puesta — acuérdense de la máscara, que en unas horas va a resultar profética —, se plantó junto a la carreta y conjuró una niebla espesa de veinte pies que se tragó el punto exacto del mundo donde estaban los presos. Treinta guardias rodearon la bruma con las picas caladas. La culebrina — el cañoncito de la plaza — fue emplazada apuntando al corazón de la niebla: si algo sale vivo de ahí, fusílenlo. Los cañones hacia adentro, les dije. Siempre terminan usándose.
Dentro de la niebla gasté lo que había pagado caro: una esfera de invisibilidad sobre mí y sobre uno de los condenados, y luego el poder grande, el de una vez por luna, el que me costó los veinte años — una puerta en el aire. Desaparecí con el prisionero y aparecimos a quinientos ochenta pies, junto al muro de la ciudad, cerca de los molinos. Los grilletes, sépanlo, quedaron tirados en el empedrado, vacíos: las puertas del aire tienen sus reglas sobre qué hierro pasa y qué hierro queda, y no las discuten con nadie.
Afuera, la semilla de Magda floreció. Media docena de hombres del pueblo estalló: "¡Suéltenlo! ¡Hipócritas!" — piedras, botellas, un rumor de motín que nadie esperaba, y cuando digo nadie incluyo a los que lo habíamos sembrado. Y nuestro compañero duro — el de la copa y el duende verde, despierto ya de su colapso — se subió a la ola: incitó a la turba a los gritos y se lanzó él solo contra la línea de piqueros.
Lo recibieron tres picas caladas. Lo atravesaron. Siguió de pie. Cortó un brazo de un tajo con su espadón, así atravesado como estaba, y recién entonces cayó, cosido a hierro. Y la muchedumbre enardecida se lo llevó — se llevó pedazos de él, envueltos en pañuelos, como reliquias de un mártir de la revolución.
Ustedes querrán saber cómo se cuenta la muerte de un compañero. No se cuenta: se esquiva, y yo la esquivé años. Pero esta crónica tiene una deuda con ustedes y la pago: lo vimos morir esa tarde. Y lo volvimos a ver después, vivo, con sus cicatrices repartidas y una historia que nunca cerró del todo. ¿Cómo? La suerte le debía una, es la única respuesta que tengo. En esta compañía la suerte lleva libros de contabilidad, y a los tipos duros les abre crédito.
El resto fue dispersión: el capitán de la guardia — un profesional que no se comía los mocos — sacó de la plaza a los dos condenados que aún tenía y los devolvió a la Bastilla entre columnas de a seis en fondo. Krisina, impasible en su palco, activó dos veces una gemita verde, y el artillero de la culebrina, confundido, terminó disparando el cañón a cualquier parte en medio del tumulto; la gente, entre el terror y la fiesta, llegó a aplaudir creyendo que el show seguía. El Inquisidor, con el habla recuperada y unos lentes de cristales rojos que veían a través de mi niebla, predicaba fuego: "¡Son brujos! ¡Agentes del diablo!" Técnicamente correcto, gritado por la persona equivocada. Magda escapó convertida en un cuervo de sombras sobre los tejados. Casemiro se fue por las paredes, invisible, a lo suyo. Y Steve Reyes, detenido como sospechoso, sostuvo su fachada ante un detective — sabiendo que su contratante era precisamente el hombre cuyo esqueleto pulcro viajaba en su valijita. No le creyeron del todo. Se lo llevaron.
A él lo veremos entrar a la Bastilla en un rato, y juro que entra mejor de lo que salió de la plaza.
El compañero atravesado por tres picas que sigue de pie, y la multitud que se lleva pedazos como reliquias: el sparagmos — el despedazamiento ritual de la víctima sagrada — y, a la vez, el culto de reliquias revolucionarias que Francia conocerá con Marat.
El poder que le costó a Oratiol veinte años de vida, utilizable una vez por luna: desaparecer con el condenado y reaparecer a 580 pies, junto al muro. Los grilletes quedaron en el empedrado — la mesa discutió largamente si los hierros viajaban; el Narrador falló que quedaban, «sin sentar jurisprudencia».
Las semillas de la 041 florecen: «un rumor de motín que ni el propio Narrador esperaba». Primer punto contra el sistema — y primer quiebre público de París, que la ficha del grupo registra como el comienzo de su leyenda.
Magda escapa «convertida en un cuervo negro fantasmagórico, plumas de sombra volando sobre los tejados»: la forma que anticipa a Edgar, el cuervo que un día heredará su lugar entre los vivos.
Junto al muro, lavé al rescatado con agua conjurada, le saqué las esposas y le pedí perdón: "Lamento no haber podido llegar a tus hermanos. Pero todavía tienen tiempo para la revolución. Necesitamos usar tu red." El hombre — al que iban a descuartizar, reventar y quemar en mil pedazos por hablar de un tercer estado — nos guió a los barrios bajos, y de los barrios bajos, abajo.
Y así llegamos, señores, a esta noche. A estos arcos, a esta agua, a estas antorchas. A los hombres con máscaras de gato — les dije que la máscara de Casemiro era profética — y a los hombres rata de las sociedades secretas, y a la consigna con que nos recibieron y que cierra el día mejor que cualquier moraleja mía:
— Gatos y ratones juntos: vamos a hacer la revolución.
El saldo del amanecer que viene lo saben ustedes igual que yo: un condenado libre y dos devueltos a la fortaleza; el Gran Verdugo vivo pero marcado para siempre, con la vergüenza de no haber podido ejecutar; un compañero repartido en reliquias por París; otro en manos de la justicia; y la ciudad entera murmurando que algo se quebró hoy en la Plaza Real. Nadie sabe todavía quiénes somos. Pero le hicimos un punto al sistema.
Eso conté. Y acá el vaso de la historia debería quedar vacío — si esta noche no siguiera pasando mientras la cuento.
El inframundo parisino bajo los arcos de las cloacas: hombres con máscaras de gato y hombres rata de las sociedades secretas. «Gatos y ratones juntos: vamos a hacer la revolución.» La Chapelle presidirá su consejo en la 054.
La cofradía subterránea es la Cour des Miracles de Notre-Dame de Paris, bajada un piso: el hampa como contra-sociedad con su propia corte, sus máscaras y su consigna de clase.
Un rescatado, dos devueltos a la Bastilla: el saldo incompleto. El encargo de liberar al jugador célebre — Lejeune Auret (047) — volverá a meter al grupo en la fortaleza por la puerta del póker.
Del relato: VIII. Los tres hilos de esa noche
Lo que sigue no lo conté yo en las alcantarillas, porque no lo sabía. Lo escribo ahora, años después, con lo que el Archivo juntó de cada boca. Mientras nosotros contábamos bajo tierra, la misma noche corría arriba por tres hilos. Ténganlos juntos, como los tuvo la noche.
El primer hilo entra a la Bastilla. En la plaza ya no había ejecución sino represión, y al costado del camino militarizado habían dejado a uno de los revoltosos empalado en alto, como un pelele de palo de mayo — el escarmiento también tiene su cartelería. A Steve Reyes lo llevaban veinte guardias; el Verdugo iba con media cara abrasada y el látigo en la mano; el Inquisidor, mudo otra vez de pura furia, señalaba. El anatomista invocó una presunción de inocencia que en este mundo no existía, y eligió no resistirse: "Señálenme el camino, yo iré de buena voluntad."
Y en la comitiva conoció a un hombre singular. Un etíope enteramente occidentalizado, vestido de noble, la mano en el corazón: "Su fama le precede: Ganibal." Ahijado de Pedro el Grande, educado entre los espíritus luminosos de París, acompañaba a los rusos que querían ver cómo se interrogaba aquí. Se ofreció, suave, como dador de informaciones. Y deslizó, como quien comenta el clima, que tenía acceso a un mundo de fantasmas, con una conexión más cerca de lo que nadie creería. Steve fingió no haber oído hablar de ningún mundo de fantasmas. Los dos supieron que los dos mentían. Así se saludan los profesionales.
El moro de Pedro el Grande: etíope enteramente occidentalizado, ahijado del zar, educado «entre los espíritus luminosos» de París; espía y «dador de informaciones» que insinúa acceso a un mundo de fantasmas, el Ghost World.
Abram Petróvich Gannibal, el africano de Pedro el Grande y bisabuelo de Pushkin: el referente histórico es directo, hasta en el ingeniero cortesano. En Antiterra, Pedro vive exiliado en Siberia y el Gran Khan domina Eurasia: la divergencia es deliberada y se conserva tal cual.
El revoltoso exhibido en alto «como un pelele de palo de mayo» sobre la Rue Saint-Antoine: el escarmiento tras la ejecución fallida. El guion lo pide en silueta, no en detalle.
«Es un poco más que un perfume»: el pañuelo ofrecido entre dedos enguantados queda en la mano de Steve al salir de los calabozos (046). Regalo o correa: la ambigüedad de Ganibal cabe entera en ese objeto.
Los calabozos olían a sangre baldeada. Damas de hierro contra los muros, antorchas rusas bajando la escalera, y el Verdugo — cara de pesadilla, mitad cuero quemado — haciendo él mismo la primera pregunta, cara a cara: "¿Quién fue el único que lo ayudó a usted cuando le quemaron la cara? Diga la verdad."
"Traté de apagar el hierro en el que le metieron la cara."
Era cierto. Y sonó cierto. Ya conocen el arte marcial del hombre. No alcanzó: lo colgaron de la cuerda — la estrapada, la vieja tortura del reino, con un conjuro susurrado al oído que amenazaba quebrarle la columna según lo que respondiera —, tiraron, y el dolor lo atravesó entero. Le abrieron la camisa. Lo dieron vuelta como una media.
Y en la espalda, desplegado de hombro a cintura, apareció el escorpión.
El mismo signo del blasón de Praga, el de los jinetes de la primera noche — tatuado en la piel del hombre que acabábamos de sumar a la compañía. ¿Qué significaba? Esa noche, ni Steve lo hubiera contado entero. Digamos por ahora que hay órdenes en este mundo que marcan a sus hombres donde solo la tortura los lee, y que nuestra historia acababa de cruzarse con una de ellas por segunda vez sin saberlo.
Entonces el hombre bien vestido levantó una mano.
"Disculpen: me dieron aquí el poder de veto real, y en este momento considero que no hay que hacerle más preguntas al señor." Nadie discutió. Una mano alzada, en el sótano más temido de Francia, y las cuerdas aflojaron. Ganibal argumentó que aquel herido merecía la hospitalidad del rey, qué mejor para los libros de historia que llevarlo a beber entre los inválidos y los condenados; y lo sacaron de allí, vejado y fresco, apretando los dientes, con un regalo en la mano. Un pañuelo perfumado. "Es un poco más que un perfume. No se puede entrar a un lugar así sin perfume."
Un poco más que un perfume. Cuando sepan quién era de verdad ese hombre cortés — y esta crónica lo sabrá, láminas adelante —, vuelvan a esta escena y decidan ustedes si aquello fue un regalo o una correa.
Desplegado de hombro a cintura: la primera revelación pública de la marca de Scorpio de Steve Reyes. La Orden del Músculo Dorado (051–052) explicará el signo — el mismo del blasón de Praga (004).
La corda o estrapada: tortura judicial real del Antiguo Régimen — colgar del preso por las muñecas atadas a la espalda. Acá potenciada por un conjuro susurrado al oído «que amenazaba quebrarle la columna según lo que respondiera».
«—Traté de apagar el hierro en el que le metieron la cara.» Era cierto, y sonó cierto: la misma flema del «médico de las pericias» (040). Steve no miente nunca; solo elige qué verdad decir.
Una mano alzada basta para detener un interrogatorio de la Bastilla: la potestad concedida a Ganibal en la corte francesa. Nadie discute el veto — y el prisionero sale, vejado y fresco, hacia el brindis de los Inválidos.
El segundo hilo lleva sedas. Krisina no supo nada del rescate: mientras ardía la plaza, ella salía del brazo de un banquero — Sir John Law, el que trajo a Francia la idea de que el papel vale oro; denle tiempo a esa idea, que también explota — y a la retirada pescó a un marqués venido a menos que se alojaba en su mismo palacio del Marais. Se presentó como la marquesa de Ebenor. Ebenor, capital de la Atlantia, hundida hace mil años. El marqués, deslumbrado, no verificó. Ríanse con cuidado: la mejor mentira de Krisina era, como todas las suyas, una verdad con el vestido cambiado — pero eso no me toca contarlo a mí esta noche.
Más tarde, sola frente al espejo del tocador, empolvándose, Krisina no estaba sola. En el espejo había dos pelirrojas. Detrás de su reflejo, burlona, había aparecido la súcubo — la de la cama de agua, la que se llevó la hostia adentro del cuerpo. Su patrona, sépanlo de una vez: nuestra compañera tenía patrona, y la patrona tenía alas.
Le traía advertencias, y le traía un plan, y el plan era París entero: esta ciudad, dijo, sería otro campo de la guerra que venía. Ellas no jugaban a la estrella de cinco puntas: la suya tendría siete. Siete sellos en siete barrios, y cuando se unieran, llamarían a la revolución. La hostia era una de las puntas. "Pero hay otras." Y había un encargo: en los sótanos de París se jugaba, los domingos — el Día del Señor, porque a esos jugadores les gustaba ser iconoclastas —, un póker muy especial. Un póker de hostias. Uno de sus grandes jugadores, un literato joven y célebre llamado Auret, estaba preso en la Bastilla — demasiado famoso para ejecutarlo sin fabricar un mártir. Que Krisina convenciera a sus compañeros de liberarlo: razones no nos iban a faltar. El póker no sería este domingo sino el siguiente.
Y jugaría la Estrella Oscura de la Ilustración.
"Que descansen", se despidió la súcubo, y las dos pelirrojas volvieron a ser una. Así se cerró el segundo hilo: con nuestra compañera sabiendo ya el camino que nosotros, abajo, todavía brindábamos por descubrir. Krisina siempre supo antes. Cóbrenselo a ella, no a mí.
La cuna fingida de Krisina: Ebenor, capital de la Atlantia, hundida hace mil años. La mentira dice la verdad — Krisina FUE reina de la Atlántida (interludio del cap. 01), y Rojasal la ve como «la viva efigie de Ana de Rohan».
El banquero del brazo: John Law, histórico introductor del papel moneda en Francia con el favor del regente (el Sistema de Law, 1716–1720). El año diegético coincide con el histórico casi al día.
Siete balizas-sello en siete barrios de París; cuando se unan, «llamarán a la revolución». La hostia es una de las puntas — «pero hay otras». La Sucubina sigue tejiéndola en el arco que empieza (049+).
Joven literato y dramaturgo preso en la Bastilla, gran jugador del póker de hostias, «demasiado célebre para ser ejecutado sin fabricar un mártir». El encargo: que Krisina convenza a sus compañeros de liberarlo. Razones no les faltarán.
Y el tercer hilo es el que esperaba sentado enfrente nuestro, con la brizna de paja y el diario doblado.
Cuando terminé de contar, la ley del vaso hizo su trabajo: el que escucha, paga con la suya. Y el petiso pagó. Venía de las planicies de la frontera entre Rusia y Polonia, dijo. Había vivido de cazar búfalos hasta que uno — el líder de la manada, de pelaje claro y ojos de fuego — se le paró enfrente un amanecer y le transmitió, sin palabras, que dejara de matar a su familia. Desde entonces no cazaba búfalos: cabalgaba aquél. Se llamaba Sarpaoli, y había venido a París persiguiendo a un carnicero — un matador de bisontes que los mataba a roletes sin aprovechar la carne, con ritos macabros, pieles arrancadas, huesos humanos entreverados. Pero el Carnicero ya no estaba en París: se había ido a Londres, y los diarios traían sus crímenes al lado de la noticia de nuestro rescate. Nos mostró la página: su monstruo y nuestro motín, columna contra columna, como si el diario supiera algo que nosotros no.
"Algo se había despertado", dijo, mirando el papel. "Algo grande y mal."
Nadie brindó por esa frase. Arriba, su bisonte pasaba la noche estabulado entre las caravanas de los gitanos, frente a la Bastilla, comiendo tranquilo — la imagen más pacífica de toda esta crónica, y la más falsa: no hay paz en un animal sagrado esperando frente a una prisión. Abajo, su jinete se quedó con nosotros, con el diario en la mano, esperando a que la ciudad lo llamara a jugar.
Nos iba a llamar a todos. El domingo que viene se jugaba un póker de hostias, y en esta compañía nadie, jamás, se perdió una mesa.
Bárbaro de las planicies ruso-polacas: vivía de cazar búfalos hasta que el líder de la manada se lo prohibió sin palabras. Corren por su sangre ecos viejos — Ringol el del tronco, el Oso Ruso que decía que todos nacemos iguales y sin embargo estamos encadenados.
El bisonte de pelaje claro y ojos de fuego que impone el tabú de caza: el búfalo blanco sagrado de las praderas — el animal-jefe que habla al cazador arrodillado, motivo clásico del folclore de cazadores.
El Carnicero ya no está en París: se fue a Londres, y sus crímenes salen junto a la noticia del rescate — es el «carnicero de la calle Morgan» del diario de la 033. El gancho apunta al Inferno de Londres. «Algo se había despertado; algo grande y mal.»
La líder bajita de la cofradía, el rostro casi nunca visible, joyas — algunas falsas; con ella, Druxa la ballestera, el enano revienta-portones, el químico, el jugador. El bisonte, que no soporta encierros, queda estabulado entre las caravanas gitanas frente a la Bastilla.
Del relato: IX. El que enterraba a los muertos, o la era de Scorpio
Aquella noche el vaso se vació con el alba, como corresponde. Pero la historia no: la historia siguió llenándose, y de acá en adelante les debo una advertencia de método. Hasta aquí les conté lo que contamos; desde aquí cuento también lo que pasó mientras contábamos, y lo que pasó en los días que vinieron, cuando ya nadie tenía tiempo de sentarse a contar nada — porque desde esa semana el vaso se llenó siempre más rápido de lo que podíamos vaciarlo. Lo sé por el Archivo, lo sé por las bocas de los otros, y algo lo sé por mí, aunque de mi memoria de esas noches conviene ir desconfiando desde ya. Van a entender por qué al final de esta jornada.
Empiezo por un hombre que no conocíamos y que ya andaba detrás nuestro — no como los galgos: como los perros de otro dueño, y de un dueño mejor.
Mientras París amanecía militarizada, en la plaza malograda quedaban dos plataformas de madera, el poste, y una veintena de cuerpos tendidos. La turba que había muerto en el caos: semi-inocentes, gente que había ido a ver sangre y terminó poniéndola. Pasaban carromatos camino de la misa; alguno pasó por encima de un cuerpo; alguien tiró un par de monedas. Así paga París a su platea.
Un hombre se quedó. Un hombre de fe sencilla, sin armadura vistosa, con manto de viaje y una maza que no había usado. Buscó a las familias de los caídos y pagó de su propia bolsa — quinientas monedas de oro — sepultura digna para todos. A la madre que gritaba que su hijo había estado en primera fila le puso la mano en el hombro y le dijo lo que un cura de Roma no le hubiera dicho: "Hay dolor, hay dolor. Pero hoy debemos llorar a quienes cayeron de esta manera injusta." Los deudos lo llevaron a una taberna del barrio más pobre, y en la puerta pasó un carromato cargado de barricas, y una cayó y se abrió, y la gente mojó hasta los pañuelos al grito de milagro — la tabernera, más práctica, contó once barricas de la docena que le debían y siguió haciendo negocios; los milagros, en el Faubourg, no interrumpen la contabilidad. Cuando le preguntaron a quién rezaba, el hombre no lo ocultó: era cristiano, pero no del Dios que rezaban acá, "porque acá están todos podridos". Guió un rezo sin jerarquía, a la manera de los herejes buenos de Port Royal. Alguien, entre los vasos, bromeó que hacía falta repartir Biblias: "Gideon nos guiará." Guarden el chiste. En esta historia hasta los chistes de taberna son profecía.
En dos días de entierros y limosnas se hizo un nombre entre los pobres, y cuando pasaba la policía los revoltosos lo tapaban con sus mantas. "Él no es un revoltoso", explicaban. "Pero le pegó al coso." No hay en todo París una teología más exacta que esa frase.
PJ nuevo: hijo de refugiados del Monte Análogo — la montaña celestial que «ahora no está» — criado entre los jansenitas de Puerto Real. Gastó su propia parte del tesoro, quinientas monedas de oro, en dar sepultura digna a los muertos de la plaza. Su nombre no se dice en ninguna fuente.
Herejes a ojos de Roma: la religión no debe oprimir y los milagros pueden darse entre la gente común. El rey mandó cerrar sus casas y llegó a prohibir a la divinidad hacer milagros en ese suelo — historia real de Port-Royal y de los convulsionarios, vuelta carne de campaña.
La barrica caída en el Faubourg Saint-Antoine, tomada por milagro («¡él nos trajo esto!»): origen de la fama del paladín entre los pobres. La tabernera, más práctica, contó once barricas de la docena que le debían y siguió haciendo negocios.
En la taberna alguien bromeó que hacía falta repartir Biblias: «Gideon nos guiará». Dicho de parroquianos — y semilla del caballero del escudo que entra en la 054. En esta crónica hasta los chistes profetizan.
El paladín — así lo voy a llamar, porque su nombre no lo dijo nunca y a esta altura sospecho que no lo diría ni bajo la estrapada — nos buscaba. Había decidido rastrear a la gente que liberó a los condenados, aunque el camino pasara por una cofradía de ladrones; él respetaba la ley, pero no podía respetar aquella ley, y en ese pliegue exacto viven los hombres como él.
El camino le cobró peaje por adelantado. Un veterano enorme — un metro noventa y cinco de cicatrices, que también buscaba a la gente de la Chapelle — quiso saber si el hombre de fe se la bancaba, y se lo probó de un puñetazo que le abrió la frente. La respuesta del paladín, sangrando: "¿Contento? Un golpe como ese podría haber matado a alguien." Le valió una cita: a medianoche, junto al reloj de los dragones.
El reloj de los dragones es una estatua con forma de reloj de arena gigante, en una plaza blanca de la que parten cinco o seis calles: el lugar de la última defensa de París, trescientos años atrás, contra un dragón que quiso atacar la ciudad — porque los dragones existen, señores, solo que hace trescientos años que duermen, y las ciudades levantan relojes donde los vencieron para no mirar el reloj de cuándo despiertan. Entre las sombras de la escalinata lo esperaba una figura pequeña, encapuchada, que hizo una seña con una vela y la apagó con la lengua. La cofradía tenía quejas — a ellos les estaban cargando los muertos del rescate — y tenía noticias: los que él buscaba ya no dormían en guardillas; se habían mudado al lujoso hotel Astor, y uno paraba en la Sorbona. No eran hombres del verdugo, dijo la sombra, pero andaban con gente peligrosa: los filósofos. Me van a permitir que no me ofenda: es la única ficha policial que me enorgullece.
Y vino el trato. Que el paladín dejara una ventana del Astor abierta, para que la cofradía revisara los papeles de sus compañeros — solo mirar, sin robar, sin dañar. El paladín puso su condición, que era exactamente él: aceptaba si nadie salía lastimado; y a cambio pedía que la cofradía dejara de robarle a la gente común y se le uniera. Un ladrón y un santo pactando junto a un reloj de arena del tamaño de un dragón: díganme si esta ciudad no estaba pidiendo a gritos lo que le terminó pasando.
Un metro noventa y cinco, cicatrices, casco rudo y una bolsa llena de armas quitadas a guardias y comerciantes. Probó al paladín de un puñetazo que lo dejó sangrando; la respuesta le valió la cita de medianoche.
Estatua con forma de reloj de arena gigante, en una plaza blanca de la que parten cinco o seis calles: el lugar de la última defensa de París contra un dragón, hace trescientos años — los mismos trescientos años que llevan durmiendo los dragones del mundo.
El paladín deja una ventana del Astor abierta para que la cofradía revise papeles — solo información, nadie dañado —, y a cambio pide que la cofradía deje de robar a la gente común y se le una. «Esperemos que esto sea algo provechoso», dijo la sombra.
Ahora crucen conmigo el océano, veinte años hacia atrás, porque el Archivo me presta sus ojos y hay una granja en las afueras de Boston que ustedes tienen que ver.
Un huérfano dejado en la puerta de una casa elegante, una mañana de lluvia. Lo crió una criada, con sus cuentos de muertos, en una casa donde se discutía filosofía política en un clima de hermandad — porque la granja era la sede de una orden fraternal, con la crema de la sociedad bostoniana entre sus miembros y una red de cavernas bajo tierra: la Orden del Músculo Dorado. El niño demostró un don que no se enseña: el don del lado de la barrera de la muerte. Y lo terminó viendo el hombre que había que ver: John Scott, un noble filósofo al que más tarde llamarían el archimago.
Lo iniciaron de jovencito. El manto negro de los neófitos, el tatuaje, la venda en los ojos, el juramento — guardar los secretos, perseverar en la búsqueda del conocimiento, con la promesa de que nunca se le pediría nada inmoral, aunque en vías del conocimiento uno pudiera hacer cosas que otros considerarían inmorales. Lean dos veces esa cláusula, que está redactada por ángeles de escribanía. Cuando le quitaron la venda, el muchacho vio por primera vez un salón que no sabía que existía, dorado bajo la constelación del Escorpión. Hoy lleva el manto gris de los iniciados, plegado en una valijita de médico, en una guardilla de París.
Sí: les estoy contando la infancia de Steve Reyes. El anatomista tenía logia, y la logia tenía siete grados, y él conocía tres. Hasta no llegar a maestro no sabría siquiera quiénes eran los miembros del nivel superlativo. Trabajar a oscuras para una casa que no se deja ver el techo: en eso, el necromante y nosotros éramos ya colegas sin saberlo.
Logia masónica de Boston: granja elegante con red de cavernas, la crema de la sociedad entre sus miembros, rama femenina de caridad. Siete grados, de los que los comunes conocen tres: neófito (manto negro), iniciado (gris), maestro. Para la orden, la necromancia es un área de estudio admisible.
Noble filósofo de la logia bostoniana; vio el don del niño — «el don del lado de la barrera de la muerte» — y lo tomó bajo su ala. Más tarde lo llamarían el archimago.
A Steve lo crió una criada con sus creencias de santería y sus cuentos de muertos, en una atmósfera de discusiones de filosofía política. Las dos herencias — los muertos y la política — son exactamente las dos mitades de su vida parisina.
Iniciado, segundo grado: hasta no llegar a maestro no sabrá quiénes son miembros del nivel superlativo. Por eso su sospecha sobre Ganibal (052) es solo eso — una sospecha; la orden se protege de sus propios miembros por diseño.
Fue la astrología la que lo trajo a París — la judicial, la que no solo predice sino que dicta cuándo actuar. En la orden se decía que París está en la era de Scorpio: el signo de la muerte y la corrupción, pero también un error de vida — lo mismo que envenena es lo que sana; la decadencia como posibilidad de renovación; su opuesto y complementario, Tauro, la riqueza y el asiento. Querían a alguien del lado de la muerte en la ciudad, y le consiguieron el cargo de anatomista justo antes de la ejecución de los tres. La consigna no era hacer la revolución: era ser una célula durmiente. Que lo que tenga que morir muera, y lo que tenga que sanar sane. "Asegúrate de que el escorpión sea tratado con el debido respeto."
Y el mundo según la orden, que Steve puso en orden esos días con la prolijidad con que ordenaba esqueletos, explicaba de paso nuestra historia entera. Que la sociedad más antigua de este mundo se retrotrae al primer rey Escorpión de los egipcios y a la diosa Selket. Que con ella se asocia a las últimas reinas de una dinastía subterránea: la Elizabeth de Inglaterra que festejó su centésimo cumpleaños — la Spell Queen, derrocada por una flota que entró por el Támesis; ¿reina bruja, reina liche, reina vampiro? rumores del vulgo para explicar la longevidad — y la reina Eva de Huizinga, la polaca casada con el rey de Bohemia, encerrada en su torre por intrigas de corte. ¿La reina encerrada de Praga, se acuerdan, la de la primera noche de esta crónica? La misma. Las historias largas no tienen personajes secundarios: tienen personajes que todavía no volvieron.
Y entendió Steve, por fin, por qué lo habían soltado en la Bastilla cuando le vieron el escorpión en la espalda: Ganibal, el moro cortés del pañuelo, tenía en la orden un cargo que algunos llamaban el Gran Llamador. El único miembro superlativo del que sospechaba. Anoten el título junto al pañuelo perfumado, y no les digo más — no porque me guarde el secreto: porque a esta altura de los hechos nadie de nosotros sabía cuánto pesaba esa palabra, y esta crónica cuenta con las ignorancias puestas.
Mientras sus compañeros no aparecían, el hombre metódico organizó su semana: una carta de investigador visitante le abrió el inferno de la Sorbona — el salón de los libros prohibidos, donde los códices se encadenan como perros bravos — y allí se encerró de la apertura al cierre, copiando de los libros lo que los libros no le hubieran dado por las buenas.
Astrología judicial — la que no solo predice sino que dicta cuándo actuar. Scorpio: muerte y corrupción, pero también error de vida; la decadencia como posibilidad de renovación; su opuesto y complemento, Tauro, la riqueza y el asiento. La consigna de Steve: que lo que tenga que morir muera y lo que tenga que sanar sane.
Los tártaros — turcos y mongoles bajo un Gran Khan que algunos dicen inmortal, reviviendo en cada sucesor — dominan Eurasia; los rusos escaparon a América; los dragones duermen hace trescientos años; la pólvora solo existe mágicamente. La geopolítica entera de Antiterra en una viñeta-mapa.
Elizabeth de Inglaterra, la Spell Queen centenaria, derrocada tras la batalla naval que remontó el Támesis — ¿lich, vampiro, sangre élfica? rumores del vulgo para explicar la longevidad —; y Eva de Huizinga, encerrada en la torre por intrigas, sus mosqueteros desbandados. El frente de reinas que gobierna esta Parte II desde lejos.
El enviado de Pedro tiene en la sociedad arcana un cargo que algunos llaman el gran conjurador. Liberó a Steve de la Bastilla al ver el escorpión tatuado: el único miembro superlativo del que Steve sospecha — y con razón, dirá el resto de la campaña.
El salón de los libros prohibidos — conjuros y necromancia entre tomos encadenados. Una carta de investigador visitante le abrió la puerta, y Steve se encerró de la apertura al cierre, copiando. Contacto de emergencia: preguntar en el salón del Barón de Holbach por Dijk den Rot.
Del relato: X. La redención del verdugo, o las gárgolas
Vuelvo ahora al hilo nuestro, y vuelvo unos pasos atrás, porque el relato — como el grabador — trabaja por pasadas, y en la pasada anterior les debí una escena: cómo nos reencontramos después de la plaza.
El punto de reencuentro era un molino rojo al borde de la ciudad. Ahí fuimos cayendo de a uno, cada cual con su noche encima: el joven Auret, exaltado de gratitud, besando a todos a la rusa y pidiendo a gritos un gorro frigio y una pica para empezar la revolución ya mismo — el idealismo de poco vuelo tiene esa hermosura de cachorro que uno no se anima a retar; yo, rojo y con los ojos amarillos que me quedaron de tanto poder mal comprado, con mi capa verde nueva; Casemiro, huesudo, con esas protuberancias de la frente que ya no disimulaba; Magda impecable en medio del barro, como si el barro le debiera plata. Steve no vino: Steve ya se había escabullido de sus custodios de los Inválidos, invisible, con otro rostro puesto — pero pasó por el hotel a dejarme una nota. El hombre casi no hablaba, y sin embargo avisaba. Hay cortesías que valen una amistad.
Y Auret nos llevó abajo. Bajo el barrio donde en tiempos romanos se alzaba el Coliseo de Lutetia, entre arcos viejos por los que corre agua limpia, donde se oye a lo lejos una flauta que acompaña a las ratas — no pregunten; nosotros tampoco preguntamos —, tiene su nido la cofradía: saltimbanquis, cortabolsas, chicas de cartas fáciles, hombres de nudilleras. Y presidiéndolo todo, la mujer pequeña cargada de joyas que ya conocen, con un jugador a un lado y un guardaespaldas de garrote claveteado al otro. Al que le preguntó el nombre le contestó apenas: paciencia e inteligencia. Con los días se dejó llamar La Chapelle. Con los años, ni eso.
Punto de rendezvous al borde de la ciudad tras la ejecución malograda. El rojo del molino es la única excepción arquitectónica a la reserva semántica del color en todo el arco de París.
El rescatado de la primera ejecución: exaltado de gratitud, besaba a todos a la rusa y pedía a gritos gorro frigio y pica. «Los Auret» quedará como nombre genérico de los revoltosos idealistas de poco vuelo — por oposición a los revolucionarios serios de la 055.
Oratiol, el hombre rojo de ojos amarillos de animal que predica que el verdadero dios está dentro de cada uno; Casemiro con sus protuberancias óseas y sus ojos que ven en la noche; Magda impecable en medio del barro «como si pisara un palacio». Tres maneras de atravesar el mismo lodo.
Tras la estrapada intercedieron por él «un moro y un afeminado» — el moro se llamaba Ganibal. Steve no esperó al que pidió su indulto: se escabulló invisible, dejó una nota para Oratiol en el hotel y se perdió en la ciudad con otro rostro. Deberle la vida a alguien que no conocés es la peor de las deudas.
Bajo el barrio donde en tiempos romanos se alzaba el anfiteatro, entre arcos antiguos de agua limpia, anida la cofradía: saltimbanquis, cortabolsas, chicas de cartas fáciles — y a lo lejos una flauta que acompaña a las ratas. París tiene sótanos más viejos que Francia.
En el entrepiso abovedado, sobre un planchón de barco tendido entre barriles, se celebró consejo — y en ese consejo confesé algo que ahora les confieso a ustedes, con la reserva del caso: la ciudad entera creía que el Barbazul, el ayudante principal, era quien había hundido la cara del Verdugo en el plomo. El Barbazul, ustedes lo saben, viajaba a esa hora en una valijita, pulcro y desarmado. Al que vieron correr con su fama fue a otro. "A mí me vieron como el Barbazul", dijo alguien en ese consejo, "yo me disfracé" — y la parte de mí que se atribuye las mejores escenas jura que el que habló fui yo. La otra parte anota, como buen cronista, que las voces de esa bóveda se pisaban mucho. Elijan la versión que más los abrigue: es lo que hacemos todos.
Lo importante fue el plan. En los salones de los intelectuales peligrosos — el círculo del barón de Holbach, donde concurren hombres como Diderot — se juega los domingos, en criptas y calabozos, un juego secreto de gente que se anima a firmarse atea: el póker de hostias. Lo que se apuesta son hostias consagradas. Y uno de los grandes jugadores es un preso de la Bastilla al que los guardias sacan de su celda cada domingo para llevarlo a la mesa: Voltaire, el satirista que ofendió a demasiados nobles. Ahí estaba el resquicio, y lo dijo la cofradía con la limpieza de los teoremas del hampa: el que tiene al jugador tiene el juego.
En ese consejo se nos sumó, además, un desconocido que acompañaba a La Chapelle: un caballero grande y sereno de armadura casi plateada, un escudo enorme a la espalda, algo antiguo y lejano en el porte, sin heráldica ni casa. Se presentó con dos palabras: "Gideon, sin más." El chiste de la taberna del paladín, ¿se acuerdan? Gideon nos guiará. Las tabernas de esta ciudad profetizan mejor que sus catedrales. Y La Chapelle deslizó sobre el planchón un regalo para la infiltración: una banda de metal con siete engarces vacíos, sin piedra alguna. Siete huecos esperando. Retengan el número, que esta jornada lo va a repetir hasta el escalofrío.
Pero el domingo amaneció con otra noticia, corrida de boca en boca hasta los pescaderos: el rey — la Regencia — había dispuesto que el verdugo pidiera disculpas públicas. A las siete de la tarde, frente a Notre Dame, monsieur David haría retractación pública con los dos condenados que no habíamos podido salvar; se susurraba indulto, perdón magnánimo. Casemiro pidió la palabra, y antes que nada un minuto de silencio por el compañero caído que había hecho posible todo aquello. Después puso sobre el planchón la sospecha de todos: nadie perdona así. Era raro el día en que un verdugo renunciara. Olía a trampa.
Dos eventos para un solo domingo: la retractación a las siete, el póker a la madrugada. La discusión de cuál rescate encarar — los condenados de la plaza o Voltaire de la mesa — se puso espesa, y justo ahí…
La mujer encapuchada cargada de joyas que preside el planchón de barco entre barriles, con un jugador a un lado y un guardaespaldas de garrote claveteado al otro. Al que preguntó su nombre le respondió apenas: paciencia e inteligencia. En otros tramos, «la Jahel».
El satirista que ofendió a demasiados nobles: los guardias de la Bastilla lo sacan de su celda cada domingo para llevarlo a la mesa del póker de hostias. Ahí está el resquicio del plan — el que tiene al jugador tiene el juego.
Caballero de armadura casi plateada, grande y sereno, con un escudo enorme a la espalda y algo antiguo y lejano en el porte. Se presenta sin heráldica ni casa, junto a La Chapelle. La broma de taberna de la 049 acaba de encarnarse.
Aro de metal con siete engarces sin piedras, regalo de La Chapelle para la infiltración — y posible ancla de «los siete sellos» del capítulo 11. En esta campaña los regalos son siempre programas de trabajo.
…justo ahí tengo el agujero. Otra vez, y les pido que no se cansen de mis agujeros, porque esta vez viene con moraleja.
De la retractación frente a Notre Dame no me queda nada de primera mano: ni el Verdugo arrodillado ante el portal con su media cara de cuero quemado, ni los dos condenados a su lado, ni el gentío. Lo que sé lo sé en gris, por el recuento y por una confesión que ya llega. Sé que arriba, detrás de un vitral de la catedral, una silueta de prelado observaba la plaza y anotaba caras — fichaba, como fichan los prestamistas y los inquisidores, que son el mismo gremio con distinta letra. Y sé cómo terminó la noche, porque en la fuga sí estuve: corriendo hacia el Marais antes de medianoche, bajando a la ribera donde las mujeres dejan flotando maderos con velas encendidas por sus enfermos — París reza también así, y ese rezo sí me gusta —, metiéndonos por las trampillas entre sacos de arpillera llenos de las primeras papas llegadas del Nuevo Mundo. Acabábamos de evitar una pena de muerte. Traíamos a los dos rescatados — Dalambre y la Mole Molière, los revolucionarios serios, no como los Auret de gorro frigio — y arrastrábamos además un trofeo: un prisionero encadenado con las mismas cadenas que él usaba para sus presos, golpeado, escupido de barro por la chiquilinada de la cofradía.
Estaba ciego. Los ojos vueltos, blancos, con cataratas totales. Era el hombre de la cara quemada.
Sí: el segundo rescate lo habíamos hecho. Los condenados estaban libres y el Verdugo de París era nuestro prisionero. Cómo — el asalto, los golpes, la niebla o lo que haya sido — no está en mi memoria ni en la de nadie que quiera contarlo entero. Hay noches que se ganan y se pierden a la vez, y la moneda con que se pagan es exactamente ésta: el recuerdo.
El jerarca de Notre Dame orquestó el perdón público como trampa: atraer a los libertadores, observarlos desde la catedral y ficharlos. «Se desembaraza» de instrumentos gastados — verdugos incluidos. Es el primer enemigo de la campaña que gana sin pelear.
El barrio que fue pantano: la ribera donde las mujeres dejan flotando maderos con velas encendidas por sus enfermos, y las trampillas entre sacos de arpillera llenos de las primeras papas llegadas del Nuevo Mundo. La historia de Francia cabe en una alcantarilla, si se sabe mirar.
Los dos revolucionarios serios rescatados en el segundo golpe — no como los Auret de gorro frigio. Con ellos, el trofeo: un prisionero con pinta de maldito inquisidor, encadenado con las mismas cadenas que él usaba para sus presos, ciego de cataratas totales.
Un soldado callado, alto, con mosquete, espada corta y la heráldica de un águila bicéfala medio borrada en el cuero: compañero nuevo de alguna hueste olvidada de los Balcanes. Su nombre no quedó capturado en la grabación — hay compañeros que entran a esta historia como salen las monedas viejas: gastados y sin cara.
El interrogatorio fue sucio, y no los voy a proteger de eso. Alguno le acercó pinzas a las uñas; otro le apoyó la espada en la tetilla — la misma liturgia que él administraba, devuelta —, y el ciego se reía. "Estúpidos", decía. "No entienden lo que está sucediendo." Y lo fue soltando, porque los hombres usados siempre terminan hablando de quien los usó: el perdón frente a Notre Dame había sido orquestado a propósito. El jerarca de su religión, monseñor Leapé, los había puesto de carnada para atraernos, observarnos desde la catedral, ficharnos uno por uno. "Ya están marcados. Leapé se desembarazó de nosotros y ahora se desembarazará también de ustedes." ¿Y qué haríamos — se burló —, ¿entrar a las patadas a Notre Dame? ¿Pensábamos salir de ahí?
La tortura nos partió al medio, y me alegra hasta hoy que nos haya partido. Cuando uno empezó a cortar la piel del encadenado, otro intercedió por la fuerza: una maniobra seca, y la espada del torturador voló al agua podrida de la alcantarilla. "Esto no tiene ningún tipo de honor." Se contestó que la revolución es para gente que tiene lo que hace falta; se recontestó que la revolución no es sacar tetillas. Yo anoto las dos frases y les dejo el pleito abierto, porque todavía es el pleito de toda revolución que conozco. En el forcejeo, el prisionero intentó tirarse al agua y ahogarse; lo impedimos entre varios. Entonces se sentó, sereno entre sus cadenas, y dijo la frase más incómoda de la noche: "Soy su único aliado. Y no van a poder recibir mi ayuda." Mientras tanto, medio grupo chapoteaba entre inmundicias buscando la espada del honor. La encontramos. El honor siempre aparece, en esta compañía; el problema es dónde.
Pinzas cerca de las uñas, la espada en la tetilla: la misma liturgia del suplicio que él administraba en la Plaza Royale, ahora vuelta contra el oficiante — que se ríe. El espejo más incómodo del arco de París: los libertadores repitiendo el gesto del verdugo.
Ojos vueltos hacia atrás, blancos, con cataratas totales; la cara quemada. El transcript alterna «inquisidor» y «verdugo»; las señas apuntan al verdugo del plomo, pero no se lo nombra monsieur David en el tramo conservado. «Soy su único aliado», dice, sentándose — y del Carnicero se niega: jamás sabrán dónde está.
Cuando uno empezó a cortar la piel del encadenado, otro intercedió por la fuerza: una maniobra seca y la espada del torturador voló al agua — «esto no tiene ningún tipo de honor». Sarpaoli replicaba que la revolución es para gente que tiene lo que hace falta. La discusión no se cerró nunca: la campaña entera es su continuación.
«Nos hizo tener el perdón frente a Notre Dame, desde allí los observó»: la composición dibuja lo que el ciego confiesa — la catedral jugando a las figuritas con los héroes fichados. El que mira desde arriba en la 055 v2 es la mano que mueve estas piezas.
Y entonces se oyeron los aleteos.
No eran murciélagos. Las trampillas redondas del alcantarillado saltaron arrancadas de cuajo desde arriba, y bajo la bóveda entraron volando, en línea recta desde Notre Dame, una docena de gárgolas. La última vez que habíamos pasado frente a la catedral, una de las gárgolas se nos había quedado mirando. Yo lo tomé por una impresión. Las impresiones, en París, tienen alas y toman nota. Seis por cada flanco, encajonándonos contra el canal, bajo la escasa luna de las rejillas — nosotros empapados, sin dormir, sin resuello, al final del día más largo que nos había dado esta ciudad. Nos pusimos espalda contra espalda. Alzamos lo que pudimos alzar.
Y acá está, señores, el agujero mayor de toda mi crónica. No el más doloroso — ese llega en unas páginas — pero sí el más grande: de lo que empezó en ese corredor de piedra no me queda absolutamente nada. Ni un golpe, ni un grito, ni una piedra rota. Ocho horas y media de mi vida que no están, como si alguien hubiera pasado sobre ellas un número repetido hasta gastar la cinta del mundo. Sé que sobrevivimos, porque estoy acá escribiendo con estas manos viejas. Sé — porque las noches siguientes lo dan por hecho — que de esa madrugada salimos incluso con hostias ganadas, lo cual sugiere que después de las gárgolas hubo mesa de juego, lo cual sugiere cosas de nosotros que prefiero sugerir antes que afirmar. La lámina que acompaña este párrafo se deshace en trazos a mitad del gesto, y así está bien: hay combates que solo pueden dibujarse inacabados, porque inacabados es como los tenemos adentro.
Una docena, venidas en línea recta desde la catedral: seis por cada flanco, encajonando al grupo empapado en el corredor de diez pies contra el canal de treinta. Una de las gárgolas se había quedado mirándolos «la última vez» — y de alguna manera los siguió hasta el Marais. Leapé no manda hombres.
Las trampillas redondas arrancadas de cuajo desde arriba encuentran al grupo sin descansar, sin resuello, después de dos rescates y un interrogatorio. Las gárgolas no eligen el momento por azar: son piedra, y la piedra sabe esperar.
Del relato: XI. La noche del Póker, vista desde afuera
Del póker de hostias — del adentro del póker — esta crónica no va a darles lo que no tiene. Va a darles lo que tuvo el mundo: las orillas. Una carta, una semana, y los ojos de un cuervo. Con eso alcanza para asomarse; asomarse es lo máximo que la prudencia permite en este capítulo.
La carta primero. Después de la primera noche de juego — aquella a la que yo solo pude sentarme firmando un contrato; ya llego a eso, no me apuren —, una de mis compañeras escribió a la reina Eva de Huizinga. Cuál de ellas, no lo voy a fijar: las dos saben escribir cartas que mueven reinos y las dos saben no firmarlas. Metió la hostia dentro del propio pliego, para que ningún mensajero se atreviera a tirarla — mensajero que carga una reliquia no la pierde ni borracho: la remitente conocía a los mensajeros y conocía a los hombres —, contó que la misión estaba cumplida, y pidió ayuda para un compañero: "el tío", escribió, había firmado por entrar al juego un contrato que lo dejó en la condición en que estaba, sin entender del todo lo que firmaba. El tío, señores, era yo. La condición, ya la irán viendo. El contrato, se los debo todavía un tiempo más; hay deudas que esta crónica paga en cuotas porque de contado no podría.
La respuesta llegó esa misma mañana, con la torre de la reina asomada en el pliego como una firma de piedra. Podía ayudarme, si le llevaban la copia del contrato: buscaría entre sus cláusulas la manera de evitarlo — una reina que lee la letra chica del infierno; después les extraña que uno les escriba con esperanza. Y a cambio corrió el telón del teatro entero: el póker no era un vicio de trasnoche. Era una pieza crucial para las que iban decidiendo como reinas, para cambiar el orden del mundo y salir del antiguo régimen patriarcal. En esa mesa se apostaba la invocación de los primeros guardianes de un gran juego mundial que estaba por empezar — el de las plataformas. Eran las eliminatorias. Había veinticuatro hostias concretas en juego; se jugaría fuerte ese domingo y los que siguieran, hasta que alguien se quedara con todas o todos se retiraran con las suyas. Dos guardianes por plataforma, según la época del año; los primeros por decidirse, los de Scorpio y los de Tauro. La reina pedía una sola cosa: que ganáramos la mayor cantidad posible. Y dejaba una advertencia de madre y de tahúr: ahí adentro valía todo, y los tramposos abundaban.
Junto a la carta apareció un cofre: un cofre donde el oro arrojado se volvía el objeto que uno deseara. El prototipo, en forma adelantada, de las piezas del juego que venía. Las doncellas de la reina jugaban con piezas que aún no existían en el mundo. Nosotros, con las de siempre: la vida, el nombre, la firma.
La respuesta de Eva abre el telón: el póker no es vicio de trasnoche sino la eliminatoria del gran juego de las plataformas — veinticuatro hostias, dos guardianes por plataforma según la época del año, Scorpio y Tauro primeros. Las reinas contra el antiguo régimen patriarcal. La campaña entera acaba de cambiar de escala en una carta.
Junto a la ropa de la remitente, un cofre donde el oro arrojado se vuelve el objeto deseado: el prototipo, «en forma adelantada», de los cofres de los juegos de plataformas. El lector de la Parte IV reconocerá la estirpe.
La reina pide una sola cosa — ganar la mayor cantidad de hostias posible — y deja una advertencia: ahí adentro valía todo. La 061 y la 062 mostrarán cuánto.
Entre una noche de juego y la siguiente se nos sumó un hombre nuevo, y era exactamente el hombre que faltaba: Dardo Bardín, periodista y marqués, el dandy verde — un caballero de pluma venenosa que odiaba a la nobleza francesa desde lo más profundo del corazón, lo cual, siendo él noble, les da la medida de su rigor. Dejaba de ser un combatiente para moverse en otras esferas, dijo. Las otras esferas eran los rumores, y los rumores, en París, son la artillería.
Le contamos lo de confianza y le mostramos lo otro: los sellos. Porque a la salida de la primera noche, la organización del juego había despachado a cada jugador con un doblón negro de hierro en cuya superficie, bajo la magia, latían sigils cambiantes de colores — cuatro escuelas de magia respirando juntas en cada pieza. Siete sellos vistos sobre la mesa, cada uno atado, parecía, a un día de la semana, quizá a un planeta. Y durante la semana, cada portador había ido — sin saber bien por qué, y esa cláusula del sin saber por qué es la que me eriza todavía — a un barrio distinto de París a dejar o activar el suyo.
Magda nos había hecho seguir con Edgar; Casemiro nos había sobrevolado hecho pájaro; con los dos registros cruzados armamos el mapa sobre la mesa. El Marais y la Place Royale, que fueron pantano antes que palacios. La Bastilla, el punto más alto de la muralla. Las Tullerías y el muelle del Louvre, monumento a la monarquía. Les Halles, los viejos mercados de carne, con la fuente de los Inocentes custodiada por esas estatuas que algunos llaman golems — los defensores del tiempo, que defienden de los dragones — a pasos de la calle donde Ravaillac mató a un rey. Y el Jardin des Plantes, con su zoológico y las ruinas del Coliseo. Siete puntos. Dardo miró el mapa como se mira una herida: "Voy a hacer un diagrama, y me va a saltar la estrella del diablo."
Le saltó. Y a la ciudad también: esa semana le robaron del hotel los papeles con todo su trabajo, y algunas de sus notas amanecieron publicadas sin su permiso, con el título que él no habría puesto todavía: prepárense — se viene la Revolución. En esta ciudad hasta los ladrones editan.
El dandy verde: periodista y marqués de pluma venenosa que odia a la nobleza francesa desde lo más profundo y sabe hacer correr rumores. Deja de ser un combatiente para moverse en otras esferas. La puesta al día fue explícita: cosas de confianza que no se repetirían ni con Krisina ni con Steve.
Sellos de hierro despachados a cada jugador a la salida de la primera noche: bajo la magia, sigils cambiantes de colores — encantamiento, evocación, nigromancia y transmutación latiendo juntas en cada pieza. Siete, atados a días de la semana, quizá a planetas.
El mapa reconstruido: el Marais y la Place Royale que fueron pantano; la Bastilla, donde fue La Plume; las Tullerías y el Louvre, donde alguien vio pasear al rey; Les Halles con la fuente de los Inocentes custodiada por los defensores del tiempo; el Jardin des Plantes de Dardo. Cada portador fue a su barrio sin saber bien por qué. Unir los puntos es el oficio del periodista — y del diablo.
Magda hizo seguir a los compañeros con Edgar; Casemiro los sobrevoló en forma de pájaro. El mapa de la mesa existe porque dos que no estuvieron en el juego miraron desde arriba a los que sí — el método de todo este capítulo, contado desde afuera.
Al cierre de la semana, a Dardo le robaron del hotel todo el trabajo — y algunas de sus notas ya habían salido publicadas: «prepárense: se viene la Revolución». En París hasta los ladrones hacen prensa.
Convencido por la evidencia innegable de los demonios — la frase es suya, y es la frase de un converso: Dardo no creía en nada hasta que el mapa le mostró la estrella —, el dandy salió a instruirse, y nos instruyó a todos. Descartó al exorcista de moda, un abate cruel y carísimo de las afueras de la Sorbona, y eligió al otro maestro: Le Chien, el Perro Bastardo. Un guerrero de provincias que vivía solo junto a un molino, la cara surcada de cicatrices, entrenando arqueros contra siluetas demoníacas de paja. Su doctrina cabía en dos frases y en una vida: "Los diablos vinieron con los ingleses, en la Guerra de los Cien Años. Y vinieron a quedarse." Todavía lloraba por Juana. Con él vivía su compañero de armas, un mediano redondo y afable — un Bilbo francés, si me permiten el préstamo de una biblioteca que no existe todavía — que mostraba con orgullo una vieja cicatriz de garra.
De esa mesa de provincia salimos con lo que hacía falta para las alcantarillas y para lo que las alcantarillas escondían: luz, energía positiva, y hierro frío — miles de monedas en hierro frío, comprado al doble en el mercado mágico, porque nos vendían al doble pero nos vendían: veníamos de ganar, y en todos los mercados del mundo el que gana paga la ganancia. Yo me había quedado con tres hostias — la de Voltaire, la mía, y una tercera de cuyo dueño diré solamente que perfuma sus pañuelos —, y guardaba bajo la cama, envueltas en cuero, cuatro armas de un metal negro que ningún cuchillo cortaba. Un hombre que guarda armas sin nombre bajo la cama de un hotel de lujo: ése era yo esa semana, y todavía me faltaba lo peor.
Guerrero de provincias que vive solo junto a un molino, la cara surcada de cicatrices, entrenando arqueros contra siluetas demoníacas de paja — y llorando todavía por Juana de Arco. Dardo lo eligió tras descartar al Abbé Le Creel, exorcista cruel y carísimo de las afueras de la Sorbona («el griego, que aquí es inferno»).
«Los diablos vinieron con los ingleses, en la Guerra de los Cien Años. Y vinieron a quedarse.» La estampa votiva de la viñeta funde historia y demonología — y la enfermera Gris, al final de la campaña, confirmará que los diablos entraron de verdad por un gran poema. Le Chien tenía el siglo equivocado y el diagnóstico justo.
El compañero de Le Chien, una especie de Bilbo francés con el que alguna vez echó a una banda de lemures. En Antiterra hasta los hobbits tienen cicatrices de guerra infernal.
Contra las súcubos de las alcantarillas las armas comunes no muerden: hace falta luz, energía positiva, hierro frío. El encargo por miles de monedas — el mercado mágico vendía al doble, pero vendía: venían de ganar — y las cuatro armas de metal negro que Oratiol guarda envueltas en cuero bajo la cama. Este arsenal decide la 066 y la 067.
De la gran noche — la última — Magda solo tuvo el relato de Edgar. Ella durmió en la guardilla; el cuervo veló afuera hasta el amanecer. Así que lo que sigue lo vio un cuervo, y yo se lo repito a ustedes como Magda me lo repitió a mí: con encuadres altos y bordes de pluma.
A las diez de la noche, entre resplandores de tormenta, entró por la chimenea de la guardilla una carta lacrada en rojo con una P: la invitación, a nombre del único que había dado el suyo. La traía un sirviente invisible — algo poderoso del plano del aire, que se quedó esperando junto a la ventana como se queda un pliegue en el aire. Debatimos: descansar y esperar otro domingo, o ir ya. "El problema", dijo alguien, "es que este domingo va a estar la hostia." Steve Reyes, hombre metódico, se retiró a dormir y no fue — y quiero que aprecien, con la distancia de los años, la estatura de esa decisión: el único de nosotros que supo decirle que no a esa mesa fue el que hablaba con los muertos. Los demás, madrugados y pasados de rapé, dimos nuestros nombres a la presencia de la ventana, recibimos nuestras cartas, y salimos.
Edgar nos siguió hasta la explanada frente a la Bastilla: los carros gitanos en torno a los fuegos, un tal Diente de Plata queriendo vendernos cualquier cosa, y el vagón principal — tapices pesados, felpa negra, inciensos — donde mandaba Future, el jefe de las caravanas, el andrógino de galera que impuso silencio en el campamento entero con un solo chasquido de látigo. ¿Les suena la galera? A mí me sonaba. La dueña del circo de Viena, la que me mandó saludos sin conocerme, la que vestía de futuro. Si eran la misma figura, dos, o tres, es una pregunta que el Archivo mantiene abierta con alfileres; yo digo solamente que el futuro, en esta historia, siempre usó sombrero.
Estuvimos media hora en ese vagón y salimos apesadumbrados, como quien carga un peso que no viene de ningún combate. Mientras tanto — Edgar lo vio, y los cuervos no editorializan —, mensajeros con cofrecitos fueron y vinieron dos veces entre el vagón y la puerta de la Bastilla. Minutos adentro; algo traído, algo devuelto. Un negocio, y la fortaleza estaba implicada. Hacia las dos y media bajamos al garito: una tienda montada sobre un agujero, con entrada de boliche — cordel, lista, un patovica llamado Bowser con media cara tatuada, y a su lado un torco gigantesco de doble hacha barriendo huesos. Barriendo huesos, señores; el detalle es del cuervo y yo no lo mejoro. Para descender había que pararse sobre una alfombra.
Edgar no vio más el interior. Nadie que pudiera contarlo lo vio.
Magda dormía en la guardilla — aquella noche se sintió muy mal — y el cuervo veló afuera hasta el amanecer. Todo el capítulo se cuenta desde ese toldo: la noche más importante del arco, vista por el único testigo que no podía entrar. El cómic encuadra en alto y mete plumas en los bordes por eso.
A las diez, entre resplandores de tormenta, entró por la chimenea una carta lacrada en rojo con una P, marca de hechicero: la invitación al póker del Día del Señor, a las tres de la madrugada, a nombre del único que había dado el suyo. La traía un sirviente invisible del plano del aire — que seguía ahí.
La figura del vagón — andrógina, de galera, que silencia el campamento entero con un chasquido de látigo — es Future: la jefa de las caravanas, ring leader de poder mesmerizante, la que sabe cosas del porvenir, la de la lotería ganada comprando todos los números y las hostias a cambio de almas. Ratificado por el autor (30/08/2026): el nombre «Philipper» que alterna en las fuentes pertenece a otra figura, posterior y distinta; toda esta escena es de Future.
Mensajeros fueron y vinieron dos veces entre el vagón y la puerta de la Bastilla, a cien metros: minutos adentro, algo traído, algo devuelto. Un negocio, y la Bastilla implicada. Edgar no sabía leer contratos, pero sabía contar viajes.
Una tienda montada sobre un agujero, con entrada de boliche: cordel, lista, el patovica Bowser de media cara tatuada, un torco gigantesco de doble hacha barriendo huesos. Para descender había que pararse sobre una alfombra. Edgar no vio más el interior — nadie que pudiera contarlo lo vio.
Cerca de las cuatro, alguien gritó que abrieran el toldo, y por el hueco iluminado desde abajo subió volando una mujer hermosa: un ángel negro, de plumas de cuervo, llevando a un hombre de la mano hacia lo alto.
Era Sarpaoli. El escudo embrazado. El hacha girando todavía — quiero que retengan eso: subía muerto de la mano de un ángel y el hacha seguía girando, porque hay hombres que ni la muerte agarra desprevenidos. El ángel le resistió el arma, le dio un beso en la frente, y lo soltó.
Edgar lo vio caer. Abajo se reían y señalaban, como quien comenta una jugada.
El que nos escuchó toda aquella noche del vaso, con su brizna de paja y su diario doblado. El que pagó la escucha con la historia del bisonte que le prohibió matar a su familia. El que movió la paja de la boca — una sola vez, su máximo elogio — cuando conté la locura de Casemiro a novecientos pies. Vino a París siguiendo a un carnicero y lo mató una mesa de juego; su bisonte de pelaje claro seguía pastando entre las caravanas cuando los gitanos subieron dos ataúdes del pozo y se los llevaron al Sena, justo antes del amanecer. La revolución es para gente que tiene lo que hace falta, había dicho él en la disputa del honor. Tenía lo que hacía falta. Lo apostó. Así se paga, en el garito de este mundo, tener lo que hace falta.
Los que salimos, salimos escalonados, y aun eso lo sé por el cuervo: La Plume primero; yo después, con una palmada del patovica en la espalda que todavía me arde en un lugar sin nombre; Dardo; Casemiro último. No fuimos a la guardilla donde dormían Magda y Steve. Fuimos al Astor, pedimos llaves nuevas, nos repartimos en suites separadas. A la mañana nos levantamos, desayunamos y no nos hablamos. La Plume juntó sus cosas y se fue sin despedirse de nadie. Casemiro amagó el camino de la guardilla, se agarró la cabeza a mitad de cuadra, se dio media vuelta y volvió al hotel.
Quien supo mirarnos con atención — y Magda supo, Magda siempre supo — vio lo que Edgar no podía nombrar: estábamos dominados. Un conjuro nos pesaba encima como pesa el agua en la ropa del que no se ahogó de milagro. Y por eso les dije, al abrir esta jornada, que desconfiaran de mi memoria: qué se jugó allá abajo, qué se perdió, quién murió y a manos de quién, no está en estas páginas porque no está en nosotros. El agujero no es mío esta vez. Me lo hicieron. Nos lo hicieron a todos, y caminamos una semana entera con el agujero puesto, sonriendo en los desayunos.
El Archivo, que sabe más que yo, fija dos cosas de esa mesa, y con ellas cierro la jornada porque más no tengo y menos no merecen. La primera: a la mesa se sentaron reyes y reinas de naipe con caras de este mundo — el satirista preso, el necromante, la bruja, la señora de las sedas de oriente, el señor de los gitanillos, y peores. La segunda: el ganador absoluto del póker de hostias fui yo.
Gané, señores. Y de todo lo que he cargado en esta vida de nombres prestados — la marca de la culpa, los veinte años, la media cabeza — ninguna deuda pesa como esa victoria. Lo que firmé para sentarme, y lo que esa firma fue cobrándose después, año por año, inocente por inocente, es la parte de esta crónica que más me cuesta, y la voy a contar — lo juro por la cuenta de rayitas de la Tiger — cuando las láminas lleguen adonde tienen que llegar. El que gana la mesa paga la casa. No conozco, a esta altura, ninguna ley más vieja.
La psicopompa del garito: una mujer hermosa que alza en vuelo al perdedor, le resiste el arma, lo besa en la frente y lo suelta desde lo alto. Muerte de Sarpaoli — el escudo embrazado, el hacha girando todavía. Murió peleando contra un ángel: no hay lápida que lo diga mejor.
El rito de descarte del póker: los gitanos cargan a los muertos del juego y los llevan al río justo antes del alba. Dos ataúdes subieron esa noche; un compañero reciente, Nico, no salió del garito.
Los que salieron, salieron escalonados, pidieron llaves nuevas en el Astor y no se hablaron. La Plume juntó sus cosas y se fue sola, sin despedirse; Casemiro amagó el camino de la guardilla, se agarró la cabeza a mitad de cuadra y volvió al hotel. Un conjuro les pesaba encima — y la «semana de la maraña» de la 063 es su resaca.
Qué se jugó abajo no quedó grabado; la ficha del Glosario fija la mesa sobre el texto madre: Voltaire Rey de Diamantes, Steve Reyes Rey de Picas, Magda Reina de Tréboles, Kimchi Princess Reina de Corazones, Future, Lord Gaul y la Fiebre. Ganador absoluto: Oratiol — con letra chica que la 064 empezará a confesar.
Del relato: XII. La rusalka, o la fuente de los inocentes
Fácil es el camino que lleva al Averno, decía Virgilio, y París le había abierto todas sus puertas: la del París antiguo y la del nuevo, la de la demolición y la del declinar, la de las alcantarillas con sus tapas redondas. Bajo esa ciudad tan escrita corría algo volcánico — una cama de magma de la revolución. Nosotros dormíamos encima. Literalmente: en el Astor.
El domingo amaneció con aire de primavera, y despertamos como traídos de vuelta desde algo mucho más profundo que el sueño. La semana de la maraña — así la llamamos después — quedaba atrás: noches sin memoria, papeles perdidos, la sensación de haber andado sonámbulos desde la noche del garito. En el desayunador de columnas nos fuimos juntando como náufragos que se reconocen en la playa. Gideon sin armadura, sereno, que había pasado la semana enterrando a los caídos de la catedral — en esta compañía siempre hay uno enterrando lo que los demás rompemos, y ya vieron que no siempre es el mismo. Steve con su carpeta de cuero, guiado hasta nosotros por su escorpión, que era su manera de ser puntual. Casemiro con galera y sandalias de hojas vivas, purificando comida en la vereda mientras charlaba con un caballo encantado, porque a esa altura ni los caballos se salvaban de su conversación. Magda con el peinado inflado a la nueva moda del globo, el cuervo anidado en lo alto del frizz como un vigía en su cofa, desplegando sobre la mesa un mapa de París lleno de números: llevaba días interrogando a unos compañeros que no podían responderle nada. "Acá estamos jugando un juego", dijo. "Tenemos torres, alfiles, peones. No sabemos quién es la reina, y no sabemos quién mueve las fichas."
Y entré yo. Me van a perdonar que me describa otra vez, pero es que la lámina lo pide y el espejo de aquella mañana también lo pedía: entré más joven de lo que había salido. Como si la década me hubiera pasado hacia atrás en el sueño de una noche — la espalda erguida, los ojos brillantes, una capa de clérigo bordada con los signos del zodíaco y, sobre los hombros, un paño de mesa de póker, porque la elegancia es decir la verdad con el vestuario. Todos habían envejecido veinte años en esta historia. Yo acababa de desenvejecer diez. Ya vamos a hablar del precio; primero déjenme decir la frase con la que me senté, porque sigue siendo la más honesta que dije nunca: "Yo solo sé que soy el as."
Seis o siete días desde la noche del póker: noches sin memoria, papeles perdidos, la sensación de haber andado sonámbulos. Por primera vez en semanas La Plume durmió bien, con la pluma en la mano — y por unos segundos, al despertar, disfrutó de ser feliz antes de que volvieran los recuerdos.
Ella no estuvo en la mesa del póker y llevaba días interrogando a compañeros que no podían responderle nada: el mapa lleno de números y palabras sueltas es su contra-partida. «Tenemos torres, alfiles, peones. No sabemos quién es la reina, y no sabemos quién mueve las fichas.» Tardará veinte años en saberlo.
Un pelirrojo más joven que la última vez, «como si la década le hubiera pasado hacia atrás en el sueño de una noche»: capa de clérigo bordada con los signos del zodíaco y, sobre los hombros, un paño de mesa de póker. «Yo solo sé que soy el as.» El precio de esa juventud se confiesa en la lámina siguiente.
Gideon pasó la semana haciéndose cargo de los caídos de Notre Dame; alguien dejó en su habitación una Biblia abierta con una inscripción de París: se hablaba de un hombre nuevo que hacía milagros. El eco de la barrica de la 049 le llega al caballero por correo anónimo.
Traía regalos: tres hostias. Y la original — la del grupo, la de la misión que nos había juntado en una taberna de Praga hacía una vida — se la puse en la mano a Magda: "Esta vez quiero que la tengas vos." Después me pidieron cuentas de cómo la había recuperado, y la mesa entera se congeló, y llegó por fin la hora de esta crónica de pagar la deuda que arrastro desde hace tres jornadas.
Para sentarme a aquella primera mesa del garito había firmado un papel con el señor que gobernaba los calabozos de la Bastilla: Monseñor Goull. Había vendido mi alma. Y no solo eso: había tenido que afirmar que Dios no existía — yo, que me había hecho adorar en una mina; el chiste se cuenta solo y no da gracia. "Fui, aposté mi alma, conseguí una y me llevé dos más", me defendí. "Si yo caigo, estas hostias quedan en buenas manos y pueden ayudar a los inocentes." Los caminos de vuelta eran pocos y atroces: pagar cien almas por la mía — "eso no va a pasar", cortó alguien, y le agradezco todavía el tono —, o cumplir el contrato, o encontrar la copia y estudiarle la letra. Alguno recordó, con la ironía amarga que era el pan de aquella mesa, que yo había recibido una hostia a cambio de mi alma y la acababa de regalar.
Todavía no había terminado el desayuno cuando se anunció una visita, y la visita era el principio de esta historia vestido de petimetre: Mishumarot. El cortesano de la Tiger, el del chocolate y el conjurito, el contratante de la primera noche. "No puedo creer que no se acuerden del pacto que tenían conmigo", dijo, y puso monedas sobre la mesa. Venía a llevarse lo que le debíamos hacía tanto: la hostia. Y el lore que dejó caer valía más que la paga: la misión de la primera noche había sido siempre de la reina Eva — la reina encerrada de la primera lámina de esta crónica, ¿me siguen? el círculo cerraba entero —, y la hostia era la prenda de una alianza entre reinas: Eva y la Elizabeth de Inglaterra, la del reinado de cien años, viva tras su caída. Un frente de reinas contra un poder oscuro que crecía.
Magda inclinó la balanza: la hostia debía llegar a destino. Se la entregamos con una carta, bajo la custodia de una capitana torca enorme, verdosa, de rodete y traje — la guardia personal de una reina presa es un catálogo de cosas que no deberían combinar y combinan. La paga llegó al mediodía: diez veces lo convenido, lingotes acuñados en estrella checa. "Nunca tuve tanta plata", murmuró alguno. Así se cerró, al fin, el primer capítulo de la campaña: la misión de la hostia, cumplida. Tres jornadas me costó llegar a esta frase. A nosotros nos costó dos países, una montaña, veinte años y un alma. La mía.
Para entrar al casino, Oratiol firmó con el señor de los calabozos de la Bastilla: vendió su alma y afirmó que Dios no existía. Caminos de reversión: pagar cien almas por la suya, cumplir el contrato, o encontrar la copia y estudiar su letra. Si cae, vuelve como demonio. La cifra «cien almas» va a perseguir a esta crónica hasta su capítulo 23.
Tres hostias sobre la mesa, y la original — la de la misión — entregada a Magda. Alguno recordó, con amarga ironía, que Oratiol había recibido una hostia a cambio de su alma y acababa de regalarla. Es la definición más corta que existe de este personaje.
El semielfo petimetre que los hizo callar en la taberna Tiger de Praga, contratante de la primera aventura, reaparece con monedas sobre la mesa: «no puedo creer que no se acuerden del pacto que tenían conmigo». La campaña acaba de morderse la cola: el primer encargo vuelve a cobrarse en el capítulo doce.
Eva de Huizinga — encerrada en una torre, no en un calabozo, caída en desgracia y sin embargo reina — trama con Elizabeth de Inglaterra, desaparecida tras la batalla de Nedway de 1686, cuando doce naves extrañas remontaron el Támesis y terminó un reinado de cien años. Fuerzas arcanas y de revolución contra un poder oscuro que crecía.
La guardia personal de la reina: una torca enorme, verdosa, de rodete y traje. La hostia partió con ella y con una carta de Magda; la paga llegó al mediodía — diez veces lo convenido, lingotes acuñados en estrella checa. «Nunca tuve tanta plata», murmuró alguno.
Quedaba la cuenta más fea de la semana perdida, la que había emergido en el sueño compartido: en la Fuente de los Inocentes había habido un sacrificio. Alguien había empujado al agua a una mujer — una inocente — y la había ahogado para pedir un deseo. Y el deseo se había cumplido. Quién de los dominados lo hizo, y qué pidió, es un griterío que mi memoria conserva como griterío: acusaciones cruzadas, un señalado, ninguna certeza que me anime a firmar. Hay páginas de esta crónica que prefiero dejar borroneadas a escribirlas mal.
Fuimos a la fuente al mediodía, bajo un cielo hermoso. La plaza era pequeña y estaba dedicada a la inocencia: enredaderas, bancos, un frontispicio donde Hércules recibía de Niké la corona. La última fuente del Renacimiento que quedaba en París, a pasos de la calle donde Ravaillac mató al rey que dio todo por París. Una pareja arrojó una moneda y se fue, y ojalá les haya ido bien, porque no sabían a qué alcancía le estaban dando de comer. Casemiro convocó a su pequeño elemental de agua, que se hundió a indagar. Y entonces vimos la imagen que no me borro más: unos cabellos negros desplegándose bajo el agua como si el agua fuera un cielo.
El agua creció hasta desbordar. Y sobre ella, en pleno mediodía de París, se alzó como una estatua viviente una mujer parada sobre el dedo meñique de un pie, el cabello larguísimo ondeando como si todavía estuviera sumergida, cubriéndola entera. Extendió la mano y dijo:
— ¿Dónde está mi hostia?
Una rusalka. La reina de las ninfas del agua — emparentada, supimos después, con aquellas del monte con las que alguna vez hubo un pacto. "Asesinos", dijo. "Dadme mi hostia y tal vez os perdonaré." Alguien le había prometido una hostia a cambio del deseo cumplido. El sacrificio de la inocente tenía acreedora, y la acreedora había venido a cobrar. Fíjense el patrón, que ya lo vieron en mi contrato: en esta historia todo el mundo firma pagarés con lo sagrado, y lo sagrado siempre manda a alguien a cobrar.
La última fuente del Renacimiento que queda en París, en el barrio de los mercados, con su frontispicio donde Hércules vence a un gigante y recibe de Niké la corona — a pasos de la rue de la Ferronnerie, donde Ravaillac asesinó a Enrique IV. De aquella muerte nació el suplicio ejemplar para regicidas y la doctrina de que el rey no muere. Los lugares de esta campaña siempre traen su propio expediente.
En la semana perdida, alguien empujó al agua a una inocente y la ahogó para pedir un deseo — y el deseo se cumplió. En la ronda de acusaciones la mesa estalló en gritos («¡Fue él! ¡Yo lo sabía!») sin que quedara claro qué se pidió ni por qué. La rusalka es la factura de ese deseo.
Casemiro rezó a su modo pagano y mandó a su pequeño elemental de agua a indagar; la respuesta fue la imagen de unos cabellos negros desplegándose bajo el agua como si el agua fuera un cielo. Hay avisos que solo entienden los que ya es tarde.
La reina de las ninfas del agua, alzada en pleno mediodía sobre el dedo meñique de un pie, el cabello larguísimo ondeando como sumergido. «Soy el poder femenino que se venga del hombre que me abandonó. Soy la reina.» Exige la hostia que le prometieron — y reprocha la muerte de un «dragoncito blanco» que ninguna fuente explica.
El combate fue una pesadilla de agua y cabello, y fue, también, la tarde más cara de la campaña.
Las trenzas negras se dividieron como serpientes y nos atraparon de a tres — yo, Gideon y Dardo colgamos del pelo de esa mujer como muñecos de una feria, apretados hasta el crujido, mientras ella danzaba sobre el agua sin que la magia la tocara: los gritos de bruja de Magda se estrellaban contra su naturaleza como piedras contra la lluvia. El escorpión de Steve trepó por la columna de agua llevando un conjuro en la cola, y ella lo aplastó de un golpe. El bichito que quiso picar a un gigante y quedó en el cielo: el mito de la constelación de Escorpio, jugado entero en una fuente de París — este mundo repite sus mitos como un músico repite las escalas, para no olvidarlos.
Lo que la fue doblando fue el hierro frío — el virote de Dardo que le arañó la mejilla fue la primera herida verdadera, y ella se la enjugó casi con admiración; la rapier de La Plume la hizo gritar —. Pero antes del hierro estuvo Gideon, y esto es lo que vine a contarles de esta lámina. Colgado de la trenza que lo estrujaba, dejó de hacer fuerza. Bajó el escudo. En el aire, quebrándose, le habló: "Sé que alguien te hizo daño y fuiste abandonada. No todos venimos a causarte daño. Vengo a resarcir el error que otro cometió con vos." Ella lo miró — juro que dudó — y le contestó lo único que un ser estafado por los hombres puede contestar: "Actos, no palabras."
Y después, herida y furiosa, retorció la trenza. Se oyó un ruido seco. A Gideon le quedaba un último resto de gracia para aferrarse a la vida. No lo usó. Se dejó ir pensando en su padre, colgado del cabello negro, frente a la fuente de los inocentes, y a lo lejos unos paseantes aplaudían creyendo que era teatro. París aplaudió la muerte del mejor de nosotros pensando que era un número. No los culpo. Nosotros tampoco supimos siempre cuándo la función era de verdad.
Los cabellos divididos como serpientes atrapan de a tres guerreros y los suspenden, apretando hasta quebrar huesos, mientras la criatura danza intocada sobre el agua. Su toque enciende una vergüenza avasallante hecha de deseo y culpa; la magia resbala sobre ella «como el agua sobre un pato». Todo el arsenal del grupo, inútil — menos el hierro.
El escorpión de Steve trepó por el agua con un conjuro de ultratumba en la cola y ella lo aplastó de un golpe: el bichito que quiso picar a un gigante y quedó en el cielo — el mito mismo de la constelación, jugado en vivo. El familiar del anatomista muere fundando su propio catasterismo.
El virote de hierro frío de Dardo le arañó la mejilla — la primera herida verdadera de toda la pelea — y ella se la enjugó casi con admiración. Contra lo feérico no valen ni la fuerza ni la fe: vale el metal que el encargo de la 060 trajo a tiempo.
Dejó de hacer fuerza, bajó el escudo en el aire y le habló con compasión: «vengo a resarcir el error que otro cometió con vos». «Actos, no palabras», respondió ella — y le quebró la columna. Le quedaba un último resto de gracia para aferrarse a la vida y no lo usó: se dejó ir pensando en su padre. Resucitará en el capítulo 13, por la fe de los que enterró y consoló — los actos, no las palabras, que había ido sembrando.
A lo lejos, paseantes aplaudían creyendo que era un espectáculo de artistas: La Plume esgrimiendo hierro frío contra una diosa del agua, leído como teatro callejero. París no se entera de sus propios milagros ni cuando le matan un paladín en la vereda.
La batalla la ganó la más vieja de las armas de Magda: la risa. Riendo su risa de bruja para debilitarla, insistió una vez más con el maleficio del sueño, y esta vez la rusalka no resistió. Se durmió en el aire, dulcemente. Las trenzas se soltaron, y la muchacha terrible se deslizó como una muñeca sobre el borde de la fuente.
Y sobrevino la discusión que más me costó de todas: qué hacer con el cuerpo dormido de la que acababa de matar a Gideon. La rapier apuntaba al corazón. La ballesta apuntaba. Y me planté yo — yo, que colgué de sus trenzas; yo, al que su toque le había encendido una vergüenza que era también, por primera vez en esta vida sin memoria, deseo. "No hace falta matarla." La alcé desde atrás, dormida, en un abrazo — sostenerla sin despertarla fue lo más difícil que hice con estas manos, incluida la mano de cuarenta y dos —, y los demás me vieron en la cara lo que había: "es una bella muñeca", dije, que es lo que dice un hombre cuando no puede decir lo que le pasa. La Plume, que siempre había declarado su amor por las causas perdidas, retiró la mano. Preparé las bandas de hierro frío, empecé a tejer sobre ella una runa de amor. Y aparte, sobre el pecho de Gideon tendido, una pluma escribía R.I.P.
Acá mi memoria tiene otro corte — se está volviendo costumbre, ya sé; a esa altura de la campaña la memoria de todos era un mantel de polillas —. El traslado de la cautiva a la granja del hierro frío lo sé por el después. Lo que no me cortó nadie es lo anterior, y con eso me alcanza para cargarlo: en la misma tarde, en la misma fuente, un compañero murió por ofrecer compasión y yo salvé a la que lo mató por no poder ofrecerle otra cosa. La fuente de los inocentes, señores. El nombre del lugar hace todo el trabajo.
Bruja contra bruja: los gritos de guerra de Magda se habían estrellado toda la pelea contra la naturaleza feérica de la rusalka. Ganó su arma más vieja — la risa que debilita — y el maleficio del sueño, que antes no había prendido, la durmió en el aire, dulcemente. Las trenzas se soltaron solas.
La Plume apuntaba al corazón, Steve con la ballesta — y Oratiol, que durante toda la pelea había sentido esa vergüenza que era también, por primera vez, deseo, se plantó: «no hace falta matarla». La alzó desde atrás sin despertarla, y los demás le vieron en los ojos una cierta admiración: «es una bella muñeca». Todo lo que va a pasar entre estos dos en los próximos veinte años ya está en esta viñeta.
El artefacto de contención: bandas preparadas para encerrar a la mujer dormida mientras Oratiol suelta sobre ella una runa de amor y comienza a tejer un encantamiento. El remate de la captura y el traslado a la granja de los traficantes de hierro frío se conocen por el recap del capítulo 13.
Sobre el peto del caballero tendido, la pluma escribe sus tres letras: el poeta despidiendo al paladín con el instrumento del que saca su nombre. El detalle viene del recap de la sesión siguiente — hasta los epitafios de esta historia llegan con una semana de demora.
Del relato: XIII. El último París, o la máquina de morir
La granja de los traficantes de hierro frío queda entre los molinos del norte, donde el Sena baja crecido con los deshielos y el trigo se vuelve pan para la ciudad. Ahí nos replegamos, ahí enterramos a Gideon — La Plume le escribió el R.I.P. con su pluma sobre el pecho, que es como esta compañía firma sus derrotas —, y ahí La Chapelle nos devolvió unos papeles que había custodiado: un tratado de astrología que humeaba solo, y adelante de todo, mi contrato.
La copia, quiero decir. Desplegada sobre la mesa de la granja, escrita en Inferno — que es un idioma que no se lee: se padece —. El contratante figuraba como Orateor; el consignatario, Monseñor Goull, testaferro de otros. A cambio de la hostia, de la juventud recobrada y de un corrimiento de mil años de existencia — mil años, señores; anoten qué barato vendí el alma y qué caro compré el tiempo —, yo debía entregar cien almas inocentes en el plazo de un año. El documento decía ahora noventa y nueve. Una ya había sido pagada, y yo no sabía cuál, ni cuándo, ni por qué mano. Debían ser dedicadas a Asmodeus. Léanlo de nuevo si hace falta; yo lo leí muchas veces y todavía lo estoy leyendo.
Había una salida posible, y tenía forma de reina: si le llevábamos la copia a Eva, ella intentaría revertirlo — una reina que lee la letra chica del infierno, ya se los dije una vez. La carta con esa promesa estaba sobre la misma mesa que el contrato. La esperanza y la condena, una al lado de la otra, con el mismo lacre. Y llegó además un recién venido, empujado por los ladrones: un investigador de los arrabales del sur del mundo, túnica parda y ojos llorosos, que seguía el rastro de Sarpaoli — el hombre, contaba, dirigía una academia donde desaparecían niños; venía por los gurises. No supimos decirle que al hombre que buscaba lo había soltado un ángel desde el cielo de un garito. Hay noticias que no se dan en una granja.
El refugio tras la Fuente de los Inocentes: los molinos del norte de París, el Sena crecido de deshielos, y los dos rústicos traficantes — el halfling que bebe de un cuerno tapando el fondo y el hombre de verde. Gideon yace enterrado; el R.I.P. de la 067 ya está escrito.
Escrito en Inferno: contratante Orateor, consignatario Monseñor Goull, testaferro de «la Ferro». A cambio de la hostia, la juventud y mil años de existencia: cien almas inocentes en un año — el documento dice ya noventa y nueve —, dedicadas a Asmodeus. Si no, el pago es su alma. La letra chica de la 063 tiene ahora número y plazo.
Adivinador y hechicero de los arrabales, túnica parda y ojos llorosos: sigue el rastro de Sarpaoli — el hombre de la academia de fútbol donde los niños desaparecían — y viene por los gurises. Llega tarde dos veces: Sarpaoli murió en la 062, y su cuerpo reaparecerá donde nadie querría encontrarlo (074).
La respuesta de la reina ya llegó: si le llevan una copia del contrato, intentará revertirlo. La misión fundacional cerrada en la 064 se convierte, sin respiro, en la única esperanza del que la cerró.
Esa tarde, Steve y Magda fueron al salón del barón de Holbach: un segundo piso de espejos y maderas, pichones rellenos, la mejor bodega, donde al sentarse alguien preguntaba "¿alguien aquí cree en Dios?" y todos reían. Los enciclopedistas planeaban su gran obra: que fuera alfabética, decía uno, porque las letras no implican jerarquía — y en esa frase inocente cabe toda la pólvora del siglo, si la saben leer.
Diderot habló casi sin nombrar las cosas, que es como hablan los que saben. Los sellos que habíamos repartido por la ciudad durante nuestra semana sonámbula — siete puntos neurálgicos — desatarían, puestos todos a su tiempo, una agitación como París no había conocido: la gente perdería el miedo a la autoridad, se alterarían las temperaturas, los vientos y los muertos, y los primogénitos de las familias del poder tendrían "un problemita". Olía a necromancia y Magda lo dijo de pie, con la dureza que le conocemos: "Una revolución que se hace con sangre de inocentes no es revolución: es dictadura." Sospechaba — y sospecho que sospechaba bien — que aquellos sellos exigirían las noventa y nueve almas de mi contrato. Todos los pagarés de esta historia, entendíamos de a poco, estaban girados contra el mismo banco.
Los filósofos — "somos magos", nos habían dicho, gente que peleaba una guerra antigua contra la vieja embajada de diablos camuflada tras la religión — repartieron las invitaciones para el póker de esa noche. Y al contar nuestros sellos descubrimos que habíamos perdido uno. Siete engarces, ¿se acuerdan de la banda de La Chapelle? En esta campaña hasta las joyas venían con profecía incluida.
Segundo piso de espejos y maderas cerca del mercado: pichones rellenos, quesos, la mejor bodega, y la pregunta ritual — «¿alguien aquí cree en Dios?» — con su carcajada. El contacto de emergencia que le dieron a Steve en la 052 resultó ser el centro de la conspiración.
Los enciclopedistas planean su obra: alfabética, «porque las letras no implican jerarquía». La Encyclopédie real como gesto mágico-político — en Antiterra hasta el orden alfabético es un conjuro contra los reyes.
Los siete sellos de la semana amnésica, puestos todos a su tiempo, desatarán una agitación sin precedente: la gente perderá el miedo, se alterarán temperaturas, vientos y muertos, y los primogénitos del poder tendrán «un problemita». «Somos magos»: jugadores de una historia antigua llamada la Guerra de la Sangre, contra la vieja embajada de diablos camuflada tras la religión.
Olía a necromancia y lo dijo: una revolución que se hace con sangre de inocentes no es revolución, es dictadura. Y sospechó en voz alta que los sellos exigirían las noventa y nueve almas del contrato — conexión que la mesa dejó abierta y el aparato no cierra. La frase es el eje moral de todo el arco.
Con las invitaciones llegó el inventario: quedaban dos sellos por colocar, y al contarlos faltaba uno. En esta crónica los objetos que faltan trabajan tanto como los que están — pregúntenle al doblón que Casemiro pondrá en el zoológico (074).
Al atardecer, por el camino de la granja, llegó la postal más rara que me dejó Francia: una carroza-plataforma tirada por dos toros, y encima una figura emperifollada a la moda de Versalles, tocada con un capo de toro, sin más arma que un tirso florido. "Salve, señores. Teletos es mi nombre."
Venía en nombre de su majestad a ofrecer los perdones: nuestras culpas borradas por la magnanimidad del rey, con una condición — partir como adelantados a la tierra nueva de América, un territorio llamado en su nombre, la Luisiana, remontando un río del que nunca habíamos oído hablar: el Mississippi. Nos invitaba entretanto a Versalles, a ser agasajados. Casemiro, con esa labia de árbol viejo que no parece labia hasta que ya firmaste, negoció una semana de plazo. Y cuando alguien de los nuestros mentó la violencia, el emblema viviente no discutió: señaló a sus toros, la tierra tembló, y un metal les subió desde las pezuñas hasta vestirlos en armadura completa. Después la plataforma giró sobre ruedas invisibles y se fue con un bufido de vapor verde. Guarden el nombre del río. Esta crónica lo va a remontar entero algún día, y ese día ya no seremos éstos.
Mensajero-emblema viviente de Luis XV: carroza de carnaval tirada por dos toros, moda de Versalles, capo de toro y un tirso florido por toda arma. Viene a ofrecer los perdones del rey — y a mostrar, sin levantar la voz, lo que pasa cuando alguien menta la violencia.
Las culpas borradas por la magnanimidad real, a condición de partir como adelantados a la tierra nueva de América, remontando un río del que nunca habían oído hablar: el Mississippi. La crónica tomará ese camino — pero no por el perdón del rey, y setenta años tarde.
Cuando alguien mentó la violencia, el emblema señaló a sus toros: la tierra tembló y un metal les subió desde las pezuñas hasta vestirlos en armadura. El mes era el de Tauro; el aviso, astrológicamente impecable.
Casemiro negoció una semana de plazo a pura labia; Teletos concedió — proscritos hasta entonces, emisarios vigilando — y la plataforma giró sobre ruedas invisibles con su bufido de vapor verde. El verde final es el único color que el emisario del rey se lleva puesto.
Dormimos en el granero, y el granero dejó de serlo.
La luz se volvió extraña y el lugar era una caverna con un fuego y escaleras caracol de roble; lo que yo escribía en mis pergaminos se movía como hormigas. Dos hombres de petos y sombreros de sacerdotes persas — magos de Zoroastro, cónsules de una entidad que había perdido y ya no debía estar de este lado de las columnas de Hércules — nos enseñaron con las manos: los sellos son los planetas, lo errante; las plataformas, el zodíaco, lo estructurado. Ley y caos, que se necesitan. Y dejaron caer la frase más vertiginosa que oí en un sueño: sobre los que planeaban construir las plataformas — "todavía no lo hicieron, pero en algún sentido ya lo hicieron, porque ya tuvieron la idea." Así funciona el tiempo en esta historia, señores; ya se lo vieron hacer a la torre del chimpancé. Y la pregunta con que nos soltaron: el mundo siempre fue horrible y por supuesto hay que cambiarlo — pero ¿quiénes son suficientemente puros para hacerlo, y quiénes están dispuestos a hundir a los demás? Todavía la estamos contestando. Todos ustedes también, me temo.
A mí una voz me exigió escribir un nombre con la pluma. A La Plume el sueño le abrió el pecho sin sangre y le mostró lo que había adentro: una pluma, y al lado una balanza. No lo comento. Hay láminas que se comentan solas.
Despertamos a las dos de la mañana, descansados como hacía semanas, y nos despertó una mano cálida.
Gideon estaba entre nosotros.
No había salido de su tumba: había salido de un tocón de roble partido por el rayo, hueco y con escaleras adentro. Volvía pálido, con algo menos de vida y ninguna explicación que un hombre de ciencia hubiera aceptado: "Creo que la fe de la gente que sigue mis creencias fue capaz de traerme." El hombre que enterró a los muertos de la plaza, devuelto por los pobres que lo tapaban con sus mantas. Si esta crónica tiene un solo milagro sin letra chica, es éste, y lo dejo acá, en el medio de la página, sin una ironía encima — que las gasté todas y para esto no sirven.
Magos de Zoroastro, embajadores de una entidad que perdió y ya no debe estar de este lado de las columnas de Hércules. Su doctrina ordena todo el juego: los sellos son los planetas — lo errante —, las plataformas el zodíaco — lo estructurado; ley y caos, que se necesitan. Y su pregunta queda sin respuesta hasta el final de la crónica.
A Oratiol una voz le exigió escribir un nombre con la pluma: «el destino de tu alma depende de que recuerdes este sueño». La fuente no dice qué nombre. Hay pergaminos de esta historia que solo existen del lado de adentro de un sueño.
A La Plume la mano le mostró una balanza y el pecho abierto donde había una pluma, que se fue cerrando. El hombre lleva su nombre adentro del cuerpo — y la balanza junto a la pluma es una imagen que el Egipto de esta mega-crónica sabría pesar.
Los despertó una mano cálida a las dos de la mañana. No salió de su tumba sino de un tocón de roble partido por el rayo en las Tullerías, hueco y con escaleras adentro; volvió pálido, disminuido, sin saber cómo: «creo que la fe de la gente que sigue mis creencias fue capaz de traerme». Los entierros que pagó en la 049 le devolvieron el favor.
De su muerte, Gideon recordaba una tierra de palacios y un hombre con galera; Oratiol contó la visita compartida: todos vislumbraron el lugar donde vive el Krakowartin [¿= Cakravartin?], acaso el máximo líder espiritual de este planeta. La mega-crónica recogerá ese nombre muchos mundos después.
La noche siguiente fuimos al póker. Todos: los que jugaban, a jugar; los que no, a mirar. Las murallas de París cierran sus puertas de noche — pero cuando nosotros nos acercamos, las puertas se abrieron solas. Nos estaban esperando. No sé qué les eriza más a ustedes; a mí, todavía, las puertas.
La carpa negra de siempre junto a la Bastilla, los gitanos levantando campamento — se murmuraba que ése sería el último juego —, la alfombra de arabescos bajando el pozo como un ascensor. Abajo: el guardarropa de los ropajes mágicos empeñados por los que no pudieron pagar, las telarañas metálicas moviéndose en las esquinas, la crupier de sonrisa demasiado amplia con una calculadora de bronce adelantada un siglo, el pizarrón de cotizaciones — la hostia a 14.480, por si alguna vez quisieron saber a cuánto cotiza la sangre de Dios en el mercado secundario. Y sobre un pedestal, quieto, el guardián: un cangrejo metálico de torso humano. Sólo juega quien entrega una hostia.
La mesa era de seis: Diderot; Voltaire, el preso al que soltaban los domingos; Steve; yo; y dos desconocidos que arrimaron seis hostias cada uno. Un joven de acento seco y medio infernal que se presentó con dos palabras de griego — "Polemos Pater": la guerra es el padre — y una noble que era el doble exacto de Magda, pero con más brillo. Nobles del castillo de Silling, dijeron. Anoten el nombre del castillo. De pie, mirando: Ganibal — la Estrella Oscura en persona, a dos metros de nosotros, cortés como su pañuelo — y el barón sin hostia que apostar. Y alguien sopló desde el costado, y nunca supe quién y prefiero no saberlo: "Apuesten a la revolución."
Las murallas cierran sus puertas de noche; para ellos se abrieron solas. Los estaban esperando. En el camino se habían sumado Einar — el leñador de Bretaña de los broches de rayo y martillo, primo de los granjeros — y el roce con los arlequines que ensayaban un Fausto «de un inglés» en la plaza vacía.
Los gitanos levantaban campamento — las carpas, las estacas, un elefante subido a su jaula —: se murmuraba que ése sería el último juego. Abajo, el guardarropa de ropajes mágicos empeñados por los que no pudieron pagar, y las telarañas metálicas moviéndose en las esquinas.
Sonrisa demasiado amplia y una calculadora de bronce adelantada un siglo: la caja pagaba hasta 362.000 y la hostia cotizaba a 14.480. Sólo juega quien entrega una hostia — por eso eran tan preciadas, y por eso la mesa de esta noche es la más cara de la historia de Francia.
Diderot, Voltaire — el preso de los domingos —, Steve Reyes, Oratiol, y dos desconocidos con seis hostias cada uno: Farvard, de acento medio infernal («Polemos Pater: la guerra es el padre»), y una noble que era el doble exacto de Magda pero con más brillo — nobles del castillo de Silling. De pie, Ganibal y el barón sin hostia. La 076 les pondrá nombre a los patrones de esos dos.
El cangrejo metálico de torso humano que algunos ya conocían, quieto sobre su pedestal. Guarden la vista en él: en la lámina siguiente se le monta encima la cola, y con ella la noticia de que el juego grande ya había empezado.
La primera mano fue una masacre: la noble mostró un póker de ases y Diderot perdió hasta los zapatos. Los cosechadores no disimularon más — "lo único que nos interesa son sus almas" — y sobre el pedestal el guardián giró y algo se le montó encima: una cola de escorpión gigante. Estábamos jugando ENCIMA de la plataforma de Scorpio, sentados sobre el tablero antes de saber que el tablero existía. Para seguir jugando hacía falta otra hostia o una firma; uno de los nuestros firmó — no diré quién, porque el humo de esa mesa no me deja jurarlo, y porque sé mejor que nadie lo que pesa esa tinta —. Yo no podía firmar: "no puedo dar mi alma, porque ya la di." Es la única vez que mi contrato me sirvió de coartada.
Y entonces una mujer con velo, pálida, pelirroja, de aire de reina, deslizó sobre el paño una hostia más. La misma que habíamos enviado a la torre. Eva de Huizinga apostaba con nosotros — o nos apostaba a nosotros; con las reinas la preposición nunca queda clara.
Las manos siguientes fueron una escalada de imposibles: póker de reyes contra póker de ases contra escalera real; Ganibal sorprendido haciendo trampa con tres dados — sí: la Estrella Oscura de la Ilustración hace trampa, y ni eso le quita la elegancia —; el joven invocando "la regla del 3": "yo soy el triple rey." De nuestro lado se apiló todo lo que teníamos: los objetos empeñados, el látigo rúnico, el cinto de héroes caídos de Casemiro — "¡el aporte del druida!" —, la fortuna entera de la bruja y el heroísmo del jugador.
Y llegó mi mano. La mano de cuarenta y dos. No les voy a explicar el número — el que jugó, sabe; el que no, sepa que hay manos que no se arman: se merecen —. Yo una vez había demostrado, ante testigos que ya no están, haber inventado el póker. Esa noche el póker me devolvió la atención. Los nobles necesitaban el veinte justo; el joven se quitó el guante, y en cada uña llevaba clavada una hostia, y las echó todas. Los dados cayeron: uno y uno.
No va más.
Las veinticuatro hostias del juego — la totalidad de los guardianes posibles de las plataformas de un mundo — quedaron delante mío. Señor de la banca, dijo alguien. Yo no esperé la reacción de la casa: desenrollé un pergamino de teletransporte, aferré a los que tenía al lado, y desaparecí en pleno grito. Se gana la mesa y se corre, señores. La otra mitad del arte del póker es la puerta.
All-in general y el póker de ases de la noble: Diderot perdió hasta los zapatos, Voltaire quedó seco, los compañeros perdieron sus hostias. Los cosechadores barrieron la plata sin disimulo — «lo único que nos interesa son sus almas» —. Para seguir jugando: otra hostia, o una firma.
El pedestal giró y algo se montó sobre el guardián metálico: una cola de escorpión gigante. Estaban jugando en la plataforma de Scorpio antes de saber siquiera que el juego había empezado — la lección de toda la campaña, dada en una sola imagen.
Una mujer con velo, pálida, pelirroja, de aire de reina, deslizó sobre el paño una hostia más: la misma que ellos habían enviado a Polonia. Eva de Huizinga apostaba con ellos. Las cartas que uno manda bien, vuelven.
Ganibal fue sorprendido tirando tres dados y eligiendo; Farvard invocó la regla del 3 — «yo soy el triple rey» — y al quitarse el guante mostró una hostia clavada bajo cada uña. La advertencia de la 058 («los tramposos abundaban») rendida con intereses.
Oratiol, que una vez había demostrado haber inventado el póker, clavó cuarenta y dos; los nobles necesitaban el veinte justo y los dados cayeron uno y uno. Del lado del grupo se había apostado todo: los objetos empeñados, el látigo rúnico, el cinto del druida, la fortuna de la bruja. No va más: las veinticuatro hostias — la totalidad de los guardianes posibles de un mundo — ante el señor de la banca.
No esperó la reacción: desenrolló un pergamino, aferró a los que tenía al lado — nobles de Silling incluidos — y desapareció rumbo a su castillo frío de cuatro torretas en Polonia. Quiénes viajaron exactamente queda [poco claro]; que ganar así en esa mesa equivalía a una condena, lo dice la lámina siguiente.
De lo que pasó esa madrugada con los que quedaron, junto lo que las bocas me dieron, y lo doy en el orden en que duele.
El que firmó bajó — lo bajaron — a un lugar de hielo y fuego juntos, de brea y alquitrán, donde le anunciaron miles de años de tortura mientras se decidía a qué rincón correspondía su alma; negoció en la oscuridad, como se negocia ahí: o sufrir la eternidad, o servir. Volvió como si nada hubiera pasado. Qué concedió para volver, no lo sabemos ni los que lo queremos. Cada cual carga su contrato como puede; el mío por lo menos está escrito.
Casemiro terminó en el zoológico real, iniciado por un culto egipciano de máscaras de gato — la máscara de la niebla de Place Royale, ¿la recuerdan?, terminó de cumplirse profecía —, y allí entregó su sello: había un sello latente en ese jardín de bestias, "como la respiración de un tiempo", y le tocó a él colaborar y ponerlo.
Y La Plume terminó en la Bastilla, arrojado a la celda tallada del Marqués — las paredes escritas de filosofía e inmundicia, el aristócrata elegante en la ruina de su cuerpo —. Hablaron horas, noches quizás. "¿Qué cambió desde la semana pasada? Una sola cosa: la revolución está a punto de su hora más gloriosa." Que la revolución cortara cabezas no lo asustaba: a él eso lo excitaba, y lo decía así, con esa franqueza que es lo único honesto que tienen los monstruos. Algo se le deslizó a mi amigo en la voluntad — "¿por qué de repente pienso que ya no eres un ser de este mundo?" — y de la mano, el Marqués lo llevó por los sótanos de París, ese hojaldre de pasadizos, hasta una puerta que nadie había abierto.
Adentro había una reina antigua, preciosa y antiquísima: la Reina Margot. La de la canción — "se consoló de su exilio en el lugar donde las aguas dibujan unas caderas" —, la que esperaba debajo de todo. Sobre sus brazos extendidos caminaba un escorpión comido por los hongos, infestado de esporas; tirado a sus pies, reventado por esas esporas de la peor manera, estaba el cuerpo de Sarpaoli — sí: nuestro Sarpaoli, el del bisonte, muerto dos veces ya en esta crónica, y ni la segunda fue la última indignidad que este mundo le debía —. Margot miró hacia arriba y los cielos se abrieron en galaxias. "¿Quieres ser mi rey amarillo?"
La Plume vio en un flash lo que se abría bajo París — "eso no me alcanza: esto es Carcosa" — y lo salvó lo que llevaba encima: la pluma de un ángel, que ella no soportó. Salió arrastrado entre un tumulto de guardias, con la ciudad gritando que cerraran las puertas. Pero algo había quedado suelto ahí abajo: la reina salió de su antigua prisión. Nosotros ganamos veinticuatro hostias esa noche. La noche, como siempre, ganó otras cosas.
Al firmante — Oratiol, por arbitraje del autor (ver 073) — se lo llevaron abajo, a un lugar de hielo y fuego juntos, brea y alquitrán, con miles de años de tortura anunciados. Negoció en la oscuridad — sufrir la eternidad, o servir — y volvió como si nada, sin que sus compañeros supieran. El trato queda abierto en la fuente; el aparato lo deja abierto también.
Casemiro, galera y cara de pantera, se presentó en el zoológico como embajador entre los hombres y las bestias; el culto egipciano lo recibió con una iniciación de máscaras de gato. Allí entregó el sello que le habían confiado: había un sello latente, «como la respiración de un tiempo», y le tocó ponerlo. La pantera de las Tullerías (065, nota) por fin cobra templo.
En la celda tallada de filosofía e inmundicia, aristocrático aún en la ruina del cuerpo: la naturaleza es cruel, que la revolución corte cabezas «a mí eso me excita», y para la vuelta verdadera de la jerarquía debe irse el opio de los pueblos — la religión. Algo se deslizó en la voluntad de La Plume («¿por qué de repente pienso que ya no eres un ser de este mundo?») y lo llevó de la mano hasta una puerta que nadie había abierto.
Preciosa y antiquísima, el escorpión comido por hongos caminando por sus brazos, los cielos abiertos en galaxias sobre su cabeza — y a sus pies, reventado por las esporas, el cuerpo de Sarpaoli. «¿Quieres ser mi rey amarillo?» La Plume vio lo que se abría bajo París: «eso no me alcanza, esto es Carcosa». La canción de la 065 la anunciaba: la reina enamorada, consolada donde las aguas dibujan caderas.
Lo salvó lo que llevaba: la pluma de un ángel, que ella no soportó. Huida entre guardias, el grito de cerrar las puertas de París — pero algo había quedado suelto: la reina salió de su antigua prisión, y en la Bastilla alguien gritaba que la iban a volar con pólvora. Las cuentas de esta noche las paga el siglo.
Los días que siguieron, París tuvo hambre — y no un hambre natural. La comida sabía a cenizas; la gente saqueaba harina y comía sin saciarse, pescado crudo, pan robado, un festín de cenizas que no llenaba a nadie. Los sellos estaban despertando, uno por día, uno por barrio. Y frente a Notre Dame — donde el Verdugo había pedido perdón, donde el gentío ahora dejaba flores sobre las dos plataformas de madera — la multitud hambrienta se juntó a cantar la canción nueva: ¿Por qué nos hizo esto el rey? La cantaba un bardo con una guitarrita de caja redonda. No voy a hacerme el misterioso a esta altura: la canté yo. Alguien tenía que encauzar a esa gente, y yo era el único de nosotros cuyo instrumento no corta.
Y entonces se hizo lo que se hizo, y nació lo que nació.
La Plume subió a una de las plataformas, se arrodilló, puso el escudo sobre las piernas como un cuenco, apoyó en él la pluma y una hostia, y le prendió fuego. "Vigilantes ancestrales, primeros ángeles, protectores de la humanidad: escuchen mi plegaria. París fue hundida en la oscuridad. Yo te invoco, Guardián de Scorpio." Sobre uno de los pedestales apareció una figura con el rostro cubierto por sus propias alas: un ángel que parecía llorar.
Y enfrente se alzó la respuesta. Otra hostia ardió con otras palabras — "Todo el orden establecido debe perecer y morir para que un nuevo orden renazca. Invoco a las fuerzas de la muerte" — y del segundo pedestal subió un velo negro enorme, geométrico, una sombra nueva. La Muerte, que en este juego es una entidad que existe. Y junto a ella, nítida contra la noche, se elevó una máquina que ninguno de ustedes necesitaría que le describa y que ninguno de los presentes había visto jamás, porque no existía: un marco alto, una cuchilla oblicua, una canaleta.
"La inventaste", le dijo alguien al que había hablado.
Para la gente del común fue como si descorrieran dos lienzos: las dos grandes estatuas de la revolución, el amor divino y la máquina de morir, frente a frente, con París entera en el medio. El ángel levantó la cabeza.
Y acá, señores, en el punto más alto de toda esta crónica, la memoria del mundo se rompe otra vez — y esta vez no puedo ni fingir que es la mía. De lo que pasó cuando el ángel y la Muerte se miraron, no queda nada: ni en mí, ni en nadie, ni en ninguna parte. Horas enteras arrasadas, como si sobre el desenlace alguien hubiera escrito una sola letra repetida hasta el fin de la cinta. Sé el saldo, porque el saldo se recapituló después: hubo matanza, hubo un gigante verdugo decapitado por el ángel, hubo una grieta que se tragó parte de la plaza, y sobre la grieta quedó construida la primera plataforma del juego que iba a gobernar el resto de nuestras vidas. El arco de París se cierra ahí, en una lámina que se corta a mitad del rayo. Quizá sea justicia: las revoluciones tampoco recuerdan nunca su momento exacto. Preguntenle a Francia, cuando llegue.
El hambre que crecía no era natural: la comida sabía a cenizas, la gente comía sin saciarse y no frenaba — un festín de cenizas, magia de transmutación suelta en las calles. Los sellos estaban despertando: los motines del pan de esta viñeta son el plan de Diderot (069) en marcha.
«¿Por qué nos hizo esto el rey?» — el bardo del grupo [la fuente no fija quién] ante la multitud, sobre las plataformas cubiertas de flores donde el verdugo pidió perdón. La gente la coreó mientras en las calles se formaban los batallones. Las hostias, ya se sabía, eran velas de invocación: quemadas como es debido, la luz se vuelve un portal.
La Plume arrodillado, el escudo como cuenco, la pluma y la hostia ardiendo: «Vigilantes ancestrales, primeros ángeles, protectores de la humanidad... Yo te invoco, Guardián de Scorpio». Sobre el pedestal, una figura purificada con el rostro cubierto acaso por sus propias alas: un ángel que parecía llorar.
Enfrente, la respuesta: otra hostia quemada con otras palabras — «todo el orden establecido debe perecer y morir... invoco a las fuerzas de la muerte» —. Subió un velo negro geométrico — la Muerte, que en este juego es una entidad que existe — y en el lugar del cadalso se alzó, nítida contra la noche, la guillotina. «La inventaste.» Origen diegético de la máquina.
Para la gente del común fue como descorrer dos lienzos negros: el amor divino y la máquina de morir, frente a frente, con la multitud entre ambos. El ángel levantó la cabeza. El portal quedó abierto hacia el plano de la energía negativa — y ahí la memoria del mundo se rompe en su punto más alto, otra vez.
Del relato: XIV. Silling, o los dos que nos vendían
Lo que sigue no lo supe hasta mucho después, y cuando lo supe entendí por qué el Archivo guarda las historias completas aunque duelan: porque las mitades consuelan mintiendo. Mientras el ángel nos levantaba por los aires lejos de la plaza, dos hilos clandestinos corrían por debajo del clímax parisino. Dos de los nuestros trabajaban, cada uno por su cuenta, para los que querían las hostias. Los nombro sin rencor, y ya van a ver que el rencor no me lo guardo por virtud: me lo guardo porque no me alcanzaría.
A Krisina la contactaron en un café antiguo de París — espejos, mesitas circulares, máscaras venecianas en la pared —. Se acercaron de a uno: cuatro señores que bebían café negro y fuerte, y que le mostraron, entre los pliegues del saco, una figurilla de marfil casi idéntica a la suya. La seña de su patrona, en otra pose.
Eran los cuatro crápulas, y los retrato como me los retrataron, porque cada uno es una lección de anatomía moral. El duque de Blangis: un coloso de casi dos metros, rostro viril, nariz aquilina, que dejó el café por un grog concentrado — la fuerza que no necesita disimular. Su hermano el Obispo: pequeño, canijo, de facciones finas, ojos bonitos y fea boca, cucharereando con la cruz un azúcar que no era azúcar — y una negrura del alma que se sentía desde la otra mesa. El presidente de Curval: flaco, alto, de ojos hundidos, el más callado; en un momento se apartó hacia unos pilares, y del espejo del que se alejó salió, detrás de él, un manto de sombra — hay hombres a los que hasta los espejos prefieren soltar. Y el financiero Durcet: cincuenta y tres años, pequeño, gordo, empolvado el cuerpo entero, caderas casi de mujer, contando monedas sin parar, porque contar era su manera de respirar.
Hablaron de negocios. Las últimas guerras les habían venido bastante bien. "Dicen que la hostia está en alza", dijo el financiero, e hizo rayitas sobre la mesa — doce; aclaró que hacían falta veinticuatro —. A ellos no les interesaba ganar el juego: les interesaba lo que pasara después de que alguien ganara. Querían las hostias ya reconsagradas, y querían que Krisina fuera la que saliera a buscarlas. Aceptó. Después me van a preguntar cómo la perdono. Sigan leyendo, que la respuesta la da ella.
El duque de Blangis, coloso de casi dos metros que cambió el café por grog concentrado; su hermano el Obispo, de cruz manchada por usos oscuros, cucharereando otro azúcar; el presidente de Curval, flaco y hundido, del que mana un manto de sombra cuando se aparta del espejo; y el financiero Durcet, empolvado entero, de caderas casi de mujer, que no deja de contar monedas. Ricos de guerra: «hay paz desde el 14, y el imperio se hace de ese tipo de fortunas».
Entre los pliegues del saco, una figurilla de marfil casi idéntica a la de Krisina — la seña de la Sucubina, en otra pose. El doble juego que Krisina venía tejiendo desde las sombras de todo el arco de París encuentra al fin patrones a su medida: gente que no quiere ganar el póker sino lo que pasa después.
La que les cantó la justa a los crápulas — el póker lo ganarían los compañeros de Krisina — es la misma señora del circo del vagón gitano (061): Future, ring leader de poder mesmerizante que sabe cosas del porvenir. Ratificado por el autor (30/08/2026); «Philipper» es otra figura, posterior, ajena a estas escenas.
Blangis, el Obispo, Curval y Durcet: los cuatro libertinos de Las 120 jornadas de Sodoma. El préstamo sadeano es literal hasta en los oficios — duque, prelado, magistrado, financiero — y la campaña lo asume como material antiterrano: el Marqués mismo está preso a unas láminas de acá.
El viaje a la casa de los crápulas duró una semana: una caravana de carruajes con muebles, espejos y vinos, subiendo por el Rin. Al penetrar en la Selva Negra el camino se hizo tortuoso, hasta una aldea miserable de carboneros que era una aldea de ladrones — "la aldea me pertenece", rió el financiero, y detrás de la caravana cerraron una barrera. En el camino de precipicios un obrero cayó al abismo; "uno menos", rieron. Cuenten las risas de este párrafo. Con esa aritmética se llega al castillo.
Al final del sendero, una grieta de treinta metros, infranqueable. Uno de ellos pronunció unas palabras y la piedra misma se juntó en un puente; cruzaron; otra palabra, y el puente se desmoronó a sus espaldas. "Es un castillo de cine", dijo el duque con orgullo, y en eso no mintió: sobre un altiplano a dos mil metros, rodeado de rocas a pico como una pantalla sin abertura, muro de diez metros, foso — Silling.
De lo que había adentro, esta crónica dice lo que puede y calla lo que debe. Había un teatro interno, un anfiteatro con un trono y cuatro camarines, donde hicieron desfilar criaturas robadas de conventos y castillos de toda Francia — niñas con nombre, señores, y me los guardo porque nombrarlas acá sería exhibirlas dos veces —. Había reglamentos minuciosos, un libro de faltas, una escalada codificada. Había, abajo, una capilla oscura donde no se escuchaba grito alguno, y esa frase — donde no se escuchaba grito alguno — es hasta donde llego yo y hasta donde va a llegar el dibujo. Ciento veinte eran las jornadas. La edición no entra donde la fuente no entra, y donde entró, salió más vieja.
Quince leguas de senda no municipal hasta una aldea miserable de carboneros que era, en verdad, de ladrones y contrabandistas. «La aldea me pertenece», rió Durcet. Detrás del convoy cerraron una barrera; en el camino de precipicios, un obrero cayó al abismo — «uno menos», rieron. El viaje entero es una declaración de principios.
Al final del sendero, una grieta de treinta metros, infranqueable: una palabra y la piedra misma se juntó en puente; otra palabra, y se desmoronó a sus espaldas. La grieta volverá a importar: es la única vía de entrada, y la llave la va a tener otro (079).
Sobre un altiplano a dos mil metros, rodeado de rocas a pico como una pantalla sin abertura: muro de diez metros, foso con galería sumergida, y adentro no una fortaleza sino un palacete — alfombras, estufas, dieciséis guardias. La noble de la mesa del póker (072) juega para esta casa.
El teatro-anfiteatro de cuatro camarines, y la escalera que baja a una capilla oscura donde no se escucha grito alguno. Regían reglamentos minuciosos; ciento veinte eran las jornadas. La lámina muestra arquitectura vacía y nada más: la edición no entra donde la fuente no entra, y donde entra, no ilustra.
Lo que Krisina buscaba en Silling era su propio camino: la transformación que perseguía desde antes de conocernos — cuatro etapas de actos y conjuras, el alma consignada al abismo, la consagración a un Señor. La primera etapa, le dijeron, ya la había cumplido sin saberlo: hacía un año que sus actos la venían labrando, y la figurilla de marfil que cargaba — el regalo de su patrona — había sido todo el tiempo un nexo para señalar a la reina. Piensen en eso la próxima vez que les regalen algo hermoso: en esta historia, todo obsequio es un instrumento de medición.
Antes hubo que resolver a Servan, su sirviente de lealtad dudosa. Krisina le ofreció lo único que él quería — deshacer la degradación que lo había rebajado, devolverlo a lo que fue: el señor de los lagos — y Servan juró: "Lo sirvo a usted. Solo a usted." El Obispo sonrió: "Jovencito, ¿sabés que mentir es un gran pecado?" — y desató un aura de debilidad que desplomó a los dos, al sirviente y a la señora, sin que ella la viera venir siquiera. Despertaron ya en el castillo, él doblegado, ella entendiendo que le habían mostrado algo que ni había llegado a ver. "Eran muy efectivos", diría después. "Por eso mismo los había tomado de aliados." Ésa es Krisina entera, señores, y por eso no la juzgo yo: la contabilidad de sus pactos la lleva ella, con una letra que ninguno de nosotros sabe leer del todo.
A los días llegó la noticia: nos habían localizado. Krisina pidió pergaminos y fijó el plan con sus anfitriones — averiguar si llevábamos las hostias; si no podía sacárnoslas, traernos a todos, con las hostias, al castillo. "Estén preparados, porque seguramente los vamos a tener que matar." "Por supuesto", respondieron. Así se dice "los quiero" en el idioma de los agentes dobles; tardé años en aprender a traducirlo.
El edecán no era del todo leal: su lealtad pertenecía a otro amo. Krisina le ofreció lo único que quería — deshacer la capitis diminutio, devolverlo a lo que era: el señor de los lagos — y Servan juró: «Lo sirvo a usted. Solo a usted». El Obispo sonrió: «Jovencito, ¿sabés que mentir es un gran pecado?» — y el aura de debilidad desplomó a los dos.
Krisina comprendió al despertar que le habían mostrado algo que ni siquiera había llegado a ver. «Eran muy efectivos. Por eso mismo los había tomado de aliados.» La frase más fría de la crónica la piensa su personaje más frío, y el aparato la deja tal cual.
La transformación demoníaca: cuatro etapas de actos y conjuras, el alma consignada al abismo, la consagración a un Señor Demoníaco — Puppet, el de la lujuria, el mismo al que responde el Llamador. La primera etapa, supo Krisina, ya la había cumplido sin saberlo: hacía un año que sus actos la venían labrando.
El consolador de súcubo de marfil había sido, todo el tiempo, un nexo para señalar a la reina. Restaba la ofrenda quemada — y no había ofrenda más blasfema ni más potente que una hostia: quemarla podía, además, invocar al mismísimo Señor. Todo lo que Krisina cargó por medio libro era un instrumento ajeno.
El plan quedó fijado con pergaminos frescos: averiguar si llevan las hostias encima; si no puede sacárselas, traerlos al castillo — «estén preparados, porque seguramente los vamos a tener que matar». «Por supuesto», respondieron. La 079 revela que el mismo encargo, palabra por palabra, corre por otro cauce.
El otro hilo era Steve, y el suyo empieza distinto, porque Steve había salido cambiado de la noche de Notre Dame. Él había invocado a la Muerte creyendo convocar el balance y el símbolo de la purga — y la Muerte, vuelta guillotina, casi le siega la vida a él; y después vio morir a un niño inocente. Eso — no el culto de la muerte, que para él nunca fue maldad — le marcó una línea. Los hombres como Steve no se convierten, señores: se trazan fronteras. Y las cumplen mejor que los conversos.
Lo sentó a una mesa chica un financiero — "tal palo, tal astilla", le dijo, con el cuadro completo de nuestro desastre en la mano — y le encargó la infiltración espejo de la de Krisina: llegar hasta nosotros sin despertar sospechas, y traernos, con las hostias, al castillo cerrado con anclas dimensionales del que él sería el único portador de la llave. Steve puso condiciones de profesional: llegada natural y solitaria, protección a distancia, nada que alertara "la paranoia de los que conozco tan bien" — gracias por el diagnóstico, viejo amigo; era ganada —. "Yo soy infiltrado. A eso me dedico. Yo tengo mis encantos."
Y el plan fue una obra maestra que merece su lámina: bajaría por un río contaminado con un barquero especial — las aguas tenían "ciertas cosas que nos interesan"; ya van a conocer al gremio de los barqueros —, y entraría al pueblo dentro de una comitiva fúnebre pactada, disfrazado de la viuda del muerto, con un bebé en brazos, custodiado de lejos por un cazador camuflado de cadáver en el propio ataúd. El necromante vestido de luto, meciendo a un niño ajeno, detrás de un muerto de utilería. Si el infierno diseña postales, ésa me la manda a mí.
Dos agujas convergían así sobre el mismo punto del mapa: Krisina desde la Selva Negra, Steve por el río. Los dos con el mismo encargo de los mismos financistas de la hostia en alza. Todos los caminos clandestinos apuntaban a Montbron — que era, exactamente, donde el ángel acababa de dejarnos.
Había invocado a la Muerte creyendo convocar el balance y la purga, y la Muerte, vuelta guillotina, casi siega su propia vida; después vio morir a un niño inocente. No el culto de la muerte — que para él no era maldad — sino eso le marcó una línea. El personaje más amoral del libro estrena, en esta viñeta, una frontera.
«Tal palo, tal astilla»: el cuadro completo de la plaza — las dos hostias, el jerarca negro de la catedral, el gigante-verdugo decapitado por el ángel, la grieta y sobre ella la primera plataforma. La misión: infiltrarse en Montbron y traer a sus compañeros, con las hostias, a un castillo con anclas dimensionales cuya única llave portará él. «Los quiero meter en lo más profundo de este castillo. Y ahí les caemos.»
No podía llegar por cualquier camino — el nuevo guardián de la zona lo detectaría —: bajaría por el río con un barquero especial, porque esas aguas estaban contaminadas por «ciertas cosas que nos interesan». El barquero vuelve en el capítulo siguiente, y no como transporte.
Velo negro, bebé ajeno en brazos, comitiva fúnebre pactada con el alcalde — y en el ataúd abierto, camuflado de cadáver, el cazador Gracus, a quien Steve ya había visto vestido de mujer. Steve puso condiciones de oficio: llegada natural, protección a distancia, nada que despertara la paranoia de los que conocía tan bien. «Yo soy infiltrado. A eso me dedico.»
Krisina desde la Selva Negra con un ritual a medio consagrar; Steve por el río, de luto. Los dos con el mismo encargo de los mismos financistas: llevar a sus amigos y las veinticuatro porciones del juego a un castillo del que solo uno tiene la llave. Ninguno de los compañeros lo sabía; el lector, desde acá, no puede olvidarlo.
Ratificado por el autor (30/08/2026): el «Dulcet» que encarga la infiltración de Steve y el crápula financiero Durcet son la misma persona — y el castillo de las anclas dimensionales es Silling. Las dos agujas de esta lámina las mueve una sola mano empolvada que no deja de contar monedas.
Del relato: XV. Montbron, o el barquero y el sabio
El vuelo del ángel nos sacó de París en una red insustancial, con la campiña alejándose abajo como un mapa que se despereza. De la batalla salíamos como salíamos siempre: vivos de milagro y peor de lo que entramos. La Plume había pasado por las manos del jerarca — el caballero de armadura negra de la catedral, que lo tomó del cuello y casi se lo quiebra; y al herirlo, mi amigo sintió algo extrañísimo: como si bajo la armadura hubiera cortado una cintura femenina, mientras la mano que lo apretaba era inconfundiblemente masculina. Anoten y no resuelvan: nosotros tampoco. En el cuello le quedó la marca de esa mano, como la sombra de la suya propia — la enguantada. Este mundo tiene un sentido del humor que no le deseo a nadie.
Aterrizamos en una colina pelada sobre un valle del Périgord: un menhir viejo, inclinado en cuarenta y cinco grados, tachado de golpes como de gigante; abajo, un estanque, la aguja de una iglesia, un castillo feudal al sol poniente. La colina de los vigilantes, sobre el pueblo de Montbron. El ángel nos curó a todos. Steve bajó del aire, se sentó en una roca, encendió un cigarrillo y se quedó mirando al ángel con la desconfianza del que sabe — porque él ya sabía, ¿me siguen? — que la salvación también tiene agenda.
La red insustancial del vigilante los levantó cuando la grieta empezó a tragarse la plaza. Atrás quedaba el punto álgido que la fuente perdió: el gigante Sansón — que no quería mirar lo que debía hacer — decapitado por el ángel, y la violencia de mosqueteros y piqueros. Lo que el muro de «y y y» se tragó en la 075, el recap lo devuelve a cuentagotas.
Watchers Knoll: un menhir viejo inclinado a cuarenta y cinco grados, cubierto de musgo y de tachaduras como golpes de gigante, mirando al norte sobre el valle de Montbron — el estanque, la aguja de San Mauricio, el castillo feudal al poniente. En esta colina se abrirá, en cuatro días, el portal de Tauro.
El caballero de armadura negra de la catedral casi le quiebra el cuello — y al herirlo, La Plume sintió que cortaba una cintura femenina mientras la mano que lo apretaba era masculina. En el cuello le quedó la marca de esa mano, como la sombra de la suya propia: el hombre de la mano de mujer, marcado por su reverso.
Bajó del aire, se sentó en una roca y encendió un cigarrillo mirando al ángel con desconfianza. La lámina siguiente le da la razón y se la quita a la vez — que es lo que esta campaña hace siempre con Steve Reyes.
Encaramado al menhir, el ángel habló. Dijo llamarse Barbiel, guardián de la forma de Scorpio. Y dijo estar de luto: había matado a un hijo suyo — porque los Vigilantes son los padres de los gigantes, por haberse unido a las hijas de los hombres, y a veces la guarda consiste en matar lo que engendraste. Nos enseñó lo que este mundo es: un mundo creado por un demonio — este mundo es Demonia — donde nuestras almas, los que aún la tenemos, son esencias puras que deben protegerse. A mí, que le pregunté por las almas perdidas — la mía, digamos las cosas —, me contestó con acertijos de pozo, de topo y de águila que tardé años en agradecer.
Y después hizo lo que partió al grupo en dos. Conjuró, con una puerta y un nombre, a un ser de bruma y llamas, alas de fuego, espada flamígera y la boca tapada como un hueco — Excisor, "él nunca tomará la comunión de la maldad" — para purificar nuestras hostias, de modo que fuera imposible conjurar el mal a través de ellas. Steve se plantó a los gritos: nos estaban quitando la posibilidad de decidir; una facción estaba tamizando el juego hacia su lado; "¡estamos siendo violados!". Hubo espadas a medio salir. Magda lo durmió con un conjuro, que en esta compañía es el equivalente de la mesa de diálogo. Una a una, las hostias pasaron por las manos del ser sin boca y volvieron cristalizadas, envueltas en blanco como de azúcar. Cuando Steve despertó discutieron sin rencor — "fue una decisión individual, como la que vos tomaste al convocar a ese ser de la muerte" — y quedó flotando su pregunta, que era buena y sigue siéndolo: ¿por qué confiar ciegamente en un ser de estrella al que apenas conocemos? La respuesta honesta, señores, es que estábamos cansados y el ángel curaba. Así se deciden la mitad de las teologías.
El ángel de la plaza dice su nombre y su cargo: guardián de la forma de Scorpio — el que La Plume invocó en la 075 —, y su duelo: ha matado a un hijo suyo, porque los Vigilantes son los padres de los gigantes, por haberse unido a las hijas de los hombres. A Oratiol le responde con acertijos; a Steve le reprocha la Muerte. Grafía oída una sola vez, marcada [¿?].
Ángeles que engendran gigantes en las hijas de los hombres: la doctrina viene derecha del libro apócrifo de Enoch — y el pueblo al pie de la colina tiene, casualmente, un sabio con ese nombre. Los acertijos del ángel (el águila y el pozo, la vara de plata, el cuenco de oro) son el lema de El libro de Thel de Blake, que la mesa no cita pero La Plume sella: «la loca Tel te lo agradece».
Conjurado con una puerta y un nombre: bruma y llamas, alas de fuego, espada flamígera y la boca tapada como un hueco — «él nunca tomará la comunión de la maldad». Purifica las hostias para que sea imposible conjurar el mal a través de ellas. Grafía marcada [¿?].
Steve se negó a gritos — les quitaban la posibilidad de decidir; una facción tamizaba el juego hacia su lado — y Magda lo durmió para evitar las espadas. Al despertar discutieron sin rencor: «fue una decisión individual, como la que vos tomaste al convocar a ese ser de la muerte». La pregunta de Steve queda flotando el resto del libro.
Una a una pasaron por las manos de Excisor y volvieron cristalizadas, envueltas en una cápsula blanca como de azúcar. De las doce del grupo, dos se habían usado en la plaza: diez quedaron consagradas. Lo que esa purificación creó del otro lado lo explica Enoch en la 084.
Esa noche, desde el retiro oculto que Casemiro tejió en la cima, vimos pasar por el río un velero pequeño de velas negras, con una mujer cubierta por un velo. "¿Te sorprende? Este mundo está maldito." Al alba el barco amarró en el pueblo, y nosotros bajamos al valle entre huertos de manzanos, y las dos llegadas se cruzaron en la plaza como dos actos de la misma obra — que es lo que eran, solo que el público éramos nosotros y no lo sabíamos.
Del barco bajó un catafalco con cirios, y detrás una viuda pelirroja de vestidos negros, bellísima, junto al cuerpo de un cazador canoso amortajado con su arco. El alcalde se descubrió: "Ha vuelto el cazador" — un héroe del pueblo, el gran cazador de lobos de otros tiempos; a la viuda no la conocía nadie. Y el timonero del barco no bajó a tierra: corrió la barcaza con un palo y se quedó esperando en el agua. Ustedes, que leyeron la sección anterior, ya saben quién venía en ese cortejo y qué había en ese ataúd. Nosotros no. Compartimos mantel de flores bajo el árbol más viejo de la plaza, leímos La Gazette, brindamos por el reencuentro — Krisina llegó también, "de estar infiltrada", contándonos justo la mitad de lo que acaban de leer —. La mesa entera era un juego de naipes boca abajo. Y el tabernero, ante una pregunta de Steve por textos antediluvianos, dio la respuesta más grande de la campaña con la naturalidad de quien recomienda un queso: "Antediluvianos tenemos a Enoch." Un sabio, junto al estanque, con su perrito. A más de uno le sonó demasiada coincidencia. Era.
Desde el retiro oculto de Casemiro vieron el velero lento con la mujer velada. «¿Te sorprende? Este mundo está maldito.» Descansaron sin sueños y sin ángel; al alba el barco levó hacia el pueblo, y ellos bajaron detrás — a un funeral que era, sin que nadie lo supiera todavía, una invocación en marcha.
Granjas y huertos de manzanos, el templo de San Mauricio, la taberna de Pierre con su mantel de flores bajo el árbol más viejo, La Gazette du Périgord y la estatua de un héroe de antaño [¿San Maristo?]. El alcalde de levita y botones de plata completa el cuadro: el pueblo perfecto donde todo es demasiada coincidencia.
El catafalco con cirios, el cuerpo amortajado con arco y flechas, y la viuda pelirroja bellísima a la que nadie conocía. «Ha vuelto el cazador»: el gran cazador de lobos de la Selva Negra, muerto de un destino atroz que el pueblo no sabe contar — ¿se cayó de una roca?, ¿murió borracho? La historia sin cerrar es el anzuelo; la 083 muerde.
Corrió la barcaza con un palo y se quedó esperando en el agua. Miren lo que cuelga junto a su pértiga: la lámina siguiente ya está toda en esta viñeta, para quien sepa leer un reloj de arena.
Noticias de París — el rey a Versalles, el polvorín del Hotel David, el hambre sin saciar —: «muchachos, la revolución estalló; hay que llevarla quizás a otros lados». Llegó Krisina de su infiltración, con la llave del castillo de la Selva Negra y media verdad encima; y el tabernero, preguntado por textos antediluvianos, respondió con toda naturalidad: «antediluvianos tenemos a Enoch». A más de uno le sonó demasiada coincidencia.
Camino a la casa del sabio, junto al estanque de aguas negras y burbujeantes, había copas servidas al borde, y una figura encapuchada metida en el agua hasta el pecho, de espaldas, como en un sauna. Al acercarnos, la copa vacía se llenó sola de un líquido rojizo. Y la figura se fue alzando, y alzando, y alzando: un ser demasiado alto, lánguido, cadavérico, de ojos rojizos, con una pértiga y una vara coronada por un reloj de arena.
— La pregunta es si ustedes quieren navegar hasta el final del destino o no.
El barquero. El del río contaminado, el del cortejo, el del gremio que ya les nombré. Pidió su pago — una hostia, "y así invocamos juntos"; tenía, dijo, su propia plataforma — y nos contó la historia que el funeral había dejado abierta, con su remate de acertijo: el cazador cumplía su ocupación; ¿quién es el culpable, entonces? El barquero, dijo el cazador. Y salió el barquero.
El combate fue largo y feo, de los que no se cuentan por asaltos sino por cicatrices. Su mirada sembró un miedo pánico — La Plume huyó despavorido al bosque, y fue su propia mano, la femenina, la que se le aferró a las botas para hacerlo tropezar a propósito: hay en esta compañía manos más valientes que sus dueños, y lo digo con amor —. Su vara drenaba la vida misma; a Gideon le arrancó años de energía porque su olor de paladín le resultaba insoportable, y a mí el reloj de arena me cobró un zarpazo del destino con tres palabras que todavía me visitan: "Se te acabó la hora." Del agua salieron tres ranas estigias inmensas, de escupitajo negro. Yo cargué por el estanque con la lanza; Gideon peleó a escudo y puño; Casemiro alzó un arma espiritual como un árbol entero; Steve le revolvía el esqueleto por dentro, que es la cortesía entre colegas; Krisina hizo estallar el caos; y Magda — Magda otra vez, señores, cuenten cuántas batallas de esta crónica las termina la señora del cuervo — lo maldijo dos veces: un grito que solo él pudo oír, y un polvo lunar que le apagó los ojos para siempre. Ciego, todavía se alzó como un espantapájaros caminando por el aire, y ofreció pagar: "pagaré con gemas de alma" — y soltó cuatro gemas, cuatro vidas de alguien, como quien tira monedas a los perros.
No le alcanzó. Lo acorralamos contra un árbol como leñadores a un tronco podrido, hasta que cayó. Las ranas se desvanecieron con un aire de tristeza que no me esperaba y no me olvido. Quedaron la pértiga, el reloj, las cuatro gemas — Gideon las tomó: "no las vamos a dividir"; ya van a ver para qué las quería — y el cuerpo, cuya carne se deshizo sola hasta el esqueleto. Steve juntó los huesos en un maletín. A esta altura ustedes ya saben que en esta compañía los maletines de Steve son un género literario propio.
Copas servidas al borde del estanque negro, una llenándose sola de rojizo, y la historia del funeral cerrándose como un conjuro: ¿qué culpa hay en cazar? ¿quién es el culpable? «El barquero», dijo el cazador. Y salió el barquero. En este mundo las historias mal cerradas son puertas — el cronista de la narrativa lleva razón desde la primera taberna.
Demasiado alto, lánguido, cadavérico, ojos rojizos; la pértiga y la vara con el reloj de arena («se te acabó la hora» — a Oratiol le cobró un zarpazo del destino). Ofrece pasaje «hasta el final del destino» por una hostia y dice tener su propia plataforma. Su toque drena la vida; señaló primero a Gideon, cuyo olor de paladín le resultaba insoportable.
El miedo pánico del barquero mandó a La Plume al bosque — y su propia mano femenina se le aferró a las botas hasta hacerlo tropezar a propósito. La mano que cura y que se revela en la 034 tiene, desde esta viñeta, voluntad táctica propia: lo frenó de huir.
Tres, inmensas, de escupitajo negro, convocadas del agua estigia para flanquear a los que entraron al estanque: Oratiol a la carga con la lanza, Gideon a escudo y puño, Casemiro alzando un arma espiritual como un árbol. Al caer su amo se desvanecieron «con un aire de tristeza» — detalle de la fuente que el aparato se niega a perder.
Un grito que solo el barquero podía oír, y un polvo lunar que le apagó los ojos: opacos, grises, ciego para siempre. La bruja que ganó a la rusalka con la risa (067) gana al barquero con la luna. Magda no pelea las batallas del grupo: las descompone.
Acorralado contra un árbol como leñadores a un tronco podrido; la carne se deshizo sola hasta el esqueleto. Quedaron el reloj, la pértiga y las cuatro gemas con almas — Gideon las tomó: «no las vamos a dividir» —, y Steve guardó el esqueleto en un maletín: el proyecto del héroe-zombie (079) acaba de conseguir materia prima.
Un perrito ladró, y de la casa junto al estanque salió un viejo patriarcal de túnica roja ceñida con una cuerda cualquiera, con una varita nudosa que brillaba cuando le enseñaba al perro la orden "heel" — y con cada "heel", se nos cerraban las heridas. El sabio nos agradeció, distraído, haberle limpiado el estanque del maldito que lo emponzoñaba, y nos invitó a tomar el té: una bebida antigua, ahumada, con naranjas, en una casa cuyas paredes estaban empapeladas por completo de pergaminos en una de las primeras lenguas de la inspiración de los hombres. Se llamaba Enoch. El nombre del libro de los Vigilantes, en el pueblo donde un Vigilante nos había dejado caer. Coincidencia, dirán ustedes. A esa palabra, en el ATEM, le tenemos un altar aparte.
El consejo del viejo fue un torrente, y lo transcribo apretado porque es el manual del resto de nuestras vidas. Cuidado con los que cuidan las plataformas: cada guardián tira para su lado, y la única salida es el complemento — los dos antagonistas complementándose. Cada plataforma tiene una grieta en el medio, a veces visible. No hay que quedarse mucho en la plataforma, porque te aplastan. El juego recién empieza: la primera etapa es que aparecen los guardianes. Y el que mata al guardián se convierte en guardián — eso dice el mito, agregó, con el tonito de los que saben que los mitos dicen lo que va a pasar. Sobre las hostias: las nuestras, blancas; las otras, negras — antes eran todas grises, podían ser para el bien o para el mal; alguien nos las volvió blancas, y el desequilibrio también es terrible, y desde ahora cada hostia convocará a su opuesta. Y sobre el fin de todo, una sola palabra, servida con el vapor del té: Ouranópolis. La ciudad de las ciudades, más secreta que las ciudades invisibles — que son apenas su prefigura —, que volverá a estar para quien venza.
Quedaba elegir la plataforma de Tauro: Roma o Luisiana. Roma era el oro, la vara de plata, el buey del Papa Borgia — toda Europa está muy egipciada, dijo, y nadie se lo discutió, porque era rigurosamente cierto —. Luisiana era la idea del futuro. La Plume tejió el acertijo del ángel con el del viejo y cerró la cuenta: "No todo lo que reluce es oro. Que no caiga la Luisiana: que se vea la revolución americana… al bayou." Elegimos Luisiana. El portal se abriría en la colina en cuatro días. Nos regaló pergaminos y una advertencia que subrayo con la tinta que me queda: las fuerzas que nos perseguían eran las que más querían las hostias — cuidado con guiarlas hacia ellas.
Túnica roja ceñida con una cuerda cualquiera, sandalias, y una varita nudosa que brilla cuando le enseña al perro la orden «heel» — con cada «heel», las heridas del grupo se cierran. Antediluviano, dice el tabernero sin inmutarse; el nombre es el del autor del libro apócrifo de los Vigilantes, y a nadie en la mesa se le escapó. Les agradeció, distraído, haber limpiado el estanque.
El torrente del sabio: cada guardián tira para su lado y no busca el complemento — y el complemento es la única manera de salir; cada plataforma tiene una grieta en el medio, visible o no; no hay que quedarse mucho, porque te aplastan; y el que mata al guardián se convierte en guardián, eso dice el mito. La crónica entera, hasta su último muelle egipcio, corre sobre estas reglas.
Bajo el monóculo: las hostias están bien resguardadas — y las negras se crearon en el mismo momento en que éstas se volvieron blancas. Antes eran grises, podían ser para el bien o para el mal; desde ahora, una hostia siempre convocará a su opuesta. La purificación de Barbiel (081) partió el juego en dos: el desequilibrio también es terrible.
Sobre el fin de todo el juego, una sola palabra: la ciudad de las ciudades, la ciudad del universo, más secreta que las ciudades invisibles — que son apenas su prefigura —, que volverá a estar para quien venza en las plataformas. El premio del juego, dicho una vez, al vapor de un té.
Tauro ofrecía dos casas: Roma — el oro, la vara de plata, el toro del Papa Borgia, el buey Apis, «toda Europa está muy egipciada» — o la Luisiana: el futuro, la revolución, el bayou. La Plume tejió el acertijo de Blake y eligieron el pozo del topo: «no todo lo que reluce es oro; que no caiga la Luisiana». El portal, calculó el sabio, en cuatro días sobre la colina [otra voz dice tres; se dejó la del sabio].
No le hicimos caso, naturalmente. Krisina había puesto su propia advertencia sobre el mantel — las reinas juegan con nosotros desde hace cien años; le habíamos dado la mitad de las hostias a Eva — y Magda defendió a su reina con la frase de ajedrez más linda de la campaña: "Somos piezas en un juego de ajedrez, pero el peón puede llegar al último casillero y volverse reina." La decisión fue pasar primero por la torre: no dejar las hostias negras al alcance de cualquiera. Magda dobló su fortuna sobre el pergamino de teletransporte, el círculo se cerró, y entramos directamente en la habitación de la reina.
La piedra densa y fría, los vientos de otra época, la alcoba enorme de alguien que vive en reclusión, presidida por un espejo gigantesco. Eva de Huizinga estaba de espaldas al espejo, y giró la cabeza, hermosa, sonriendo: "Veo que han vuelto rápido." Su corte alrededor: el valet, la capitana torca, la campeona pelirroja de mazo. Y dos cosas más, que vimos en este orden y con este frío. En el espejo había una negrura que nos miraba — y que hablaba. Y Eva no se reflejaba.
"Hay muy poco tiempo", dijo la reina, sudando, midiéndonos. "Este lugar ha sido vulnerado. Vienen los demonios. Denme ya las otras hostias." Y el espejo repetía sus palabras y agregaba las suyas: "Ya es tarde." La orden llevaba una sugestión encima: tres de los nuestros no pudieron resistirla y tendieron sus hostias contra su voluntad; Gideon, que había dado su palabra de protegerlas, dudó en el filo exacto de su honor — y ver dudar a Gideon era lo más parecido a un terremoto que conocía esta compañía.
Se pidieron iniciativas — así hablábamos nosotros; tradúzcanlo como "todos los hierros salieron a la vez" — y ahí, en plena cuenta, mi memoria y la de todos entra otra vez en el gris. La lámina se deshace a mitad del gesto, como la de las gárgolas. Lo que pasó inmediatamente después lo retoma la jornada siguiente, entera y terrible. Respiren acá, señores. Es el último descanso que ofrece esta parte.
Krisina había puesto la advertencia sobre la mesa: las reinas juegan desde hace cien años, y el contrato de Oratiol había sido facilitado por Future y firmado bajo la sombra de la Fiebre. Magda defendió a su reina — «el peón puede llegar al último casillero y volverse reina» — y la decisión salió: pasar por la torre antes que a Luisiana. Dobló su fortuna sobre el pergamino y el círculo se cerró.
La alcoba de la torre, presidida por un espejo gigantesco — y Eva de espaldas al espejo, sin reflejo, con su corte: Mequetrefe el valet, la capitana torca, la campeona pelirroja del mazo gigante. Alguien entendió de golpe algo sobre por qué no estaba presa y por qué no se la veía. La reina que no quiso agarrar las hostias tampoco se deja agarrar por el vidrio.
En el espejo había una negrura que los miraba — y que hablaba: repetía las palabras de la reina y agregaba las suyas. «Ya es tarde.» Alguien gritó que el ángel los había traicionado, que los habían guiado hasta ella. El cap. 16 dirá qué era; esta lámina solo debe sostenerle la mirada.
«Denme ya las otras hostias» llevaba una sugestión encima: tres no pudieron resistirla y tendieron su hostia contra su voluntad; Gideon, que había dado su palabra de proteger las hostias purificadas, dudó en el filo de su honor — y cayó también bajo el mandato. El caballero que no dobló ante la rusalka ni el barquero se dobla ante una orden con corona.
Del relato: XVI. La torre de Heva, o el valle de las lágrimas
El ático de la torre de Mikulov — la torre-prisión donde el rey de Praga tenía cautiva a su reina; la torre de Heva, como la llamaban los que sabían por qué — tenía bibliotecas de dos pisos al estilo del Clementinum, un espejo de latón negro, y arriba una bóveda pintada con el zodíaco y las virtudes. Retengan la bóveda. Las bóvedas, en esta historia, también juegan.
Eva ya no nos dedicaba buenas miradas, ni siquiera a Magda. "Esto me compromete", dijo, y con esa autoridad reforzada que ya conocíamos exigió: "Denme las hostias, y nos vamos de acá." Le entregamos cuatro blancas — con las doce negras que guardaba, las tres jugadas y las cinco que reteníamos, la cuenta de las veinticuatro cerraba; a esta altura hacíamos aritmética de reliquias con la soltura de un almacenero.
Pero Magda no obedeció. Ni por coerción ni por deseo ajeno — que son las dos únicas fuerzas que gobiernan este mundo, y ella acababa de rechazar las dos. Se llevó una hostia a la boca, y se la comió.
De la mujer que había comido la hostia brotó un haz de luz que se proyectó contra la pared, como una linterna mágica. La piedra se intensificó, se licuó, y estalló hacia afuera: un boquete en la pared de la torre, que cimbró entera sin caer. Y la proyección misma se coalesció en una figura: una criatura sin rostro — o enmascarada —, con un vestido de época enteramente cubierto de espejitos y alas de polilla hechas de seda. Alguien pronunció las palabras que la nombraban: la revolución de los inocentes.
Y Eva, en la confusión, desapareció. Se teleportó llevándose las hostias — las suyas y las entregadas —, dejando tras de sí su silencio y un revuelo de papeles por el aire. La reina a la que le escribimos cartas con reliquias adentro, la que iba a salvarme el alma leyendo la letra chica. Todavía hoy no sé si nos traicionó o si huía de algo peor que nosotros. El Archivo tampoco. Con las reinas, ya lo dije, la preposición nunca queda clara.
El ático de la torre más alta del castillo-prisión de Mikulov, a treinta millas de Praga: bibliotecas al estilo del Clementinum, un espejo de latón negro, y la bóveda pintada con el zodíaco y las virtudes. Eva es de las casas corvinas de Polonia — las casas de los cuervos —, y el rey ya le ejecutó un hijo. Guarden el dato de los cuervos: la lámina 091 lo cobra.
Cuatro hostias blancas se entregaron bajo la coerción; Magda no obedeció — ni por coerción ni por deseo ajeno — y se llevó la suya a la boca. La bruja que no estuvo en el póker, la que interrogaba a sonámbulos con un mapa lleno de números, es la que abre la pared del mundo de un mordisco.
El haz de luz se coalesció en una criatura sin rostro — o enmascarada —, vestido de época cubierto de espejitos, alas de polilla de seda, un arco antiguo. Alguien pronunció las palabras: la revolución de los inocentes. Es una guardiana psicopompa — guía de almas, más allá del bien y del mal — y cambia de faz a voluntad. La primera guardiana convocada por mano del grupo.
En el instante de la confusión, Eva desapareció con las hostias — las suyas y las entregadas —, dejando tras de sí su silencio y un revuelo de papeles. Entre esos papeles quedó, marcado y anotado por su mano, el contrato de Oratiol: la reina se fue, pero su tarea de lectora quedó servida (088).
La criatura no dijo palabra. Pero en el centenar de espejitos de su atuendo, cada uno de nosotros vio momentos de su propia historia — y esta lámina, la del mosaico, es la única de todo el cómic donde el color se permite adentro de los espejos, porque adentro de los espejos estaba lo único nuestro que este mundo no había vuelto sepia todavía: el origen.
En uno: un castillo de la estepa rusa, un niño jugando con una pelota, una mano de mujer que le toca la cabeza y ya no está cuando él se vuelve; la pelota rodando hasta un pozo donde, se contaba, se ahogó una niña. En otro: un círculo de druidas interrumpido por un ser con cuernos que deposita un bebé de ojos iguales a los de Casemiro, dice unas palabras y se va. En otro: un adolescente noble corriendo por las callecitas de Carcasona para defender a un niño pobre de otros seis; lo muelen, se levanta, empuña un pedazo de madera mientras le gritan "¡Santo Malo!". En otro, Boston bajo la lluvia: el bebé en la puerta, la criada que lo amamanta, y años después la puerta que se abre a contraluz — "ven conmigo" — bajo la constelación del Escorpión. En otro: Krisina a los nueve años, cara de pánico, navegando un Atlántico mientras la isla, detrás, es tragada por el océano — ahora saben de qué marquesa era marquesa. En los míos: una joven de linaje acuático y collares exóticos; una mujer desnuda girando en una rueda mientras yo arrojo cuchillos que se desvían sin tocarla; un camarote reventado por un cañonazo bajo la bandera del elefante blanco; y entre el agua y las llamas, una sacerdotisa de rasgos asiáticos y cara empolvada de blanco. Guárdenla. Vuelve en tres láminas, y no como recuerdo.
Y en el espejo de Magda: un laberinto de jardines, dos niñas rubias corriendo entre mariposas — "¡Marta, esperame!" —, la mansión de golpe oscura, los criados llorando, una criada que dice "tu tía Ana las va a llevar a una mejor familia". Un cuervo. Y un agregado del narrador de los espejos, que anoto exactamente como se vio: la misma Magda, adulta, llorando ante un roble partido por el rayo — quizá más de una vez, cosa imposible.
Cosa imposible, escribí. Sostengan esa palabra con pinzas. En esta crónica, "imposible" es siempre el título del capítulo siguiente.
La criatura no dijo palabra, pero en los espejos de su atuendo cada uno vio momentos de su propia historia — y su reflejo devuelto, multiplicado por cuatro. Es la página-espejo del cómic entero: siete infancias en una lámina, y la única policromía tenue permitida por la biblia, adentro del vidrio.
Krisina a los nueve años: el suelo temblando, monolitos y multitudes corriendo a los barcos, y la isla desapareciendo detrás — o tragada por el océano. La palabra que la fuente no dice acá la dirá la 093 junto a un fuego: Atlantia. La niña que huyó de la isla hundida va a pedir volver.
La joven de linaje acuático, los cuchillos que se desvían sin tocarla, el camarote reventado del barco del elefante blanco — la bandera de Siam —, y entre el agua y las llamas, una sacerdotisa de cara empolvada: la Kimchi Princess. El espejo no muestra el pasado por nostalgia: tres láminas después, Oratiol la convoca. Los espejos de esta criatura son programas.
«¡Marta, esperame!», el laberinto de jardines, la mansión a oscuras, la tía Ana — y el agregado del narrador de los espejos: Magda llorando ante un roble partido por el rayo, quizá más de una vez, cosa imposible. El mismo roble del que salió Gideon resucitado (071). El aparato registra la imposibilidad y no la explica: hay espejos que muestran deudas del tiempo, no recuerdos.
Mientras mirábamos nuestras infancias, la puerta empezó a recibir golpes de ariete, y por una rotura baja del portón se coló un chucho negro que fue a esconderse detrás de la estufa. Entre los papeles desparramados por la explosión reconocí uno que me tocaba el más íntimo meollo: mi contrato — con marcas y notas al costado, de puño de reina. Eva lo había estado estudiando de verdad. Lo levanté del suelo como se levanta un hijo.
Detrás de la estufa, el chucho se transfiguró: un gitanillo con aire de estudiante trapacero, que recitó "quien no conozca los elementos nunca tendrá el favor de los espíritus" y ofreció un trato — podía hacer que las cosas no fueran como eran —. "Yo soy Fausto." Steve olió el engaño, corrimos la alfombra, y bajo un busto roto apareció grabado en la piedra un pentáculo — una clavícula de Salomón con una punta apenas abierta: dejaba entrar y no salir. La torre era prisión desde mucho antes que Eva, y el prisionero más viejo acababa de pedirnos la llave por las buenas. Forzado a mostrarse, el gitanillo se deshizo en vapores y ocupó el recinto entero: un demonio enorme como un hipopótamo, rojo y negro, con cara de perro y pinzas a los costados.
Y Steve — que había estado en un rincón armando huesos, con las manos embebidas de una potencia que le excedía desde la noche de Notre Dame — terminó su obra y la alzó. Una criatura harapienta de hueso, carne y piel tejidos, que lo primero que hizo fue inclinarse ante su creador, arrancar de una biblioteca una vara de hierro con un solo brazo, y calzarle el espejo de latón roto de la reina: una guadaña improvisada. La bautizó Carlo Menta. Y no les escondo lo que el Archivo dice sin vueltas: Carlo Menta era la guillotina — la Muerte de París, extrapolada y andante — y Steve estaba tocado por ella. En una torre sitiada, entre un demonio con cara de perro y nuestras infancias flotando en espejitos, el necromante fabricó a la Muerte con el espejo de una reina. Hay noches en que esta compañía trabaja con materiales que no le recomiendo a nadie.
Entre los papeles de la explosión, Oratiol reconoció el que le tocaba el más íntimo meollo: su contrato, con las marcas y notas marginales de Eva. Lo juntó del suelo. Esas notas son, desde acá, su única esperanza de salida — y viajan con él hasta el final de la Parte IV.
Bajo la alfombra y los pedazos de un busto roto: un pentáculo grabado en la piedra con la punta que mira hacia afuera apenas abierta — deja entrar y no salir. Obra de un antiguo mago llamado Fausto, muy deprimido; la torre era prisión desde mucho antes que Eva. Las prisiones de esta crónica siempre tienen un preso más viejo que el oficial.
El chucho negro, el gitanillo trapacero «de la colección de las efes», y al fin la verdad forzada: una criatura enorme como un hipopótamo rojo y negro, cara de perro, pinzas, venida de los planos inferiores. Ofrecía «equilibrar los tantos» — deshacer la fuga de Eva — sin hacer firmar nada, y avisó de paso que Oratiol es una marca viva: lo están siguiendo. En esta torre, hasta las trampas dicen una verdad.
La necromancia de Steve quedó potenciada desde la invocación de París: tejió hueso, carne y piel, y la criatura harapienta arrancó una vara de hierro de una biblioteca y se calzó el espejo de latón roto de la reina como guadaña. El Máster lo dijo sin vueltas: Carlo Menta es la guillotina — la Muerte de París extrapolada — y Steve está tocado por ella. El nombre se lo puso su creador; la cuenta la paga la torre entera (091).
Lo primero que hizo la criatura fue inclinarse ante él. Steve pasó medio libro estudiando dónde estaba el poder de los santos muertos (037); lo que consiguió fue que la Muerte lo salude. La lámina no comenta; el aparato tampoco debería — pero miren la cara del anatomista.
El Fausto cayó primero — se arrojó por el boquete y "cayó hacia arriba", que era su vía de escape preparada, pero La Plume voló tras él y lo pinchó en el aire, Carlo Menta lo destrozó a guadañazos ("hasta la Muerte puede morir", se rió alguien), y cuando quiso volver a entrar, el pentáculo ya no lo dejó: la criatura de espejos le cerró la boca con cinco flechazos y el demonio cayó al pie de la torre como un trapo.
Y entonces llegaron los sitiadores verdaderos, que no eran la guardia del rey. Por el hueco de la puerta pasó una daga pateada desde afuera; después un papel con un símbolo que estalló en debilidad y casi voltea a Magda; después cayó la puerta entera, desmontada por un gordito ágil y bien vestido que subía monedas de oro por el filo de su daga — ya lo conocen: Durcet, el contador de monedas del café —. Detrás treparon por el boquete cinco demonios exudantes armados con lanzas. Y en el pasillo asomó el pequeño de facciones finas, ojos bonitos y fea boca: el obispo Broquet. Su voz lanzó una blasfemia que paralizó a los buenos del grupo — "todos saben que están condenados" — y después, cortés como una factura: "Ríndanse. Los llevaré a un lugar donde podremos conversar." El lugar tenía nombre, y ustedes ya estuvieron: ciento veinte jornadas, una capilla insonora.
El combate fue largo y sucio y lo cuento por sus vértices. El Obispo levantó las baldosas del piso en una barrera de cuchillas giratorias que despedazaba cuanto tocaba — yo quedé atravesado, la sangre yéndoseme del cuerpo —. Y con un conjuro de muerte quebró en el aire a Krisina, que se elevó y se partió como un muñeco mientras él le decía, con la crueldad exacta de los que saben dónde firmamos cada uno: "Che, Krisina: esto va por amor." Yo me comí los golpes que hiciera falta comerse para alzar a la caída y ponerla a salvo — dos veces en esta parte cargué en brazos a una mujer quebrada, señores, y las dos veces me cambió la vida —, y le partí la cabeza al gordito de un hachazo doble. "¡Un financiero acá!", gritó alguien, que es el epitafio más parisino que se pronunció jamás.
Al Obispo lo mató su propia obra. Casemiro lo cegó con un estallido de radiante blancura — "la venganza de la blasfemia" —, Steve le sacudió los huesos cinco pies hacia adelante, y el hombre trastabilló, ciego, dentro de su propia barrera de cuchillas. "El mal se redime a sí mismo", sentenció alguien sobre el ruido. No lo discutí entonces y no lo discuto ahora.
Se arrojó por el boquete y «cayó hacia arriba» — su vía de escape con la gravedad invertida —, pero La Plume voló tras él, Carlo Menta lo destrozó a guadañazos («hasta la Muerte puede morir», se rió alguien) y el pentáculo abierto no lo dejó volver a entrar: la guardiana le cerró la boca con cinco flechazos y cayó al pie de la torre, despedazado en tinta negra.
No eran la guardia del rey: la daga pateada bajo la puerta, el papel-símbolo que estalló en debilidad, la puerta desmontada por un gordito ágil que sube monedas por el filo de su daga — Durcet, otra vez —, y cinco babaus trepando por el boquete, demonios exudantes de pegajosa maldad. Silling vino a cobrar lo que Krisina no entregó.
Pequeño y canijo, facciones finas, ojos bonitos y fea boca, una negrura de alma que se siente: la descripción del obispo Broquet calca al Obispo de Las 120 jornadas. Su blasfemia paraliza a los buenos — «todos saben que están condenados» — y su cortesía es la peor parte: «Ríndanse. Ya veremos en el castillo cómo nos llevamos». El intertexto de la 076 terminó de encarnarse en combate.
El conjuro de muerte del Obispo quebró a Krisina en el aire como un muñeco. Oratiol, en furia, se comió los golpes para alzar a la caída y ponerla a salvo — «che, Krisina: esto va por amor» —. El hombre que abrazó a la rusalka dormida (067) repite el gesto con la agente doble que venía a traicionarlo. Nadie en la mesa lo subrayó; el aparato sí.
Durcet partido «como una sandía madura» por el hacha doble de Oratiol — «¡un financiero acá!» —; y Broquet cegado por el estallido radiante de Casemiro, empujado cinco pies por la nigromancia de Steve, triturado dentro de su propia barrera de cuchillas. De los cuatro crápulas del café quedan dos, y no estuvieron aquí. Anótenlo antes de dar por cerrado Silling.
En medio del desastre, yo oí un susurro. Y respondí.
Saqué la hostia blanca que Magda me había puesto en la mano, y me la tragué. "Yo convoco a la reina de corazones." Esta vez la grieta no se abrió en la pared: se abrió arriba, en la bóveda del zodíaco, y por ella se filtraron brumas de otro mundo, y sobre la cama agitada de la reina fue naciendo una figura hermosa llamada del amor. La sacerdotisa de cara empolvada de mis espejitos. La del barco de Siam, la del agua y las llamas. La Kimchi Princess, Reina de Corazones — el palo de los que resisten en Antiterra, dije, contra los diamantes, los tréboles y las picas de los malditos.
No venía sola. Bajo sus sábanas de seda asomaban cabezas — cabezas que eran del futuro: un abogado severo, un orador, un rey. Ustedes los conocen por nombres que nosotros no sabíamos todavía. "El terror es eterno", dijo la diosa del amor, y en la bóveda el zodíaco ya no estaba dividido en doce: mostraba a Sagitario enfrentado a la Templanza, y solo seis casas. Con dos guardianes convocados, la torre se había vuelto, de hecho, una plataforma. Habíamos ido a salvar unas hostias y terminamos fundando el segundo tablero. En esta campaña los goles en contra también cuentan para el campeonato.
En medio del desastre, Oratiol oyó un susurro y respondió: sacó la hostia blanca que Magda le había puesto en la mano y se la tragó. La segunda consustanciación de la jornada — el grupo aprendió el gesto de su bruja en una sola lección.
La grieta se abrió arriba, en la bóveda del zodíaco, y sobre la cama agitada de la reina fue naciendo la sacerdotisa de cara empolvada de los espejos de Oratiol (087): la Kimchi Princess, Reina de Corazones — el palo de los que resisten en Antiterra, contra los diamantes, los tréboles y las picas de los malditos —, recitando versos sobre el delicado freno del joven ardiente. La deuda del clérigo pelirrojo de la 096 tiene ahora fecha de origen.
Bajo sus sábanas de seda asomaban cabezas — Robespierre, Danton, el Rey —: cabezas del futuro. «El terror es eterno», dijo la diosa del amor. El cómic ya mostró nacer la guillotina (075); esta viñeta muestra su agenda.
Con dos guardianes convocados, la torre era de hecho una plataforma: la bóveda ya no mostraba doce casas sino seis, Sagitario enfrentado a la Templanza. La regla de Enoch (084) — guardianes opuestos que deben complementarse — dibujada en el techo, en tiempo real.
Con la torre indefendible — el sello roto, la puerta caída, la guardia del rey subiendo con el príncipe pidiendo paso, y abajo Carlo Menta que había recorrido los pisos guadaña en mano cumpliendo su orden con un celo que prefiero resumir —, los dos guardianes reclamaron a los vivos, cada uno para sí.
La Kimchi abrió una succión hacia la grieta del techo — hacia la franja entre los mundos, donde el tiempo no fluye igual: "Si vienen conmigo van a saber lo que es el miedo. Atravesemos el miedo, con amor." La guardiana de los espejos respondió convocando por el boquete una bandada inmensa de cuervos heráldicos. Y Magda, antes de dejarse llevar, nos dejó su última lección de bruja práctica: "Ésta fue la primera en ser invocada. Confío más en la primera." Y se entregó a los cuervos. Los cuervos se llevaron a cuatro; el éter, a los otros; Casemiro salió por sus propios medios, teleportándose de árbol en árbol con unas sandalias de pasto — regalo de Voltaire, porque esta historia no tira ningún hilo que no vaya a usar — y partió en forma de ave hacia la colina, con dos hostias y una consigna.
Detrás de todos nosotros, la torre de Mikulov se derrumbó. La lámina lo muestra mejor que yo: uno no sabe que está en una historia grande hasta que las torres empiezan a caerse detrás suyo, y para entonces ya es tarde para las historias chicas.
Carlo Menta recorrió la torre entera guadaña en mano cumpliendo la orden de destruir todo a su paso; los soldados del rey encontraron un reguero en cada piso. El guardián de los espejos, personificado en varón de mostachos, ya le había dicho lo suyo: «Soy el guardián de esta plataforma. Regresa a la tuya. Es un experimento fallido». Carlo no se fue. Su destino final queda [poco claro] en la fuente — las Muertes no rinden cuentas.
La Kimchi abrió una succión hacia la grieta del techo — hacia el Space Between, la franja de disolución entre Terra y Antiterra, donde el tiempo no fluye igual: «si vienen conmigo van a saber lo que es el miedo; atravesemos el miedo, con amor» —. La guardiana respondió convocando por el boquete una bandada inmensa de cuervos heráldicos. Dos guardianes recién nacidos, y ya se disputan a los vivos: la regla de Enoch otra vez, sin complemento a la vista.
«Ésta fue la primera en ser invocada; temo que la segunda haya tenido que mutar para adaptarse. Confío más en la primera.» Y se entregó a los cuervos — los cuervos, el blasón de las casas corvinas de su reina. Magda elige guardiana con el mismo método con que eligió todo en este libro: mirando quién llegó antes.
Steve intentó teletransportar a los suyos a la cámara de Enoch y el conjuro falló en seco: el sabio veda toda llegada («¿quién dice que me van a encontrar?», 084). Casemiro salió por sus propios medios: de árbol en árbol con las sandalias de pasto que le regaló Voltaire, y en forma de ave hacia la colina, con dos hostias y una consigna — «la próxima será Roma o Luisiana».
Los cuervos se llevaron a cuatro; el éter, a los otros. Detrás de todos ellos, la torre de Mikulov se derrumbó — con su sello roto, su prisión de siglos y su reguero. La segunda plataforma de la crónica dura, en pie, una sola noche.
Los que fuimos con los cuervos despertamos en el frío.
Un valle congelado ante una pared de montaña arrancada como de una casa de muñecas; detrás, océano y barreras de hielo; una playa devastada. Y el suelo — agáchense conmigo, que esta lámina se mira de cerca —: el polvo que pisábamos no era arena. Eran gemas. Gemas de almas rotas, hasta el horizonte, cosechadas hacía unos trescientos años, en el mes de la cosecha.
La guardiana — otra vez con forma de mujer — caminó la orilla infinita y nos dijo dónde estábamos: el valle de las lágrimas. Lo que queda del purgatorio, barrido por las guerras de religión. Ya no había chance de redención en este mundo; las almas no fluían por sus ciclos: eran desviadas, comerciadas, invertidas — todo lo que brillaba en París estaba construido sobre millones de almas inocentes. "Bienvenidos a Antiterra. Acá, Demonia. No hay salvación alguna en Antiterra." Y por una grieta en el hielo aparecieron los dos que faltaban: Krisina, con el vestido húmedo y la mirada quebrada todavía; y yo — porque yo también había pasado por un lugar fuera del tiempo, donde pude, cómo decirlo, ver la pecera desde afuera. Éramos los dos de almas prometidas: la de ella consignada en un castillo, la mía atada por un contrato. "Sus almas están allá abajo", dijo la guardiana, señalando los dos túneles negros que bajaban por el glaciar. "Tienen que devolvérselas."
Tanteé mi contrato con las notas de Eva en el bolsillo. Me quedaba un año de plazo — y mientras el plazo corriera, podía presentarme en el infierno sin haber perdido el alma. Entrar sin volverme demonio. Y buscarla. Anoten esa catábasis en la lista de deudas de esta crónica, que ya es larga y todavía crece: hay un descenso pendiente, y el que baja soy yo.
Un valle congelado ante una pared de montaña arrancada «como de una casa de muñecas»; detrás, océano y barreras de hielo; una playa devastada. Es lo que queda del purgatorio, barrido por las guerras de religión: ya no hay chance de redención — solo absolutismo, reyes y reinas, y almas desviadas, comerciadas, invertidas en magia para que ciudades como París sean el nexo del mundo.
El polvo bajo las botas no es arena: gemas de almas rotas hasta el horizonte, cosechadas hace unos trescientos años, en el mes de la cosecha. «Todo construido sobre millones de almas inocentes.» La acusación de Magda en el salón de Holbach (069) tenía razón a una escala que nadie en esa mesa imaginó.
«Bienvenidos a Antiterra. Acá, Demonia. Vuelven a jugar todos el mismo juego de la existencia, y se llevan las almas como pan caliente. No hay salvación alguna en Antiterra.» Y antes de irse caminando por la orilla infinita, su declaración de guerra: rompería el destino y los ciclos de los pactos; que vinieran los demonios — en su dominio, estragaría el mal. Habló también de ciudades ocultas, ciudades con sigilo, lugares fuera de acá.
Por una grieta en el hielo salieron los que faltaban, pálidos como muertos: Krisina con el vestido húmedo y la mirada quebrada por el conjuro del Obispo; Oratiol extrañamente rozagante, diciendo haber estado en un lugar fuera del tiempo donde pudo «ver la pecera desde afuera». El alma de ella, consignada en Silling; la de él, atada por el contrato. La pareja del asedio, unida ahora por la peor de las dotes.
Detrás del glaciar, en el páramo cristal — el gel infernos —, dos túneles descienden a los infiernos. «Sus almas están allá abajo. Tienen que devolvérselas. Yo puedo enviarlos, un día; yo no puedo abandonar la plataforma.» A Oratiol le queda un año de plazo: mientras corra, puede entrar sin volverse demonio. La catábasis queda pendiente — y quien haya leído la Parte IV sabe que las liberaciones de verdad, en esta crónica, ocurren fuera de cámara.
Y entre las nieblas del páramo apareció un galeón cóncavo de velas blancas raídas. Era de día y sin embargo había estrellas — se veían las constelaciones, Scorpio entre ellas, como si desde esa playa pudiera contemplarse toda la lucha —. En cubierta, criaturas como elfos de una antigüedad ancestral: atlantes. Cuatro figuras de blanco bajaron en un bote, encendieron un fuego junto a los dos únicos árboles en pie, y nos invitaron desde lejos con las dos palabras que menos esperábamos oír en el fin del mundo:
— ¡Esto es de ustedes!
Traían cofres — los cofres del juego, los que reciben quienes logran salir de una plataforma: de cada uno salió un tesoro a la medida del deseo. "De alguna manera extraña, ustedes han salido de la última. Y el juego todavía ni siquiera ha comenzado. Esto es sólo buena voluntad." Una de las atlantes amamantaba a un bebé — "ese también va a ser el rey de Atlantia" — y Krisina, la que huyó a los nueve años de la isla que se hundía, se acercó temblando: "Necesito ir a Atlantia." Junto al fuego se debatió todo: bajar ya a los infiernos por las almas — "no creo que tengamos la fuerza, ahora", admití, y me costó decirlo —, o destruir las hostias que nos quedaban — imposible: mañana se santifican dos más en Portugal; el juego no se desarma por las piezas —, o jugarlo hasta el final. Quedó dicha la doctrina que esta compañía va a cargar como bandera y como condena: ganar el juego es romper el juego. Y Gideon apartó las gemas de almas del botín, sin contarlas como tesoro: las iba a liberar. Cuatro vidas de alguien, camino de casa. En la peor playa del universo, el hombre seguía enterrando y desenterrando muertos ajenos. Nunca lo quise más.
Embarcamos. La nave puso proa a América — una tierra donde todavía no hay plataforma, dijeron, y subrayo el todavía con la uña —. Y sobre el Atlántico, adelantándose a todos, un ave solitaria se había unido días atrás a una bandada migratoria.
Casemiro ya estaba cruzando. Así cierra la segunda parte de esta crónica, señores: con el más callado de nosotros volando solo delante de todos, como corresponde.
Un galeón cóncavo de velas blancas raídas entre las nieblas, tripulado por criaturas que parecen elfos de una antigüedad ancestral: atlantes, marineros de los mares del destino. Era de día y sin embargo había estrellas — Scorpio entre ellas —, como si desde allí pudiera contemplarse toda la lucha. Del bando de la Atlantia que cree que se le puede ganar a quienes propusieron «este juego maldito».
Una de las atlantes amamantaba: «ese también va a ser el rey de Atlantia». Y Krisina — la niña del espejo de la 087, la que vio hundirse su isla — se acercó temblando: «Necesito ir a Atlantia». El lector de la Parte III volverá a alzar a un bebé heredero de la primera tierra hundida sobre otro barco (097): esta crónica cría a sus reyes en cubierta.
Un cofre por cabeza — el premio de quienes logran salir de una plataforma; de cada uno, un tesoro a la medida del deseo. «De alguna manera extraña, ustedes han salido de la última. Y el juego todavía ni siquiera ha comenzado. Esto es sólo buena voluntad.» Gideon apartó las gemas de almas: no las contaría como tesoro; las iba a liberar.
Junto al fuego se debatió todo: destruir las dos hostias restantes (imposible — «mañana se santifican dos más en Portugal»), jugarlo hasta el final, o volverse guardianes ellos mismos. Y Krisina, la más lúcida en su palidez, advirtió que discutían dentro de una polaridad que ellos mismos habían creado. La doctrina quedó acuñada; la propuesta de los cuatro anfitriones de la 097 — clausurar el juego antes de que comience — es su hija directa.
La nave puso proa a América — una tierra donde todavía no hay plataforma — y sobre el Atlántico, adelantándose a todos, un ave solitaria se había unido días atrás a una bandada migratoria: Casemiro ya estaba cruzando. Así cierra la Parte II: el arco de París terminado, dos almas empeñadas, dos hostias en un ala. El vuelo del águila de la 094 empieza en esta viñeta.
Aquella noche de las alcantarillas — la noche en que empecé a contarles todo esto, con el agua a la cintura y Sarpaoli todavía vivo pidiendo que no me saltara nada — alguien me preguntó por qué contaba, si total nadie iba a acordarse. Le contesté con la ley que gobierna este libro y que ahora, cerrándolo, les entrego en limpio: mientras uno cuente, se queda. Los mundos se cierran, los contratos se rompen, las plataformas se apagan, los nombres se vuelven anagramas — pero lo contado se queda, y se queda hasta lo que se contó mal, que es la parte que más se defiende.
Hago el inventario final, porque un cronista que no rinde cuentas es solo un mentiroso con buena letra.
Debo, todavía, el final del consejo de guerra, el cierre de Aries visto con los ojos, la mitad de unas alas, mi propio contrato rompiéndose, y todos los años en gris. No los voy a pagar. A esta altura ustedes ya saben que los agujeros de esta historia no son descuido: son su manera de respirar. Una crónica sin agujeros sería una jaula sin barrotes porosos — y ya vimos lo que se hace con las jaulas perfectas: hay que meterle una mariposa adentro para que valgan algo.
Debo también los nombres completos de los que pagaron. Sarpaoli, que escuchó el principio de este relato y no llegó al final. Casemiro, que llegó más lejos que el final: hasta un jardín donde las cosas no tienen nombre, él, que confesó su crimen ante un tribunal de doncellas y no pidió clemencia. Juanje. Stormy, dos líneas y un callejón. Y Magda — Magda, que va a leer esto, porque la muerte, en su caso, fue un trámite, y ahora reina sobre criaturas que atesoran historias como oro: señora, si encuentra erratas, recuerde que su cronista escribió la mitad de esto sin poder soñar, y la otra mitad sin poder olvidar.
Y me debo una respuesta a mí. En 1891, en el barrio Delta, sobre un boliche ruidoso, vive un dios-que-no-es-dios que alguna vez, cuando alcance la comunión, va a poder hacerle la única pregunta que importa a la única entidad con la que se comunica: él mismo, el que ya pasó a otro plano y sin embargo está. ¿Es la misma persona el que empezó a contar en las alcantarillas y el que firma esta página? Es una buena pregunta. La dejo abierta como se deja una puerta en verano: por si vuelve alguien querido.
El vaso del que esta crónica toma su nombre me lo enseñó una mesa de taberna, hace mucho: el vaso que se comparte no se vacía nunca, porque cada uno que bebe deja adentro más de lo que saca. Este libro es ese vaso. Bebieron de él ocho puertas y cinco cronistas, una compañía entera de vivos y de muertos, y ahora ustedes. Está más lleno que cuando empecé.
Afuera cae el sol sobre Alejandría. Adentro, alguien pide la primera ronda con una moneda de un imperio que ya no existe, y otro — siempre hay otro — pregunta si es verdad eso que se cuenta de una partida de póker en París, hace un siglo, donde se apostaron almas.
Sírvanse. Es una historia larga. Justamente por eso.
O.